Cementerio histórico de Alto Milluni, al norte de El Alto, con la cordillera de fondo. El lugar forma parte de la memoria minera de la comunidad y de los atractivos vinculados al turismo comunitario. Foto: Paula Huanca.
Cementerio histórico de Alto Milluni, al norte de El Alto, con la cordillera de fondo. El lugar forma parte de la memoria minera de la comunidad y de los atractivos vinculados al turismo comunitario. Foto: Paula Huanca.
Paula Jhoana Huanca Sirpa

Paula Jhoana Huanca Sirpa

Estudiante | Programa de Periodismo Indígena y Ambiental

En Alto Milluni —al norte de El Alto, en La Paz— la actividad minera no terminó cuando dejó de operar. Se quedó en las bocaminas abiertas, en los desmontes, el cementerio histórico, los caminos de tierra y las lagunas que aún cargan la marca de los metales. Esta comunidad rural situada en el Distrito 13 de esta urbe, aprendió a vivir entre el socavón y el pastoreo. Ahora intenta impulsar el turismo comunitario, allí donde hubo una historia de extracción de minerales, duelo y abandono.

Alto Milluni posee un atractivo turístico, pero también tiene agua contaminada, pasivos ambientales y una cuenta pendiente que no puede resolverse solo con visitantes. Por eso, hablar de turismo en este territorio, exige mirar dos cosas a la vez: la fuerza de una comunidad que se organiza y la deuda que deja la minería.

“Para mí, es un reto muy grande porque no puedes aguantar que salga tu papá, tu hermano, tu abuelo, tu sobrino, tu hijo o el esposo a la mina y regrese en un cajón. Pero es que no existe trabajo. Ahora las mujeres estamos impulsando el turismo comunitario y los varones también”, dice Estela Poma cuando explica por qué se comenzó a buscar otras actividades económicas sostenibles en Alto Milluni.

Mujeres de Alto Milluni durante una actividad comunitaria. Foto: Gentileza de Estela Poma.

Entre el mineral y otros horizontes

Alto Milluni pertenece al distrito municipal 13 de El Alto. Según el Diagnóstico de la situación ambiental de la cuenca Katari, la comunidad tenía 347 habitantes en el Censo de 2012. Entre las 221 personas de diez años o más, 84 —el 38 por ciento— se dedicaba a la minería y 81 —el 36 por ciento— a la agricultura y la ganadería. Las cifras no describen la situación actual, pero muestran el peso que ambas actividades tenían en la economía local.

El turismo se incorporó a prácticas que ya formaban parte de la vida local. El Censo Agropecuario de 2013 registró 2.609 llamas, 877 ovejas y 435 alpacas en Alto Milluni, y señaló que el 97 por ciento de la superficie de sus unidades productivas agropecuarias estaba destinada al pastoreo. La carne y fibra de llama y alpaca forman hoy parte de la gastronomía, los tejidos y las artesanías que se ofrece a los visitantes.

La pregunta de fondo es: ¿qué puede hacer una comunidad cuando la actividad que sostuvo a sus familias durante décadas también dejó contaminación, dependencia y heridas abiertas?

Bajo la superficie

La mina Milluni inició operaciones en 1920 con Fabulosa Mines Consolidated, según el investigador Óscar Campanini en Minería y agua: el caso de la ciudad de La Paz. La operación llegó a emplear a unos 500 trabajadores y el centro poblado superó los dos mil habitantes. Desde 1976 estuvo a cargo de Comsur, que cerró operaciones en 1986. Campanini estima que la explotación dejó más de un millón de metros cúbicos de relaves y desmontes.

Derechos mineros y fuentes de agua del sistema Achachicala. Fuente: Óscar Campanini, CEDIB, 2017.

El agua es el punto más sensible. En la zona, el drenaje ácido generado por los pasivos se acumula en el embalse Milluni Chico, descrito por Campanini, como un dique de colas. Sus rebalses llegan al embalse Milluni Grande, vinculado al abastecimiento de agua para el centro y norte de La Paz capital.

