Esta laguna situada en cercanías de Pocona, Cochabamba, lucía así en diciembre de 2024. Gente del lugar explicó que en 40 años no había visto algo similar. Foto: Rocío Lloret
Esta laguna situada en cercanías de Pocona, Cochabamba, lucía así en diciembre de 2024. Gente del lugar explicó que en 40 años no había visto algo similar. Foto: Rocío Lloret
Redacción

La Región

Cuando escuchamos hablar de “El Niño”, solemos pensar en lluvia o calor extremo. Pero este 2026, la ciencia ha encendido las alarmas por algo más grande: un fenómeno más preocupante, al que la prensa le ha puesto el adjetivo de “Súper”. Este nombre se usa cuando las aguas del océano Pacífico se calientan muchísimo más de lo normal (más de 2 °C por encima del promedio). Cuando eso pasa, el planeta entero siente el golpe. En la historia moderna solo se ha vivido tres eventos así: 1982, 1997 y 2015.

¿Por qué se espera uno ahora? Los satélites y medidores en el océano ya muestran un pulso de agua muy caliente avanzando con fuerza. Los centros meteorológicos estiman que hay un 96 por ciento de probabilidades de que el fenómeno se quede hasta inicios de 2027, y un 35 por ciento de opciones de que se convierta oficialmente en ese temido “Súper” Niño. De confirmarse las proyecciones actuales, podría ser el evento más intenso que se haya visto desde 1877.

El panorama actual encuentra, además, en un planeta que de por sí ya es más caliente debido al cambio climático. Aunque el cambio climático no inventó a El Niño, sí funciona como un amplificador que hace que sus efectos se sientan con más fuerza.

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El mapa del impacto en Bolivia

Armando Rodríguez Montellano —experto de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) en geomática aplicada y geoinformación de recursos naturales— explica a La Región que en el caso de Bolivia, el escenario climático es “crítico”.

🔥 ¿Qué podría pasar en Bolivia?

El posible impacto del «Súper» Niño 2026-2027 se resume en tres escenarios clave.

📅 1. El 2027 será el año más crítico

Armando Rodríguez advierte que, aunque 2026 aún presenta condiciones relativamente manejables gracias a la humedad acumulada por las lluvias de años anteriores, el escenario cambiará hacia finales de este año.

Entre noviembre y diciembre de 2026 comenzaría un marcado déficit de precipitaciones, dando paso a un 2027 considerablemente más seco.

“El próximo año va a ser mucho más seco que este año”.

🔥 2. Un “polvorín” de biomasa

Los años excepcionalmente húmedos permitieron un crecimiento abundante de vegetación en bosques y sotobosques. Esa biomasa extra podría convertirse en el combustible perfecto para futuros incendios.

🌿 Acumulación de combustible

Ramas, hojas y vegetación acumuladas se secarán rápidamente durante 2027 debido a las altas temperaturas, incrementando la disponibilidad de material inflamable.

🌡️ Escenarios preocupantes

La combinación entre vegetación seca y temperaturas que ya alcanzan los 40 °C en regiones como Santa Cruz podría convertir amplias zonas del país en un verdadero «polvorín» propenso a incendios de gran magnitud.

🌎 3. Impacto diferenciado por regiones

El fenómeno no afectará a todo el país de la misma manera, sino que presentará una «alternancia climática» entre el occidente y las tierras bajas.

🏔️ Región Andina (Occidente)

Se proyecta una sequía persistente que afectará principalmente la producción agrícola y la disponibilidad de agua.

Aunque 2026 podría registrar algunos episodios más húmedos que 2025, la tendencia general para el Altiplano seguirá siendo de sequedad.

🌳 Tierras Bajas (Oriente, Chaco y Amazonía)

Durante 2026 las condiciones podrían ser ligeramente más secas que el promedio, pero el mayor riesgo se concentrará en 2027.

La combinación entre biomasa seca y actividad humana —la llamada «chispa»— incrementará considerablemente la probabilidad de incendios forestales.

“El Niño” avisa con meses de anticipación

A diferencia de un terremoto que llega sin avisar, El Niño se puede ver venir con meses de anticipación. Esa ventaja da una oportunidad de oro: dejar de correr cuando el desastre ya ocurrió y prepararse en prevención.

Armando Rodríguez sostiene que Bolivia cuenta actualmente con una “ventana de oportunidad” entre finales de 2026 y el inicio de 2027, para prepararse ante la sequía extrema proyectada. Su planteamiento se centra en un cambio de paradigma que deje de ser reactivo y pase a ser una planificación estratégica a largo plazo.

Los puntos clave de su consigna son los siguientes:

1. Reinterpretación de los Sistemas de Alerta Temprana (SAT)

En Bolivia actualmente se confunde “alerta temprana” con “respuesta inmediata”, cuando la verdadera prevención debe actuar meses antes.

Para ello propone dejar de “satanizar” el fuego y adoptar el concepto de “manejo integral de fuego”, similar al que aplica Brasil. Esto tiene que ver con reducir la carga de combustible mediante el uso del fuego de forma controlada durante las épocas húmedas para eliminar la biomasa seca. Así también, cortar la continuidad del bosque para evitar que, cuando llegue la época crítica, exista combustible disponible que permita que las llamas escalen a incendios incontrolables.

  • Prevención antes que reacción

Del mismo modo, explica que la prevención más efectiva y económica ocurre en el punto de inicio del fuego. Para ello se requiere:

  • Brigadas de primera respuesta: Rodríguez enfatiza que se debe dotar de capacidades, entrenamiento y equipo básico a las comunidades locales (indígenas y campesinas), ya que ellos son los que están en el bosque y pueden sofocar un fuego cuando apenas inicia.
  • Límite de la infraestructura: Advierte que una vez que un incendio supera el umbral de contención, no existe presupuesto ni infraestructura (como helicópteros) en el mundo que sea suficiente para detenerlo.
  • Planificación y presupuesto a largo plazo

La prevención requiere que las autoridades nacionales y locales consideren el riesgo climático como una prioridad estatal permanente. En ese contexto, el presupuesto debe destinarse a la creación de brigadas en campo, equipamiento y un acompañamiento técnico constante durante todo el año. También debe haber una apertura entre niveles de gobierno (municipal, departamental y nacional) para sumar esfuerzos con ONG y otros actores.

Finalmente, señala que la prevención se beneficia de la transparencia de la información de monitoreo. Esto implica complementar las diversas plataformas de monitoreo (como el SIMB, las de universidades y ONG) para tener una radiografía completa del riesgo y planificar con precisión.