
A cuatro kilómetros del centro de Cochabamba, en el corazón de Bolivia, se erige un área protegida de más de tres mil hectáreas: El Parque Nacional Tunari. Creado para proteger a la ciudad y cuidar las fuentes que proveen agua a todo el eje metropolitano e incluye los municipios de Sipe Sipe, Vinto, Quillacollo, Tiquipaya, Cercado (con más de 661,484 habitantes) y Sacaba, este sitio de reserva rodea la mancha urbana cada vez más amplia de la capital de la zona de los valles.
Desde las alturas —una serranía de la cordillera oriental de los Andes, cuyo pico más alto alcanza los 5.035 msnm— aquella urbe moderna, que empieza a latir desde muy temprano, con movimiento comercial intenso; se ve lejana a la vida apacible de campo que llevan alrededor de 380 comunidades quechuas que viven aquí desde antes de la creación del Parque, en 1962.

Hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos se levantan antes que el sol para trabajar en el cultivo de flores ornamentales; hortalizas, papas y cebollas, e incluso frutas como durazno y manzana; productos que luego serán vendidos en el Cercado, Quillacollo, Tiquipaya, municipios aledaños.

Hoy, un día hábil de inicios de diciembre, muchos de los habitantes de la ladera sur del Parque Tunari romperán esa rutina para trabajar en otro futuro: plantar árboles para cosechar agua y prevenir deslizamientos.
En busca del bosque perdido
El Parque Tunari es parte de los Andes bolivianos tropicales, que desde hace muchos años vio cómo bosques nativos de Polylepis o kewiña —un género de árboles y arbustos originarios de América del Sur— fueron desapareciendo. Un estudio científico da cuenta que desde las primeras culturas humanas se destruyó gran parte de esta vegetación, con actividades como la extracción de leña, elaboración de carbón y el uso del fuego como herramienta para estimular el rebrote de plantaciones.
Con el tiempo, quedaron solamente manchas o fragmentos de estos pequeños árboles, que no superan los siete metros de alto. Conocidos como keñua, kewiña, queñoa o queñual, se trata de especies de corteza escamosa con una increíble capacidad de crecer en altitudes extremas. Esto explica por qué, son vitales para conservar agua y, por ende, proteger la biodiversidad en los ecosistemas.
La misma investigación explica que cerca de 190 especies de aves están relacionadas con bosques de Polylepis; muchas de ellas amenazadas, como la Monterita Cochabambina (Poospiza garleppi), que únicamente habita en Bolivia y está en riesgo crítico de desaparecer. De hecho, de las 14 especies del género Polylepis que hay en el país, seis también están amenazadas, entre ellas, Polylepis subtusalbida. Esta último se encuentra casi exclusivamente en esta cordillera.

Estos elementos, sumados a riesgos altos de deslizamientos de tierra —uno de los más recientes en enero de 2024— promovieron estrategias para prevenir desastres y garantizar la provisión de agua para Cochabamba en los próximos años. Una de ellas, liderada por la Asociación Civil Armonía, dedicada a la conservación de aves amenazadas; comenzó a ejecutarse en 2020, en la ladera sur del Parque Nacional Tunari. Se trata de la reforestación con especies de la zona que existían otrora, como la kewiña y el aliso (Alnus acuminata), entre otras; parte del Programa Acción Andina, que busca reforestar los bosques de Sudamérica.
Eneida Zurita, asistente de coordinación del Programa Tunari de Armonía, cuenta que lograr que las comunidades se apropien de este proceso es uno de los grandes logros de estas reforestaciones.
Los resultados se ven en el involucramiento de cada vez más personas, instituciones y organizaciones que buscan ser parte de esta cruzada. Cada año, cuando empieza la época de lluvias en Bolivia —entre noviembre y diciembre—pequeños ejércitos se desplazan a los lugares elegidos en las serranías, para plantar lo que a la postre será el futuro ecológico cochabambino.
Una jornada comunal