Campanini reporta presencia de cadmio, zinc, arsénico, cobre, níquel, plomo y estaño, además de valores de pH ácido en mediciones históricas: entre 2,8 y 2,4 en Milluni Chico y entre 3 y 2,7 en Milluni Grande. Sin embargo, datos deben leerse con su fecha de medición y no como una caracterización automática de las condiciones actuales.

En cuanto al drenaje ácido en socavones de la mina Milluni, muestran concentraciones que superan los límites máximos de descarga para cuerpos de agua clase D. El fierro total alcanzó 576,1 miligramos por litro en época seca frente a un límite de 1. El zinc llegó a 190,88 miligramos por litro en época húmeda frente a un límite de 3. En palabras simples: el fierro superó 576 veces el límite permitido y el zinc más de 63 veces.

Mina Milluni: metales en drenaje ácido frente al límite permitido

Fuente: elaboración propia con base en Óscar Campanini, Minería y agua. El caso de la ciudad de La Paz, a partir de Zamora Echenique, Zamora Mercado y Gorritty P. (2015).

Estos números no son solo cifras de laboratorio. Son la prueba de que el paisaje convive con un problema ambiental que sigue abierto. Alto Milluni puede mostrar lagunas, montañas, memoria minera, gastronomía y tejidos. Pero lo hace en medio de una herencia que no desaparece.

Laguna Milluni, en el entorno de Alto Milluni. Foto: Paula Huanca

La comunidad que se quedó

Después del cierre de la mina, Alto Milluni no desapareció. Las familias permanecieron entre la altura, los animales, las lagunas y los caminos. La vida siguió con llamas, alpacas, cocina, tejido y organización comunitaria. Lo que cambió fue la pregunta, ya no se trataba solo de qué había dejado la mina, sino: ¿cómo seguir viviendo en un territorio donde el trabajo extractivo ya no podía sostenerlo todo?

Delia Romero Quispe. Foto: Paula Huanca

Delia Romero Quispe, integrante del emprendimiento comunitario, calcula que hoy existen alrededor de 125 familias en Alto Milluni. También recuerda que hay asociaciones vinculadas a llamas y alpacas. “Nosotros nos dedicamos a la gastronomía, a la artesanía y a los tejidos con lana de llama y alpaca. También recibimos a turistas que llegan por agencias o por grupos, y aquí se les ofrece comida, mates, café, tejidos y una experiencia de la comunidad”, dice.

La organización no funciona como negocio individual. Según las impulsoras, participan alrededor de 60 mujeres, entre madres, hijas, nietas y familias de la comunidad. Se organizan por grupos y rotan por semanas para atender el espacio, preparar alimentos, vender artesanías y dejar limpio el lugar para el siguiente turno. La rotación permite que el trabajo no quede en una sola persona y que varias familias accedan a algún ingreso.

Esa frase de Delia pesa porque en muchos territorios turísticos, la comunidad termina como paisaje de fondo para negocios manejados por otros. En Alto Milluni, las mujeres intentan hacer lo contrario, que la memoria, la cocina y los tejidos no sean usados desde afuera, sino gestionados desde adentro.

Cocinar, tejer, recibir

En este sitio, cocinar para visitantes no es solamente vender un platillo. Es mostrar una economía ligada a la llama. Es explicar una forma de vida. Es transformar un saber familiar en ingreso. También es aprender a recibir a personas que llegan con otros hábitos, otros idiomas y otras formas de comer.

Estela Poma recuerda que una vez llegó una turista vegana y las señoras no sabían qué ofrecerle. La escena parece pequeña, pero revela una necesidad mayor: el turismo no se sostiene solo con buena voluntad. Exige capacitación, adaptación, infraestructura mínima y una lectura más amplia del visitante. Poma dice que fue “como chocarse con la horma de nuestro zapato”, pero también una oportunidad para aprender.

