miércoles, noviembre 30, 2022
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Áreas de gran biodiversidad en los Andes tropicales no están bien representadas en las áreas protegidas

La región de los Andes tropicales es una de las más biodiversas del planeta, pero también una de las más intervenidas por actividades humanas. Un reciente estudio encontró que el ritmo de pérdida de los ecosistemas es muy alarmante y tan solo el 5 % de ellos están bien representados dentro de las áreas protegidas. Se ha perdido el 20,6 % de los ecosistemas analizados en Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. El 43,9 % de esa pérdida ha ocurrido en el hotspot de los Andes tropicales.

Los Andes tropicales son uno de los hotspots o puntos calientes de biodiversidad más importantes del mundo. Diversos estudios mencionan que esta región, con menos del 0.5 % de la superficie terrestre de la Tierra, alberga el 10 % de todas las especies conocidas, así como la mayor cantidad de especies de plantas y vertebrados endémicos del mundo.

A pesar de su importancia, los Andes tropicales también es una de las regiones más gravemente amenazadas y ya ha perdido al menos una cuarta parte de su extensión original debido al uso intensivo de la tierra. Además, es extremadamente vulnerable al cambio climático y, según los científicos, se espera que más de la mitad de las especies sufran reducciones en sus rangos de distribución y que el 10 % de ellas se extinga para 2050.

Una de las recomendaciones más urgentes es que se necesita proteger a esta región de las amenazas causadas por el humano y que los esfuerzos de conservación deben tener como prioridad reducir la tasa de pérdida de hábitat. De acuerdo con el estudio “Conservando la Diversidad de los Ecosistemas en los Andes Tropicales”, publicado hace unas semanas en la revista científica Remote Sensing, el 72 % de todas las especies y el 90 % de las especies endémicas amenazadas no están suficientemente representadas en las áreas naturales protegidas.

Es por eso que el artículo propone la inclusión de Áreas Clave para la Biodiversidad (KBA, por sus siglas en inglés) —un enfoque que ayuda a identificar y designar áreas de biodiversidad de importancia internacional, utilizando criterios estandarizados a nivel mundial— a la hora de crear nuevas áreas protegidas y de pensar en otras estrategias de conservación. En el análisis, una de las conclusiones más preocupantes es que solo 5 de los 95 tipos de ecosistemas revisados en los Andes tropicales están protegidos en más de un 30 % de su extensión dentro de las áreas protegidas de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

Extensión de ecosistemas en época preindustrial (A) y reciente (B) de 126 ecosistemas en los países de los Andes Tropicales. Áreas en negro en (B) = uso humano de la tierra. Contorno rojo: Andes tropicales. Fuente: Artículo Conserving Ecosystem Diversity in the Tropical Andes.
Extensión de ecosistemas en época preindustrial (A) y reciente (B) de 126 ecosistemas en los países de los Andes Tropicales. Áreas en negro en (B) = uso humano de la tierra. Contorno rojo: Andes tropicales. Fuente: Artículo Conserving Ecosystem Diversity in the Tropical Andes.

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Ecosistemas que se van perdiendo

Analizar las tendencias, a través del tiempo, en la pérdida de extensión de los ecosistemas es indispensable para monitorear su estado de conservación. Los investigadores utilizaron mapas de distribución de 126 ecosistemas terrestres en Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia durante la época preindustrial e hicieron lo mismo con mapas más recientes (2010). De estos 126 ecosistemas, 95 pertenecen al hotspot de los Andes tropicales. Entre otras cosas, midieron cuántos de esos ecosistemas se han perdido y la representación que tienen dentro de las áreas protegidas actuales en los cuatro países.

Entre sus hallazgos, el artículo destaca que seis ecosistemas (4.8 %) —de los 126 evaluados— han perdido, desde la época preindustrial, más del 50 % de su extensión en los cuatro países andinos monitoreados. Además, solo 32 ecosistemas (25 %) tienen más del 30 % de su extensión dentro de los sistemas de áreas protegidas de estas naciones.

El artículo científico destaca que se ha perdido el 20.6 % de los ecosistemas analizados en Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia y que el 43.9 % de esa pérdida ha ocurrido en el hotspot de los Andes tropicales. “La mayor parte de la pérdida ha ocurrido en los Andes del Norte en Colombia, Ecuador y el oeste de Perú; con pérdida de hábitat también en el este de Bolivia”, se lee en el documento.

Por otra parte, siete ecosistemas tuvieron pérdidas superiores al 50 %: el Salar Montano Sur Andino (87.5 %), el Bosque Seco Estacional Guajiro (60.6 %), el Bosque xeromorfo Guajiro (59.6 %), el Bosque Seco Guajiro (59.6%), el Bosque Húmedo (57.3%), el Bosque Inundable Guajiro (56.4%) y el Bosque Inundable Mesoamericano (52.7%). Una de las zonas más afectadas, de acuerdo con estos datos, fue la península de La Guajira en Colombia.

