

Rocío Lloret Céspedes
Periodista | La Región
El camino a Naranjal es una serpiente de arena rodeada de árboles de gran tamaño. Un sendero que a su paso deja ver pequeños animales silvestres y aves que irrumpen en un cielo naranja cuando cae la tarde. Hoy, mediados de un mayo lluvioso, por primera vez, las mujeres de la Asociación Narashú —Naranjal en lengua Tacana— recibirán invitados en su Casa de la Memoria.
Desde muy temprano, las miembros más activas llegaron para ordenar sillas, colgar indumentaria indígena que aprendieron a elaborar con relatos de ancianas, exhibir artesanías hechas con semillas silvestres y preparar comida con frutos amazónicos típicos del lugar como zonzo de yuca o mandioca; una especie de panecillo con queso. Las ansias y nervios se sienten en el ambiente.
Pasaron 15 años desde que 30 señoras decidieron asociarse y, finalmente, construir un espacio con sus propias manos, para tener dónde recuperar la memoria de su pueblo, pero también para reunirse a elaborar cosmética natural y licores de frutos silvestres.

“No fue nada fácil”, dice Angélica Mori, la actual presidenta de la Asociación y quien debió asumir el reto de estar todos los días al frente, pese a situaciones personales o enfermedades de los hijos, que impiden que otras mujeres asistan.
En el corazón de la Amazonia boliviana
Naranjal, la comunidad de la Nación Tacana donde nació Narashú, es un villorio de alrededor de 192 familias que pertenece al municipio de San Lorenzo, en Pando, el departamento amazónico de Bolivia.
Vivir aquí es, de por sí, una manera de resistir y cuidar el territorio. Se trata de una región distante a 300 kilómetros de Cobija, la capital del departamento, donde los caminos son imposibles de transitar cuando llueve, lo que provoca la pérdida de productos y obliga a dedicarse a otras actividades, en otras regiones.
“Aquí la vida cuesta más”, dice Paula Achipa: estatura mediana, rostro afilado trigueño. Alguna vez, cuando el Gobierno nacional ofreció un crédito de Bs 20 mil para producir plátano y yuca, perdieron todo por las inundaciones y la falta de mercado garantizado. Al final, no solo vieron diluirse sus sueños, sino aumentar sus deudas.
Esta y otras realidades, como la violencia intrafamiliar, hicieron que hace 15 años, un grupo de 30 mujeres decidiera reunirse para forjar lo que hoy es la Asociación Narashú.
Manos de mujer

Con el tiempo, quedaron 15 miembros activas, quienes empezaron a trabajar de manera coordinada y colectiva, pese a las dificultades. “Siempre quisimos trabajar entre todas, pero era muy complicado, porque éramos muchas. Por eso decidimos formar en una asociación”, cuenta Viluz Canamari, hoy responsable de eventos.
Pero todo esto tenía dos motivaciones muy grandes. Por un lado, recuperar la lengua tacana y la historia de los antepasados. Con pesar, las señoras de Narashú reconocen que no hablan tal idioma y en la comunidad, quienes todavía lo hacen, no quieren o ya no pueden transmitir ese saber. La otra razón es lograr independencia económica para solventar la economía del hogar, ya que el costo de vida en la zona es elevado por falta de conexión entre comunidades y municipios, además que los salarios que obtienen los varones en otras actividades a menudo no son suficientes.
Por ello surgió la iniciativa de construir la Casa de la Memoria, un espacio propio que, a la larga, se espera se convierta en un museo. Pero que, mientras tanto, acoja también a las socias que elaboran productos como: jabones, aceites y champúes utilizando la almendra amazónica como principal ingrediente. Así también, licores de frutas locales como naranja, toronja o cayú, y artesanías de semillas silvestres.
Ladrillo a ladrillo

Con ese entusiasmo y el apoyo del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS), la obra empezó a edificarse con mano de obra femenina.
El primer paso fue obtener un predio que cedió la directiva de la comunidad. Las propias señoras realizaron el desmonte, midieron el terreno y cavaron los pozos para apuntalar los horcones. Angélica recuera que al principio tuvieron que ayudarlas los esposos, ya que las medidas no se hicieron correctamente y se necesitaba más fuerza para cargar la madera. Al cabo de dos meses, aquel esfuerzo dio sus frutos en un ambiente de techo de palma y estructura de cemento.
Más allá de edificar una infraestructura, la experiencia impulsó a que las mujeres ocupen cargos de liderazgo que antes solo ostentaban los hombres. Establecieron sus propios mecanismos de justicia y crearon la Secretaría de Justicia y Defensoría comunitaria para reducir la violencia y trabajar en problemas como el alcoholismo.
Según los estatutos actuales de la comunidad, cualquier persona que cometa una falta es sancionada con multas, en primera instancia. Esto ha ayudado a reducir los casos de agresiones, asegura Juana Achipa, actual presidenta de Género. “Ahora tenemos una voz para alzarla. A mi manera de ver, estamos avanzando. Narashú es un ejemplo de ello”, asegura.









