Foto: WWF Bolivia/ Rodrigo Urzagasti

Fuente: WWF Bolivia

Migle Mangari entra al monte con un saquillo y un machete a cuestas. Su cuerpo macizo tambalea entre las ramas, pero se repone fácilmente. Su cabello negro, sujetado en un moño, está protegido por una gorra. Una camisa de manga larga cubre su piel bronceada. Camina unos metros, ubica una palma de cusi. A su alrededor –dos a tres metros a la redonda– el suelo está regado del fruto de este árbol amazónico. Sin perder tiempo y antes de que el sol golpee, recoge aquellos que tienen buena pulpa adentro. Le basta palparlos para seleccionarlos: los más livianos se desechan; los pesados van a la bolsa.

El resto del bosque luce seco. Un colchón de hojarasca, ramas y bejucos muertos lo cubre todo. Pero los árboles de cusi están frescos y verdes. Las mujeres de esta comunidad indígena, ubicada a 400 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, al oeste de Bolivia, lo saben. Las 15 señoras de la Asociación de Mujeres Primero de Mayo salen al amanecer, algunas con los pies solo cubiertos de sandalias de goma, a pesar de la presencia de víboras. Durante tres horas –entre las 6:00 y las 9:00– aprovechan para recoger la mayor cantidad de frutos que pueden. Después, el calor es infernal.

Migle Mangari es, a sus 32 años, vicepresidenta de la Organización Territorial de Base (OTB) Cosorió Palestina. Decir OTB en Bolivia implica que es un pueblo indígena o comunidad campesina legalmente constituido en el territorio. En este caso, es un pueblo chiquitano. Ella, junto con otras mujeres, se dedican a la producción de cosmética, artículos de aseo personal y aceites medicinales, a partir de los frutos que recolectan.

Migle Mangari durante la faena de recolección de cusi en Palmarito de la Frontera. Foto: WWF Bolivia/ Rodrigo Urzagasti

​​“Primero comenzamos con el bordado, tejido de ropa, manteles. Pero con el tiempo vimos que el aceite el cusi podía hacer llegar (mejores) ingresos a la casa, por eso nos hemos dedicado a la recolección de cusi, a transformarlo en aceite y después en champú”, dice Mangari.     

En realidad, los saberes que heredaron de sus padres y abuelos –quienes usaban la medicina natural para curar sus males– ahora son aprovechados, no solo como medio para generar recursos, sino para conservar la naturaleza.

El cusi y el copaibo son dos especies presentes en el Bosque Seco Chiquitano, considerado el bosque seco tropical más grande del mundo. Y aunque en los últimos años, los incendios, la deforestación, la sequía y la expansión de la frontera agrícola entre otros factores, los han golpeado con fuerza, las mujeres de estas comunidades gozan de sus beneficios, y han aprendido a cuidarlos.

“En la comunidad se reconoce el árbol de cusi y de copaibo. En una asamblea pedimos que no se corten (estos árboles) y se aceptó”, dice Ignacia Supepí, de la comunidad Río Blanco que, como Cosorió Palestina, pertenece al Territorio Indígena Originario Campesino (TIOC) Monte Verde, que tiene una extensión de más de 947 mil hectáreas (una extensión mayor a la de Puerto Rico).

Al cabo de tres horas de haber iniciado la recolección de frutos, los sacos están llenos. El calor arrecia con fuerza.

Con la misión cumplida, cada mujer pone su bolsa al hombro y la lleva a la vera del camino más próximo. Muy pronto uno de sus compañeros pasará a recogerlos en una motochata. Bajo este sol tremendo, contar con este vehículo dotado por WWF y APCOB para el transporte de materia prima, es de gran ayuda. En otras comunidades de Monte Verde, como Río Blanco y Santa Mónica, también tienen este motorizado para facilitar el traslado de los cocos recolectados desde el cusisal hasta el laboratorio. 

Pero como el calor infernal no solo se siente en el bosque, sino también en las áreas de producción, las mujeres asociadas en cada comunidad planean ahora equipar sus laboratorios con un refrigerador para garantizar la conservación de sus insumos y productos. De esa manera, alivianar su trabajo construyendo áreas de almacenamiento y para el partido de cocos, actividad que ahora se realiza en cada vivienda.

Trabajo en equipo

Foto: WWF Bolivia/ Rodrigo Urzagasti

En las cuatro comunidades –Río Blanco, Santa Mónica, Palestina y El Rancho– hay laboratorios, paneles solares y otros insumos que permiten optimizar la producción. En este proceso, el apoyo de WWF y APCOB fue muy importante, porque no solo se implementó espacios aptos para el trabajo, sino que se mejoró las condiciones sanitarias con la dotación de agua y un cuarto de baño.

Entre sus herramientas cuentan con prensa hidráulica, químicos, instrumentos de medida y fórmulas elaboradas por bioquímicos de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno de Santa Cruz. La asociación civil Apoyo para el Campesino-Indígena del Oriente Boliviano (APCOB) contactó a los profesionales para que capaciten a las mujeres. 

Todo esto les ha cambiado la vida, no solo porque les facilita el trabajo, sino porque les permite soñar con la incursión en otros productos no maderables. “Hay muchos remedios en el bosque que nosotros no conocemos y que podemos recuperar y transformar aquí, porque tenemos nuestro laboratorio”, dice Ignacia Supepí, de Río Blanco.