“Hay que pensar que esta reducción de ecosistemas implica la reducción de servicios ecosistémicos como, por ejemplo, las fuentes de agua para muchas ciudades y tal vez no lo percibimos así. Es bastante preocupante que haya una tendencia tan fuerte de pérdida de ecosistemas”, comenta Indyra Lafuente Cartagena, coautora del estudio e integrante de la Asociación Boliviana para la Investigación y Conservación de Ecosistemas Andino-Amazónicos (ACEAA-Conservación Amazónica).

Los páramos son conocidos como grandes "fábricas de agua". Foto: Gobernación de Boyacá.
Los páramos son conocidos como grandes «fábricas de agua». Foto: Gobernación de Boyacá.

Los investigadores no solo lograron identificar las zonas más críticas en cuanto a pérdida de ecosistemas, sino que ubicaron las KBA que “básicamente son las áreas más importantes en términos de biodiversidad, en términos de representatividad de las especies más raras o las especies más amenazadas que existen, es decir, aquellas áreas que debemos conservar con mayor ímpetu, más allá de si ya están o no están protegidas”, comenta el biólogo Francisco Prieto, subdirector del Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador (INABIO) y coautor del artículo científico.

Los autores del artículo mapearon tanto las KBA como las áreas protegidas actuales en los cuatro países. Fue así que identificaron que en los 95 ecosistemas analizados, el hotspot de los Andes tropicales solo tiene 50 % de su extensión dentro de zonas que cuentan con algún decreto de protección.

Los autores del artículo mapearon tanto las KBA como las áreas protegidas actuales en los cuatro países. Fue así que identificaron que ninguno de los 95 ecosistemas analizados en el hotspot de los Andes tropicales tiene más del 50 % de su extensión dentro de zonas que cuentan con algún decreto de protección.

Frente a esto, varios de los coautores tienen algunas explicaciones. Francisco Prieto menciona que cuando se empezaron a crear áreas protegidas en muchos países latinoamericanos, particularmente en Ecuador, se hicieron en zonas distantes, que no tenían mucho uso o eran tierras inhóspitas o alejadas de los centros poblados, “no fue con una visión de querer conservar la Amazonía, conservar el Chocó, conservar la región tumbesina, los páramos o los Andes… fueron declaradas más bien bajo una visión de proteger la cobertura forestal porque eso era la naturaleza en esas décadas [sesenta y setenta], el único valor que tenían era el valor de la madera”, dice.

En naranja las áreas clave de biodiversidad (KBA), en verde las áreas protegidas UICN según la base de datos mundial de áreas protegidas (WDPA) y en amarillo las áreas donde las KBA se superponen con áreas protegidas. Dentro del contorno rojo está la región de los Andes tropicales. Fuente: Artículo Conserving Ecosystem Diversity in the Tropical Andes.
En naranja las áreas clave de biodiversidad (KBA), en verde las áreas protegidas UICN, según la base de datos mundial de áreas protegidas (WDPA) y en amarillo las áreas donde las KBA se superponen con áreas protegidas. Dentro del contorno rojo está la región de los Andes tropicales. Fuente: Artículo Conserving Ecosystem Diversity in the Tropical Andes.

Para Prieto, “solo hasta hace muy poco el proceso de identificación de áreas protegidas responde a ser estratégicos en proteger los ecosistemas más vulnerables”. Para él, uno de los problemas es que cuando hoy se toma la decisión de conservar, los gobiernos y los científicos se enfrentan a un gran crecimiento demográfico y a una expansión de actividades productivas, así como a conflictos por tenencia de tierras.

Lafuente destaca que hace más de 50 años, cuando se empezaron a declarar áreas protegidas en muchos países de Latinoamérica, había una gran desventaja a nivel tecnológico. “El desarrollo tecnológico que hemos tenido en estos últimos años nos ayuda también a ser más precisos, tenemos más información sobre especies, distribución y registros. También tenemos imágenes satelitales para trabajar y todas estas herramientas nos ayudan a tener un análisis un poco más detallado. Algunos sitios que deberían ser considerados para ser protegidos, no han sido tomados en cuenta porque no se había podido hacer ese tipo de análisis antes”, afirma.

En Colombia, el tucán de alta montaña (Andigena sp.) es un pájaro que come frutas en los Andes. Foto: Matthias Schleunin.

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Repensar las áreas protegidas y generar más información

Uno de los aspectos que se destaca en el artículo científico es que hay Áreas Clave para la Biodiversidad (KBA, por sus siglas en inglés) que no han sido incluidas dentro de las áreas protegidas existentes. Un ejemplo de esto es la Serranía de San Lucas, en Colombia, aunque desde hace varios años se sabe de un proyecto que busca declararla como área protegida.

“El ritmo de pérdida de los ecosistemas en los Andes tropicales es muy alarmante y tan solo 5 % de los ecosistemas están bien representados dentro de las áreas protegidas. Esto es bastante pobre, pero subiría a un 30 % si vinculamos a las KBA”, menciona Francisco Prieto.

