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Redacción

La Región

Cochabamba respira, en promedio, un aire con niveles de dióxido de carbono que superan habitualmente las 500 partes por millón (ppm). Una cifra que está por encima de los estándares de seguridad fijados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este dato es el punto de partida de Yaku Sach’a, un biorreactor de microalgas diseñado por la investigadora Carla Eloísa Fernández y su equipo en la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), para convertir infraestructura urbana —paradas de buses, tótems publicitarios, plazas— en lo que ella describe como “infraestructuras vivas”.

El proyecto, cuyo nombre combina las palabras quechuas yaku (agua) y sach’a (árbol), acaba de ganar el premio Ella Innova en Ciencia ALC2026; una convocatoria regional creada por la Organización para Mujeres en la Ciencia para el Mundo en Desarrollo (OWSD por sus siglas en inglés) y el Consejo Científico Internacional para América Latina y el Caribe. Se trata de un reconocimiento a la innovación y el impacto científico, tecnológico, social, ambiental y educativo de la propuesta.

Una trayectoria construida en el agua, antes que en el aire

Carla Eloísa Fernández. Foto: Cortesía

Que Fernández haya llegado a diseñar un sistema para el aire urbano no es un giro improvisado. Es la continuación de una carrera dedicada a entender cómo los organismos acuáticos responden al estrés ambiental. Investigadora de la Unidad de Limnología y Recursos Acuáticos de la UMSS, su producción científica se concentra en ecología de lagos de alta montaña y en la fisiología del zooplancton, temas sobre los que ha publicado en revistas especializadas como Inland Waters.

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Ese conocimiento acumulado sobre organismos fotosintéticos y su comportamiento en condiciones extremas sostiene, técnicamente, el salto de Fernández, del laboratorio de limnología al diseño de un biorreactor urbano.

¿Cómo funciona?

El biorreactor es “como una gran pecera inteligente” o una fábrica que contiene microalgas capaces de absorber el aire contaminado de la calle para transformarlo en aire limpio, de forma parecida a como lo hace un bosque, pero sin la necesidad de años de crecimiento que exige un árbol.

El sistema, además, es cíclico: cuando una generación de microalgas cumple su ciclo, cede sus nutrientes a las células nuevas, y funciona las 24 horas del día gracias a luz solar del día y la luz artificial de la noche, con apoyo de tecnología fotovoltaica. “Se trata de un sistema de reciclaje. Cuando las algas viejitas cumplen su ciclo, les dan sus nutrientes las nuevas alguitas, y así todo se aprovecha”, dice Fernández a La Región desde la República Checa, donde cursa un posdoctorado en el área de recursos hídricos/ecología del plancton

El proyecto está hoy en la transición entre dos escalas: un prototipo piloto de 25 litros que, según Fernández, “ha demostrado estabilidad biológica durante meses, sin necesidad de mantenimiento complejo”, y un modelo de diseño urbano de 500 litros pensado ya para su instalación en espacios públicos.

Los datos preliminares del piloto muestran una capacidad de captura de hasta 1,2 gramos de CO2 por litro al día, una cifra que, llevada a escala permitiría instalar estos dispositivos en puntos críticos de tráfico como paradas de bus e intersecciones de alta congestión, para formar lo que ella llama una red de “limpiadores urbanos” con un impacto directo sobre la salud pública.

Más allá del premio

Fernández es explícita sobre el lugar que le da al reconocimiento internacional dentro de su proyecto: no es el destino, sino un paso intermedio. “Más que como un proyecto premiado, el sueño es verlos (los biorreactores) implementados en las calles”, dice. Su aspiración es que Yaku Sach’a marque “un punto de inflexión en nuestra relación con la arquitectura urbana”, de modo que calles y edificios dejen de percibirse como estructuras de cemento inertes y empiecen a entenderse como sistemas capaces de regenerar el entorno que habitan.

Esa idea —tecnología y naturaleza conviviendo dentro del mismo espacio urbano— es, en última instancia, el argumento central de un proyecto que nació de un dato de contaminación medido en Cochabamba y que hoy compite, con reconocimiento internacional, por transformarse en infraestructura permanente de las ciudades.

“Si logramos que el ciudadano vea en estos biorreactores un aliado cotidiano para su salud y entienda que la tecnología y la naturaleza pueden, y deben, convivir para regenerar nuestras ciudades, entonces habremos cumplido nuestra meta real”, finaliza la experta.