Bufeo boliviano Foto: Pedro Laguna
Bufeo boliviano Foto: Pedro Laguna

Rocío Lloret Céspedes

Rocío Lloret Céspedes

Periodista | La Región

Durante 17 años, saber cuántos bufeos (Inia boliviensis) quedan en el río Ichilo —cuenca del Mamoré, Amazonia boliviana— dependió de expediciones científicas que ocurren cada dos o tres años, con equipos de biólogos distribuidos estratégicamente en una embarcación de gran tamaño, durante varios días. Desde 2022, la incorporación de pescadores en esta tarea, reveló que un observador experimentado —ubicado en la proa— así como el capitán del barco, pueden aportar más datos al trabajo de los expertos, y hacerlo prácticamente todo el año, gracias a una aplicación móvil.

Un estudio liderado por el biólogo Paul Van Damme en el río Ichilo, tributario del Mamoré y parte de la cuenca del Madera, comparó el método estándar de conteo —usado en todo el continente por la Iniciativa Sudamericana de Delfines de Río (SARDI)— con una aplicación de celular llamada “Bufeo”, diseñada para que capitanes de embarcaciones pesqueras y pescadores puedan registrar sus propios avistamientos en su faena diaria.

Los números sorprendieron al equipo. En septiembre de 2022, cuatro biólogos contaron 375 delfines a lo largo de 520 kilómetros de río, una tasa de 0,72 individuos o ejemplares por kilómetro. En paralelo, el capitán de la misma embarcación, usando solo la aplicación desde la proa, registró el 51 por ciento más de lo que detectaban los investigadores ubicados también en proa. Meses después, entre marzo y octubre de ese año, cinco capitanes de embarcaciones pesqueras comerciales —durante sus salidas rutinarias de pesca— sumaron 1.051 delfines observados en 115 recorridos: cinco veces más que el único censo científico realizado en el mismo tramo.

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La sorpresa mayor llegó en octubre de 2024. En un segundo censo de 237 kilómetros, los científicos contaron 95 delfines. Pero un pescador experimentado, ubicado en el techo del bote y equipado con la misma aplicación, registró 146 delfines, un 54 por ciento más que todo el equipo científico junto (proa y popa combinadas).

Según explica Van Damme a La Región, el objetivo del estudio no era solo comparar cifras, sino saber de qué manera las observaciones de los pescadores podrían ser útiles para tener una idea del estado poblacional de los bufeos.

Si en un tramo los investigadores cuentan 500 delfines y un pescador experimentado detecta muchos más, eso ayuda a estimar con mayor precisión cuántos individuos existen realmente y a evaluar la viabilidad de la población a futuro. “Otro objetivo es que en el futuro los pescadores podrían reemplazar los investigadores”, dice el biólogo.

El “buen ojo” del pescador

Los autores atribuyen esta diferencia de conteo de ejemplares a tres factores. El primero es cultural: la experiencia de toda una vida detectando delfines en condiciones cambiantes. El segundo es metodológico: mientras los investigadores están restringidos a cuadrantes fijos de 90 grados y no pueden confirmar si un mismo animal fue visto dos veces, el observador en el techo tiene un campo de visión panorámico de 180 grados que le permite reconocer al mismo delfín cuando resurge más adelante. El tercero, y el más inesperado: por incendios forestales, el humo redujo la visibilidad durante ambas expediciones —2022-2024—, afectando más a los biólogos que al pescador, acostumbrado a navegar en condiciones adversas.

Lila Sainz, coordinadora de proyectos sobre vida silvestre en WWF Bolivia, organización que trabaja junto a la organización conservacionista Faunagua en  la conservación de bufeos y el desarrollo de investigaciones científicas y apoya expediciones; subraya que reconocer la capacidad de los pescadores no significa mezclar el método científico y la ciencia ciudadana. “Si lo que yo quiero es saber si las poblaciones de delfines incrementan o disminuyen, puedo utilizar el método (de conteo) del pescador capitán o del que está arriba de la embarcación. Pero siempre utilizar el mismo método. Ahí sí, yo puedo decir con total certeza si incrementan o disminuyen (el número de bufeos)”, explica.

Sainz destaca además que la aplicación móvil, desarrollada primero en la plataforma Kobo y ahora con servidor propio, ya lleva más de un lustro de ajustes junto con pescadores de Cochabamba y el Beni. La intención es extenderla próximamente a turistas que naveguen por la región.

Para Selva Montellano, bióloga que participó del estudio y las dos últimas expediciones, la clave está en la continuidad. Bajo su mirada, mantener el mismo grupo de pescadores capacitados en el tiempo, reduce el margen de error y permite aprovechar su conocimiento acumulado del hábitat. “Si bien el método científico estándar sigue siendo el más riguroso, su gran limitación es el costo y, como consecuencia, su baja frecuencia —apenas unos días cada año o cada dos años—, mientras que los pescadores están en el río todos los días”, asegura.

Qué significa esto para la conservación del bufeo

El estudio forma parte de una serie de censos que Van Damme y su equipo llevan adelante desde 2007, ya que el bufeo boliviano es una especie catalogada como “Vulnerable” a la extinción, según el Libro Rojo de Vertebrados. En ese contexto, hasta ahora no se encontró una tendencia negativa significativa en la cuenca del río Mamoré.

El biólogo señala que ese mismo patrón de estabilidad fue confirmado de forma independiente por análisis similares realizados en la cuenca media del río, lo que sugiere una población “bastante robusta” como para recuperarse de amenazas como la pesca incidental, la minería aurífera o la degradación de hábitat, entre otras. Aun así, el investigador aclara que estabilidad no equivale a ausencia de amenazas ni de mortalidad.

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Los autores insisten en que la ciencia ciudadana no reemplaza al método científico estándar, sino que lo complementa. Mientras los censos tradicionales aportan rigor y comparabilidad interanual, los datos de pescadores permiten una cobertura espacial y temporal —estacional, mensual, casi diaria— que ninguna expedición periódica podría lograr con los mismos recursos.

Los propios pescadores, según explican los investigadores, encontraron en el proyecto un motivo adicional para proteger a los delfines. Comprendieron que la presencia del mamífero acuático indica la buena salud de las aguas de las que también depende su propia actividad de subsistencia.

El equipo científico trabaja ahora en replicar y escalar esta metodología en otras zonas de Bolivia, como el departamento de Beni, y en consolidar un reglamento departamental que obligue a repetir estos censos combinados —estándar y participativo— cada tres años.

“Nosotros (los investigadores), por mucho que nos gusten los delfines, que hayamos viajado varias veces al campo, que trabajemos con delfines durante años, no tenemos el ojo tan entrenado como los pescadores, quienes además  entienden las sutilezas y los cambios en la superficie del agua. Entonces, tenemos que quitarnos esa susceptibilidad de que el pescador va a anotar cualquier cosa”, asegura Lila Sainz.

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