Preparaciones ofrecidas a visitantes en Alto Milluni. Foto: Gentileza Estela Poma

El tejido tiene otra ruta, pero el mismo fondo. Las piezas elaboradas con lana de llama y alpaca conservan una memoria transmitida por generaciones. Lo que antes podía verse como una tarea doméstica, comenzó a tener otro valor cuando las mujeres entendieron que también podía ser una fuente de ingresos.

Así nacieron emprendimientos como “Suma Phukhu”, vinculado a la gastronomía, y “Alto Milluni, tejidos con identidad”. Los nombres de ambos proyectos reflejan cuán comprometidos se sienten los comunarios para que todo esto siga creciendo.

Golpear puertas para abrir una ruta

La apuesta turística de Alto Milluni fue un proceso paulatino, el cual se armó entre reuniones, dudas, capacitaciones y puertas cerradas. Estela Poma cuenta que el primer paso fue buscar apoyo. “Empecé a golpear las puertas”, recuerda ella. En ese camino, llegó al Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, donde las emprendedoras recibieron formación.

No se trató solo de aprender técnicas de cocina o atención, fue también un proceso para reconocerse como mujeres con derechos, valorar su trabajo y manejar recursos. Después vino la formación gastronómica, las mujeres ya sabían cocinar carne de llama, charque y chicharrón, pero el turismo les exigió ordenar la oferta, mejorar la atención y responder a nuevas demandas.

Más adelante recibieron equipamiento: utensilios, garrafas, horno, refrigeradores y vajilla. Esa entrega no fue solamente material. Les permitió pasar de la intención a la práctica. Con las herramientas, las señoras comenzaron a ocupar y reorganizar espacios vinculados a la Casa Artesanal y a su vez el

Museo Metalúrgico, empezaba a tomar forma. Lugares que estaban deteriorándose o no se usaban plenamente, eran empleados para el bien de la comunidad en palabras de doña Estela.

También se incorporaron recorridos de memoria minera. “Minero por un día” aparece como una experiencia guiada, con reserva y equipamiento, que permite conocer parte de la historia local. Hay comunarios capacitados como guías y existe coordinación con agencias de turismo. Esa relación trae visitantes, pero deja un desafío: que la gente participe cada vez más de forma directa y en mejores condiciones.

Recorrido “Minero por un día” en Alto Milluni. Fuente: Gobierno Autónomo Municipal de El Alto.

Mujeres frente a la montaña

La historia turística de Alto Milluni tiene rostro de mujer. Estela Poma habla de una resistencia interna donde todavía pesa el machismo, la envidia, la desconfianza y la dificultad de aceptar que ellas también puedan y deben tomar decisiones. En su relato, el cambio no fue solo económico, sino también político.

Antes, muchos hombres ocupaban los espacios de decisión y las mujeres quedaban al lado, cocinando o acompañando. Ahora algunas gestionan, proponen, reciben visitantes, viajan, aprenden, enseñan y generan recursos. Pero ese avance no elimina las cargas. Cuando atienden turistas, no están simplemente “ayudando”, están sumando una jornada económica a una jornada doméstica que casi nunca se paga ni se reconoce.

Mientras se capacitan o reciben visitantes, muchas siguen pendientes de los hijos, la escuela, el almuerzo y la casa.

Poma recuerda que no todas las integrantes que se capacitaron pudieron mantenerse activas. Algunas eran adultas mayores o estudiaban y continuaron enviando sus artesanías; otras solicitaron permiso indefinido. Entre las razones para el alejamiento menciona los ingresos irregulares y, en algunos casos, cuestionamientos dentro de la familia cuando una jornada de trabajo no generaba ventas.

La continuidad del proyecto depende también del tiempo disponible y de las tareas de cuidado que mantienen fuera del espacio turístico. A esas cargas, Poma suma resistencias internas como el machismo, la desconfianza y la dificultad de aceptar que algunas mujeres asuman mayor protagonismo en las decisiones de la comunidad.

