La primera Conferencia de Cambio Climático de Naciones Unidas (COP30) que se celebrará en la Amazonia, en noviembre en la ciudad de Belém de Pará, Brasil, ha vuelto a darle impulso a la importancia que tienen las comunidades indígenas y los habitantes de los bosques tropicales en la lucha contra el cambio climático. Son quienes mejor conservan el territorio, se ha dicho incansablemente. Pero también son quienes están en la primera línea del cambio climático: viven las sequías, las inundaciones y los incendios. ¿Pero qué tanto han servido los escenarios de negociaciones climáticas internaciones para mejorar esta situación? ¿Se han traducido en una mejoría de las condiciones de vida para estos pueblos y comunidades en los últimos diez años, desde que se firmó el Acuerdo de París?
Una iniciativa periodística, liderada por The Bureau of Investigative Journalism (TBIJ), en la que participó América Futura de El País América, les hizo las mismas diez preguntas a 100 indígenas que viven en los bosques tropicales, de los cuales 74 habitan la Amazonia. Aunque no se trata de un ejercicio exhaustivo, la conclusión es que la mayoría siente que su calidad viene empeorando, a pesar de que el discurso internacional los ha apodado “como los guardianes de la Tierra”.

La misma vida que se esfuma
El cambio climático está poniendo en vilo a la selva amazónica. Junto a la presión extractivista este ecosistema podría transformarse en uno similar a una semana, liberando así toneladas de emisiones y deteriorando la biodiversidad. Pero para los indígenas los bosques no son una entidad aparte, algo que se clasifique fuera de su territorio, sino su hogar mismo. “Para nosotros, el bosque es una familia, es una madre, un hermano, un padre”, afirmó Alessandra Korap Munduruku, líder del pueblo Munduruku en Brasil y ganadora del premio Goldman Environmental por su activismo comunitario. “Son los espacios espirituales, son la vida y son la cosmovisión de nosotros”, fue como los describió Aracely Riascos Piaguán, del pueblo zoziobaim – o siona – en Colombia.
Más que el bosque, los encuestados dijeron que la selva es un supermercado, un templo, una farmacia, una catedral, una ferretería, un hogar espiritual y la base de la identidad colectiva. Para muchos, no era posible describir el bosque o la selva como algo separado de ellos mismos.

Con el deterioro de estos ecosistemas, también viene el deterioro de sus vidas. Hay menos acceso a agua no contaminada y alimentos. El mayor descenso se produjo en la capacidad para cazar, pescar y cultivar, ya que el 68 % afirmó que esta había empeorado en los últimos diez años. “¿Qué más tenemos que seguir sacrificando para que el norte global esté viviendo en condiciones dignas mientras nuestra vida cada vez se vuelve más indigna?”, afirmó Patricia Suárez Torres, del pueblo murui del departamento Amazonas de Colombia.
Los encuestados también mencionaron con frecuencia su falta de acceso a centros de salud y medicamentos . Rocío Picaneray Chiqueno, de Bolivia, dijo que no había ningún centro de salud cerca de su comunidad que padecía nuevos problemas de salud, como tuberculosis, VIH e hipertensión arterial. Todas las personas con las que hablamos en Venezuela contaron que su situación sanitaria era peor que hace diez años, y muchos señalaron que la falta de suministros médicos era la principal causa. Dos, por ejemplo, dijeron que tenían que llevar sus propios suministros cuando acudían al hospital.
El cambio de la dieta alrededor de quienes habitan en los bosques tropicales, así como el aumento de temperatura, también han puesto en vilo su salud. “No es un calor que quema, sino que arde, como si estuvieras al lado del fuego”, comentó Roque Miraña Miraña, de la asociación de comunidades indígenas de las etnias Miraña y Bora en el departamento del Amazonas colombiano. “Y ahí hemos visto mucho el tema de dolores de cabeza, de cansancio”.
Múltiples amenazas
La vida de quienes habitan los bosques tropicales está en amenaza desde distintos frentes. Más de la mitad de los encuestados apuntaron al cambio climático como el principal factor que amenaza a su comunidad. Y casi una quinta parte de las personas – todas de la Amazonia – mencionaron a la contaminación por mercurio en sus ríos y pesca, un elemento que se sigue usando en la minería de oro, pero tiene efectos devastadores en la salud humana. El pueblo yanomami, en el norte de Brasil, se ha visto gravemente afectado durante varias décadas, enfrentándose a decenas de miles de mineros invasores y a un aumento de la contaminación del agua, las enfermedades y las muertes. “Ahora estamos en una fase de fin de luto, porque han muerto muchos niños”, dijo Waihiri Hekurari Yanomami.
Las fronteras amazónicas, además, cada vez son más peligrosas. En la parte noroccidental de la región, que abarca partes de Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, operan hasta 17 grupos armados ilegales, con presencia en 69% de los municipios, han encontrado informes como el que sacó la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) a mediados de este año.
Deisy Brigitte Escobar Piaguaje, siona, parte de la guardia indígena y de una comunidad que habita entre Colombia y Ecuador, lo describe así: “En zona de frontera, es mucho más difícil que se respeten las estructuras de gobierno de cada una de las comunidades de nuestro pueblo. Eso genera inseguridades, aún más, para la guardia indígena, quienes recorremos el territorio y realizamos todo un ejercicio de protección y autoprotección para el mismo territorio y nuestra identidad cultural”.
Que los indígenas dejen de existir, recuerdan, es poner a la humanidad en riesgo. “Ya la sequía se está sintiendo y va a ser peor que el año pasado”, comenta Nilson Alvear Peña, de los cocamas, que habita en el trapecio amazónico, entre Colombia y Brasil. “Y eso es porque no se ha escuchado ancestralmente a las entidades y a los abuelos”.
“Nuestros territorios están organizados espiritualmente”, dice en la misma via Levy Andoke, del resguardo Aduche de los Andokes en el Amazonas. “Tienen unos seres espirituales supremamente importantes que hacen posible que la Amazonia funcione”. Pero esos seres, comenta, “no hablan inglés o español, solo hablan el andoque”, una lengua que teme que se extinga con ellos.
Derechos
No basta con ser llamados guardianes. Para que los indígenas sigan conservando las selvas hace falta que reconozcan sus derechos y territorios. Sin embargo, más del 60 % de las personas encuestadas afirmaron que su país no estaba defendiendo sus derechos. Las razones eran diversas. Varios consideraban que los Gobiernos daban prioridad a las empresas multinacionales sobre los pueblos indígenas y otros señalaban con indignación el número de defensores del medio ambiente en primera línea —muchos de ellos indígenas— que son asesinados o desaparecen en todo el mundo. Según la organización Global Witness, el año pasado se produjeron 146 muertes de este tipo.
Al menos una persona de cada país estaba descontenta con su Gobierno, pero el problema fue más grave en Perú e Indonesia. En Perú, la mayoría de las personas entrevistadas mostraban una ira palpable por el reciente retroceso en los derechos indígenas y las leyes medioambientales. Mientras, en Colombia, donde los indígenas y sus derechos están reconocidos por la Constitución, los entrevistados mencionaron que eso les daba cierta seguridad frente a las comunidades de otros países. El problema, dijo la mayoría, es que estos derechos no siempre se respetan. Se quedan “en el papel”. A pesar de las prometedoras medidas del Gobierno, Zully Nayibe Rivera, del pueblo nasa, afirmó que aún queda mucho camino por recorrer en lo que respecta al reconocimiento de su territorio.