Sin embargo, los expertos son conscientes de que, en estos momentos, pensar en convertir los KBA en áreas de conservación con las mayores restricciones no es una buena alternativa.

“Si ahora tú vas a una comunidad y empiezas a hablar de áreas protegidas, lo más probable es que no haya mucha apertura porque hay un preconcepto muy fuerte sobre el carácter restrictivo que tienen estos espacios sobre los medios de vida y de supervivencia de las comunidades”, asegura Xavier Claros, coautor del artículo e investigador de la Asociación Boliviana para la Investigación y Conservación de Ecosistemas Andino-Amazónicos (ACEAA-Conservación Amazónica).

Pérdida proporcional a largo plazo en la extensión de 126 ecosistemas. Azul = cuerpos de agua. Fuente: Artículo Conserving Ecosystem Diversity in the Tropical Andes.
Pérdida proporcional a largo plazo en la extensión de 126 ecosistemas. Azul= cuerpos de agua. Contorno rojo: área correspondiente a Andes tropicales. Fuente: Artículo Conserving Ecosystem Diversity in the Tropical Andes.

Claros cree que si se piensan las áreas de una manera más consensuada con la gente, al final comprenderán que conservar algunos espacios importantes en sus territorios es para beneficio de ellos mismos y de futuras generaciones. “La forma de aproximarse a la conservación está cambiando, se vuelve más inclusiva, más participativa y creo que esa es la manera en la cual se puede continuar trabajando”, añade.

Indyra Lafuente dice que los KBA deben ser conocidos por las personas que se encargan de la planificación territorial para que se hagan verdaderos esfuerzos de conservación, ya que son una categorización técnica, pero en muchos países “no hay un reconocimiento de un KBA como un mecanismo de conservación formal o que tenga una implicación en el territorio”, añade Claros.

Por su parte, Felipe Campos, investigador del INABIO y también coautor del artículo científico, destaca la falta de información que se tiene sobre la biodiversidad en los Andes tropicales y, en general, en todo el territorio de los países andinos. “Suponemos que tener un área protegida va a conservar todo lo que hay ahí, pero no tenemos idea de lo que existe allí. Termina siendo un planteamiento extremadamente romántico y tremendamente poco científico”, comenta.

Para Campos, el conocimiento de la biodiversidad es mucho más limitado de lo que se puede imaginar. “Generalmente estos modelos [como el utilizado en el artículo científico] se trabajan con los organismos más conocidos como las plantas y vertebrados como las aves, los mamíferos o los anfibios. Pero a nivel más micro hay un universo entero que no se conoce, por ejemplo los insectos, que son fácilmente el 70 u 80 % de la diversidad del planeta y que tienen distribuciones mucho más limitadas y pequeñas”.

El Corredor del Oso Andino fue creado en 2013 por la Secretaría de Ambiente de Quito. Foto: Ministerio del Ambiente de Ecuador.
El Corredor del Oso Andino fue creado en 2013 por la Secretaría de Ambiente de Quito. Foto: Ministerio del Ambiente de Ecuador.

Para los científicos, uno de los mayores obstáculos está en la falta de información o, incluso, en la disponibilidad de la información existente. “No todo se publica, esa es una de las cosas más alarmantes… Uno pensaría que mucha información está regada en publicaciones científicas pero no, mucha está quedando en las libretas de campo, en las bases de datos personales y en las hojas de Excel de los investigadores”, dice Francisco Prieto y agrega que también es urgente establecer mecanismos de articulación entre la academia y las autoridades ambientales para proveer esos datos de calidad que se necesitan sobre biodiversidad.

Los investigadores aseguran que para este análisis regional se utilizó información de los ecosistemas a una escala grande pero que, si se quiere hacer el análisis a nivel de país, se necesita una escala de ecosistemas más fina. De hecho, el artículo científico finaliza indicando que “reconocemos que estos datos deben complementarse con información local, gran parte de la cual solo podrá recopilarse en el campo, para implementar acciones de conservación en el terreno. También queremos reconocer que las tierras priorizadas para una mejor conservación a menudo incluirán áreas donde vive y trabaja la gente, por lo que se necesitan mecanismos claros para apoyar una gestión de la tierra compatible y verdaderamente sostenible”.

También hacen un llamado a que se tomen acciones desde las políticas públicas, desde los gobiernos a escala nacional, regional y local para incorporar criterios de conservación de biodiversidad en la gestión territorial. “Si no se toman acciones creo que vamos a terminar con una situación bastante crítica y lo que vamos a ver, de aquí a unos años, es que nos estamos aproximando a esos puntos de inflexión que pueden llegar a ser irreversibles y que afectarán las funcionalidades de los ecosistemas. Al final los afectados más grandes vamos a ser nosotros como ciudades, como pueblos, como comunidades”, concluye Xavier Claros.

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