Tener atractivos no basta

Mónica Chacón Delgado, docente de la carrera de Turismo de la Universidad Mayor de San Andrés, observa el caso desde la planificación turística.

Alto Milluni ya recibe visitantes y cuenta con una oferta propia. ¿Qué hace falta para que esta actividad se consolide y pueda sostenerse en el tiempo?

“Sin planificación no va a haber un producto sostenible”, responde Chacón. Para la especialista, el punto de partida está en la organización de la comunidad: definir qué producto quiere ofrecer, a qué mercado busca llegar y cómo participarán quienes forman parte de la iniciativa. A ello suma capacitación, asistencia técnica y criterios de calidad en la atención.

La planificación —explica la experta— también implica articular los esfuerzos comunitarios con las instituciones vinculadas al turismo. El estudio El sector turismo en Bolivia, publicado por el Banco de Desarrollo Productivo en 2019 y en cuya complementación y análisis participó Chacón; recoge un criterio similar: en los modelos integrados, la comunidad interviene en la planificación y gestión de la oferta turística y no únicamente en la prestación de servicios.

¿Qué papel deberían cumplir las instituciones públicas?

Cuando se le pregunta a Chacón por el papel de las instituciones, pone al municipio en primera línea. Habla de planificación, capacitación, infraestructura y coordinación con quienes ya trabajan en turismo. La Gobernación y el nivel central, añade, también tienen responsabilidades, pero desde otras escalas. Para ella, una comunidad puede organizarse y ofrecer servicios por su cuenta, aunque difícilmente puede resolver sola todo lo que implica sostener un destino turístico.

Tampoco plantea el turismo como una salida que deba reemplazar a la minería. Chacón lo entiende como una actividad capaz de generar otros ingresos, siempre que exista planificación y se atiendan al mismo tiempo los problemas del territorio.

En Alto Milluni, donde la memoria minera forma parte de los recorridos que hoy se ofrecen a los visitantes, esa relación sigue siendo inevitable: la mina puede convertirse en parte de la experiencia turística, pero sus pasivos ambientales continúan allí.

Qué muestran los recursos públicos

La necesidad de apoyo institucional que plantea Chacón también puede observarse en los registros de gasto público. Entre 2016 y 2025, el Gobierno Autónomo Departamental de La Paz registró Bs 2,8 millones de gasto en la actividad “Desarrollo Turismo Comunitario”, según el portal de datos abiertos del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas. En esa categoría, la institución concentró el 12,78 por ciento del gasto registrado y ocupó el tercer lugar entre 42 entidades públicas.

Gasto en “Desarrollo Turismo Comunitario”, 2016-2025. Fuente: Ministerio de Economía y Finanzas Públicas.

El mismo portal muestra que el Gobierno Autónomo Departamental de La Paz registró Bs 18 millones de gasto en Turismo entre 2016 y 2025, equivalentes al 1,42 por ciento del total consignado en esa actividad. A escala nacional, las tres entidades con mayor participación en Turismo reúnen el 44,1 por ciento del gasto registrado; en el sector Minero, las tres primeras concentran el 91,8 por ciento. Una disparidad que se refleja en la situación actual del país.

Los desafíos

Poma reconoce que todavía faltan recursos, organización y una promoción más constante. A ello se suman las dificultades económicas y las resistencias que, según relata, enfrentan algunas mujeres cuando empiezan a asumir mayor protagonismo dentro de la comunidad.

El proyecto sigue en marcha, cada semana las comunarias vuelven a preparar comida, ordenar sus tejidos y recibir a quienes llegan hasta Alto Milluni.

La mina dejó una huella profunda, pero estas mujeres ahora buscan que el turismo deje también la suya, a través de su trabajo, sus saberes y la manera en que deciden contar su territorio.


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