La iglesia de Aiquile quedó en este estado. Una de sus torres estaba construida en la casa de una vecina, quien murió aplastada por la estructura.

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 Rocío LLoret /  Fotos: Marvin Rodríguez

Las calles del pueblo por entonces eran de tierra. Estructuras coloniales de adobe se vinieron abajo con el segundo temblor. El primero, de menor intensidad, fue solo un aviso de que venía lo peor.
Los aiquileños lloraron a sus muertos, sin pensar que aún venía lo peor: la indolencia de autoridades que aprovecharon la desgracias para quedarse con millonarias donaciones que llegaban.
Los afectados fueron llevados a tres sitios, en carpas improvisadas. Allí se quedaron durante casi tres semanas, sin poder bañarse y aún con el polvo en el cuerpo porque los servicios básicos tardaron en reponerse.
La visita del entonces presidente Hugo Banzer Suárez, ya en la mañana del 22 de mayo, fue esperanzadora para la gente. Una mujer se le abalanzó y clamó por ayuda, él dijo que la daría. Su ministro de Defensa, Fernando Kieffer, murió cuando era juzgado por corrupción.
Aunque muchas casas solo presentaron rajaduras, otras cayeron como un dominó. La gente cocinaba en los refugios y cuando volvía a ver aquello que fue su hogar, se encontraba con terrenos planos.
Hoy en día los sobrevivientes relatan que muchos aiquileños murieron cuando volvieron a sus casas en busca de sus cosas y su dinero. Las pocas estructuras que estaban en pie eran frágiles como una cáscara de huevo.
Policías y militares levantaron registros de los afectados. El Gobierno dijo que reconstruiría las casas y lo hizo a costa de soldaditos que levantaron viviendas sin forma ni habitaciones necesarias. Cada inmueble costó $us 3.300.

Tras el terremoto se construyó la catedral de Aiquile, una infraestructura moderna, que nada tiene que ver con la imagen colonial del pueblo, esa que quedó solo en la memoria de los habitantes. Hoy esta ciudad tiene construcciones de ladrillo, asfalto y varios pisos.

Lee el reportaje completo:

El día que la tierra mostró su furia

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