En Brasil, país que acogerá la COP30, las perspectivas fueron mixtas. Varios destacaron lo que denominaron fuerzas “anti indígenas” en el Congreso brasileño, pero muchos reconocieron los esfuerzos del presidente Lula y el histórico nombramiento de Sônia Guajajara como ministra de Pueblos Indígenas, lo que les infundió esperanza y empoderamiento.
“Tenemos la solución”
Las áreas que habitan los indígenas y que son reconocidas como tal tienen menores índices de deforestación a nivel mundial. La misma ONU lo volvió un lema en 2021, cuando popularizó la frase de que los pueblos indígenas son los mejores guardianes de los bosques. Pero es un logo vacío, que incluso frustra a algunos. Wilfredo Tsamash Cabrera, en Perú, la calificó de insulto. “Mire, yo no soy la mascota de nadie”, dijo. “No estoy de acuerdo con ese término”. Jamner Manihuari, también en Perú, agregó. “No somos peones de nadie para actuar como guardianes. Somos los dueños de nuestro territorio”.
Entonces, ¿cuál sería es un verdadero apoyo significativo? Una gran mayoría habló de reconocer formalmente sus derechos territoriales para que puedan seguir sosteniendo el bosque a través de los conocimientos tradicionales, regulando así el clima. Varios también plantearon la necesidad de la financiación directa para pueblos indígenas y urgencia de frenar las industrias contaminantes y destructivas. Más allá de esto, la humanidad debe cambiar su mentalidad colectiva en lo que respecta al desarrollo, dijo Lizardo Cauper Pezo, de Perú, replanteándolo como algo que no explota los recursos naturales.

Los pueblos indígenas por sí solos no pueden resolver la crisis climática. La responsabilidad de actuar debe recaer en los principales responsables de causarla. Nardy Velasco Vargas, del pueblo chiquitano de Bolivia, afirmó: “Parece que, a nosotros, como pueblos indígenas, se nos está dejando toda la carga de salvar el planeta”. Una idea similar a la que expresó Rosalía León Marín, del grupo étnico tatuyo e hija de la Anaconda Celeste del territorio indígena Río Piraparaná colombiano: “Nosotros estamos dando todo ese aporte para la vida en el mundo porque es nuestro saber, viene del diario vivir. Pero también nos preocupa que el mundo occidental sigue deforestando y le dan ese peso grande del cuidado a los territorios indígenas”.
Incluso, algunas de las soluciones climáticas que se han planteado en escenarios internacionales y que han permeado en su territorio, como el comercio de bonos de carbono y los programas de reforestación -REDD+- es visto con escepticismo. En Colombia donde la Corte Constitucional ya emitió un primer fallo sobre la falta de regulación de los mercados de carbono, las percepciones están fraccionadas. “Ha sido positivo para garantizar el acceso de los indígenas a la economía”, comentó Fausto Cruz, del pueblo Piratapuyo del Vaupés. “Pero yo, desde lo personal, considero que eso lo que ha permitido es que aquellos que contaminan más lo sigan haciendo porque creen que están pagando para poder contaminar”.
Marcelino Sánchez Noé, representante legal del Consejo Indígena Mayor de Tarapacá Amazonas CIMTAR, cree que es un tema que podría funcionar, pero dependiendo de la empresa con la que se haga el proyecto. “Hay muchas empresas que son fachada”, aseguró, explicando que en su comunidad están esperando a convertirse en Entidad Territorial Indígena, una figura administrativa que les da más poder político y autonomía, para firmar cualquier proyecto y “evitar que otras instituciones se aprovechen”.
Pese a todo, la COP30, la primera amazónica desde su sede, sigue siendo vista como una oportunidad. “Esta vez es en la Amazonía, en este territorio sagrado, en la selva que tiene una enorme importancia para el mundo, para Brasil y para los pueblos indígenas», concluyó Maickson Pavulagem. «Creo que, si la COP aprende de los pueblos tradicionales de la Amazonia, daremos un paso muy importante hacia una solución climática”.