Este primer miércoles de diciembre, un sol inclemente se posa en la ciudad. Mientras en las calles y avenidas, la gente camina en ropa de verano; en la comunidad Aguada, se siente el frío de las alturas. Deslizándose por senderos rocosos cubiertos por paja brava, hombres y mujeres que viven en la zona; solados de la Policía Militar y voluntarios comienzan a llegar antes del amanecer para iniciar la jornada de reforestación. Los varones cavan hoyos a fuerza de picota, mientras ellas se encargan de poner las plantas, tapar y proteger los plantines.
Cristina Flores (30 años) ha dejado sus actividades de agricultura por hoy para dedicarse a esta labor. “Es una actividad comunal”, dice en alusión a que todos los integrantes de Aguada deben participar. Está aquí con su esposo, sus tres hijos, su padre y su madre. Hace dos años —cuenta— su comunidad se sumó a la iniciativa de reforestación. Hasta ahora, 37 comunidades lo han hecho con la idea de que sus descendientes vean los frutos de ese trabajo. “Hace dos años no había ni para regar la papa y ahora con esto nos han dicho que va a haber más humedad”, dice mientras avanza más rápido que el resto porque encontró una técnica que ayuda su trabajo: llevar varios ejemplares en una bolsa para irlos poniendo más fácil; lo que no significa menos cansador.

Se estima que un árbol de kewiña demora décadas en alcanzar la madurez. De hecho, en el primer año crece en promedio un centímetro y corre muchos riesgos, como una mazamorra que la cubra totalmente; que la época de lluvia inunde el terreno o que una vaca pase y se alimente con el brote. La superviviencia del plantín es otra lucha contra la naturaleza.
Pese a ello, los primeros árboles sembrados en 2020 ya formaron pequeños bosques. En el caso del aliso, cuyo crecimiento es más rápido y notorio, permite avizorar que será posible cumplir los objetivos.
Hasta ahora, la meta de sembrar 200 mil plantines cada año ha sido cumplida. El reto de los lugareños, además, es enfrentar incendios forestales; la principal amenaza del Parque Nacional Tunari, según su director, Hugo Ayala. El administrativo junto a nueve guardaparques se encargan de custodiar las más de 309 mil hectáreas que tiene el área protegida. “Prácticamente hacemos maravillas”, asegura en alusión a la falta de recursos. Para dar apoyo al cuerpo de protección, las comunidades también han empezado a prepararse y responder activamente antes de que el fuego se convierta en llamarada.
Los desafíos del Tunari

“La gente dice: donde hay aliso, hay agua. Por eso sabemos que hay una relación directa entre esta especie en particular y el tema hídrico”, explica Daniela Aguirre, coordinadora del Programa Bosques Andinos Prioritarios de Armonía. Esa interrelación entre la ciencia y los saberes de la ciudadanía, ha permitido también que la reforestación tenga éxito.
Eneida Zurita cuenta que los comunarios eligen las zonas que se van a reforestar, de acuerdo a experiencias anteriores. Desde las organizaciones civiles, el apoyo técnico pasa por elegir las especies, acordes al tipo de ecosistema, y tratar de replicar la lógica de la naturaleza. “Por eso es restauración. Porque si no sería como plantar pinos o eucaliptos (en hilera) y la naturaleza no es así; es aleatoria. Tú tienes que regirte a las condiciones ecológicas de la especie, altitud, temperatura. Tienes que pensar en el suelo también”, detalla la bióloga Aguirre.
Hasta ahora, más de 400 hectáreas del Parque Nacional Tunari han sido reforestadas y más de diez mil personas se han involucrado en el desafío. El siguiente paso es clave: convocar a la ciudad. Una ciudad que, en gran medida, permanece ajena a lo que ocurre en las serranías que la rodean. El Plan de Manejo del área protegida es claro: el 70 por ciento del agua que abastece a la región metropolitana de Cochabamba nace en las laderas meridionales del Tunari. Reducir los riesgos de deslizamientos y asegurar el acceso al agua ya no es solo una tarea rural, sino una responsabilidad compartida. Por eso, Armonía apuesta ahora por un mecanismo de sostenibilidad financiera que garantice la continuidad del esfuerzo en las próximas décadas. Porque el futuro del paisaje del Tunari —y del agua que sostiene la vida urbana— no se juega en la montaña, sino en las decisiones de quienes viven a sus pies.