Así, una vez que se recolecta la materia prima, el cusi y el copaibo se convierten en: champús, para la caída del cabello; cremas, para peinar; pomadas analgésicas y antiinflamatorias; aceite extravirgen, y jabones líquidos y en barra. En total ocho productos muy comerciales.

“Para nosotros ha sido una oportunidad apoyar estas iniciativas que las mujeres venían desarrollando de forma artesanal y no nos quedamos ahí, sino que las

vinculamos con el mercado”, asegura Ernesto Escalante, oficial forestal de WWF.

De esa manera, ellas aprendieron a seguir un protocolo de producción que aplican en sus laboratorios. Por su parte, quien compra estos aceites y cosméticos, sabe que apoya la conservación y el empoderamiento de estas mujeres.

Todo este proceso de aprendizaje hizo también que las propias señoras pidan asesoramiento para conseguir el registro sanitario. Hace poco lo hicieron oficialmente en una reunión con representantes de WWF.

“Si nosotras hubiéramos sabido cómo elaborar (productos) antes, lo hubiésemos hecho. Usábamos el aceite solo como ungüento, porque sabíamos que desinfectaba heridas y las cicatrizaba. El agua de copaibo también es mejor que el yodo, por eso hacemos el jabón”, dice Delia Macoñó, de El Rancho, una comunidad del municipio de San Javier que tiene una reserva de estos árboles.

A diferencia del cusi, este último se extrae como resina del tronco, una vez por mes o cada quincena. Para ello, se deja escurrir el líquido y/o aceite, pero las tareas de limpieza del monte para permitir la circulación por los senderos que conducen a cada árbol son mucho más pesadas.

En El Rancho se ha identificado una mancha de árboles de copaibo que la comunidad protege como Reserva Comunal. En dicha Reserva cada árbol cuenta con una placa de identificación que se utiliza para el registro de datos, como los mililitros de resina extraídos. “Tenemos 237 árboles, en 60 hectáreas, queremos llegar a por lo menos 300 árboles, y hasta ahí nomás, para cuidarlos. En una mayor extensión es más complicada la limpieza”, explica Rolando Chuvé, presidente de la comunidad.

Hasta hace poco menos de una década, para extraer el aceite de copaibo se sacrificaba todo el árbol o se lo hería de muerte abriendo una boca en su base a hachazos. Hoy en día, se perfora el tronco con un delgado tubo de plástico hasta que empieza a emanar la oleorresina. Muchas veces también sale un agua que antes se desechaba, pero ahora se usa para elaborar cremas, jaboncillos y otros productos.

Independencia y liderazgo

Foto: WWF Bolivia/ Rodrigo Urzagasti

Aunque los hombres apoyan la producción y algunos ganan un jornal en la recolección de copaibo, la transformación de la materia prima está en manos exclusivas de las mujeres.

El esfuerzo de ellas se multiplica si se considera que, además, apoyan en la producción agrícola de su chaco y cuidan su hogar. Muchas viven con un pie en la comunidad y otro en la zona urbana más próxima: Concepción, San Javier o Guarayos, porque sus hijos deben marcharse para estudiar la secundaria al cumplir los 12 años.

María del Carmen Carreras, responsable de Productos y mercados sostenibles de WWF, cuenta que en un inicio la intención era fortalecer a los comunarios en la gestión de recursos maderables, porque habían recibido una baja calificación para obtener la certificación verde. Pero en el camino vieron la actividad productiva de las mujeres en el sector de no maderables, y se contactó a APCOB para acompañarlas en ese proceso.

Para ellas, la fabricación de productos es solo una parte de sus logros, pues coordinar un trabajo cooperativo y asumir roles de liderazgo también fueron grandes desafíos.

Maura Cuasase, por ejemplo, fue madre por primera vez a los 14 años, y ahora, a los 54, es la líder de la Asociación de Mujeres de Santa Mónica. “Una tiene ese temor de que no va a poder, de no saber hablar, la vergüenza. Pero a través de todo el trabajo se va perdiendo el miedo”, relata.

Gracias a ello, ahora cada quien tiene una responsabilidad. Hay turnos de trabajo, aprovechamiento de habilidades y una larga cadena de tareas por las que pasa ese pequeño frasco de aceite o esa barra de jabón antes de llegar a manos de un comprador. Además, ahora algunas asociaciones usan las redes sociales para vender más y estar en contacto con potenciales clientes.

La producción de cosméticos abrió un horizonte nuevo para las señoras de Monte Verde. Ahora ellas sueñan con ampliar la gama de productos, incorporando las riquezas naturales que tienen a disposición en el bosque. Están muy comprometidas con un proceso de mejoramiento continuo.

Toda esta actividad productiva tiene además otro gran valor: el cuidado del Bosque Seco Chiquitano. Así lo resume Ignacia Supepí: “Tuvimos varias capacitaciones para transformar el aceite en champú. Nos interesó porque si trabajábamos con eso, protegíamos más el bosque. Ese fue nuestro ánimo. Íbamos a ayudar a seguir cuidando (el bosque) porque eso significa que es un árbol más que no se puede cortar”.

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