
La Región
Durante el primer año, las parabas azules llegaban hasta las cajas nido instaladas en el Pantanal boliviano, se posaban sobre ellas y seguían su camino. No había huevos ni pichones.
Al año siguiente comenzaron a visitarlas y a mordisquear la madera.
Recién en el tercer año una pareja aceptó una de esas estructuras como sitio de reproducción. Allí nacieron Saturnina y Avelino, los dos primeros pichones de paraba azul (Anodorhynchus hyacinthinus) registrados en Bolivia dentro de nidos artificiales, según los registros de monitoreo de la Fundación para la Conservación de Loros en Bolivia (CLB) y el cuerpo de guardaparques del área protegida.

El nacimiento fue la culminación de un proceso de prueba y adaptación que comenzó en 2022 en el Área Natural de Manejo Integrado (ANMI) San Matías, en Santa Cruz. “Se vio la necesidad de desarrollar estas estructuras ante la pérdida acelerada de árboles con cavidades adecuadas debido a los incendios”, explica a La Región Rafael Mounzon, director de CLB.
La experiencia demuestra que estas enormes aves pueden utilizar refugios construidos por personas, pero también que no basta con instalar una caja y esperar que sea ocupada de inmediato.
De prototipos fallidos a estructuras funcionales

La paraba azul es la especie de loro más grande del mundo —alcanza hasta un metro de envergadura— y necesita cavidades amplias para reproducirse. Los primeros diseños de cajas nido fueron parte de un ensayo experimental, refiere Mounzon.
Las primeras cuatro o cinco estructuras fueron instaladas en 2022 como prototipos. Durante ese ciclo, no hubo reproducción.
La experiencia llevó a incorporar directamente el conocimiento empírico de los guardaparques del ANMI San Matías. Uno de los ajustes clave fue reforzar el frontal de la entrada: la madera pasó de tener alrededor de una pulgada de grosor a dos pulgadas.
La razón responde al comportamiento propio de la especie. Las parabas utilizan sus poderosos picos para trabajar y desgastar la madera, acondicionando la cavidad a su gusto. Requerían sentir ese proceso de “construcción” para validar el espacio.
El cambio dio frutos. Las cajas comenzaron a ser visitadas y mordisqueadas con frecuencia durante el segundo año, y algunas de las instaladas hacia 2025 comenzaron a ser habitadas en 2026. La primera puesta exitosa llegó tras este largo periodo de aproximación.
Los nidos naturales se están perdiendo
El experimento ocurre en un paisaje de Pantanal donde encontrar una cavidad natural se ha vuelto un desafío para la especie.
La paraba azul utiliza árboles de maderas blandas que generan huecos de gran tamaño, pero justo esos árboles son altamente vulnerables al fuego. Los guardaparques han documentado antiguos sitios de reproducción utilizados durante años que terminaron reducidos a cenizas por los incendios recurrentes.
La pérdida de especies forestales antiguas intensifica la competencia con otras especies, entre ellas otras parabas, tucanes y rapaces nocturnas.
Por ello, las cajas nido no se plantean como sustitutas del ecosistema, sino como un soporte de emergencia ante la reducción drástica de sitios de nidificación. Y la estrategia tiene sus propios desafíos: de las 45 cajas distribuidas hasta ahora en comunidades y estancias de San Matías, unas 40 se consideran funcionales. Las demás fueron ocupadas por enjambres de abejas, otro competidor voraz.
Las parabas también se están moviendo
El monitoreo de la especie está dejando otro hallazgo revelador. Los equipos de campo han detectado una movilización interna de parabas azules hacia el sur del área protegida, desplazándose a zonas donde anteriormente no era habitual encontrarlas y que durante más de siete años no sufrieron el impacto del fuego. Tal desplazamiento supera los 100 kilómetros.
Si bien la migración todavía requiere mayor investigación científica, los expertos observan que las aves se están asentando en parajes que ofrecen una combinación clave: disponibilidad de alimento, estabilidad ambiental, cavidades naturales y las cajas nido instaladas por el proyecto.
El dato suma otra dimensión a la conservación. No solo se trata de instalar refugios, sino de comprender cómo la fauna está reconfigurando su mapa territorial frente al cambio climático y las quemas.

Un trabajo integral

Lejos de ver la ganadería como un obstáculo, los promotores han encontrado en las estancias de la zona un aliado clave para la supervivencia de la Jacinta.
Las parabas azules han desarrollado una relación de convivencia con el entorno ganadero: aprovechan el agua de los bebederos y atajadas, consumen la sal destinada al ganado y se alimentan de la “calucha” (la nuez) del motacú que las vacas dejan al descubierto tras comer la pulpa.
Esta cercanía ha facilitado que los propietarios permitan la instalación de cajas nido a escasos metros de sus viviendas y se conviertan en monitores cotidianos. Vía WhatsApp, los estancieros reportan de forma constante si las aves se acercan, si la madera presenta nuevos mordiscos o si se avizora la puesta de huevos.
Esta red local permite vigilar estructuras dispersas en un territorio de casi tres millones de hectáreas y de difícil acceso logístico, en comunidades como Candelaria, San Fernando, Santo Corazón y Pozones.

Mounzón relata que cuando se confirmó la presencia del primer pichón a través de una cámara trampa, la propia familia de la hacienda se reunió en círculo alrededor de la pantalla para observar el interior del nido. Para los técnicos, esa escena reflejó la apropiación comunitaria que garantiza la sostenibilidad del proyecto.
El esfuerzo conjunto entre el Servicio Nacional de Áreas Protegidas (Sernap), el cuerpo de guardaparques y CLB cuenta además con el respaldo internacional del Zoológico de Phoenix (EE. UU.). En agosto de 2026, una becaria especializada en el cuidado de animales viajó a San Matías para internarse en el territorio, colaborar en la colocación de 28 nuevas cajas nido y realizar talleres de educación ambiental en escuelas locales.
“Cuido parabas azules en el zoológico de Phoenix, pero ver a los pichones en su nido dentro de su hábitat silvestre en Bolivia fue la experiencia más increíble. Ser testigo de los primeros nacimientos en estas cajas demuestra que el trabajo de conservación en el campo está dando frutos reales”, contó Becky Mansel a La Región.
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DONARDos pichones, una prueba que comienza
Saturnina y Avelino —nombrados en homenaje a los primeros pobladores de Candelaria— tienen por delante un largo camino. De acuerdo con el director de CLB, el cuidado parental en esta especie es sumamente prolongado. Los pichones permanecen cerca de tres meses dentro del nido y, tras aprender a volar, conviven hasta un año con sus padres para aprender a alimentarse y protegerse.
Su biología exige una estrategia de conservación a largo plazo. Las parabas azules alcanzan la madurez sexual recién alrededor de los cinco años y pueden superar los 40 años de vida en libertad. Por esta razón, explican los especialistas, proteger a cada pareja de adultos reproductores tiene un valor crítico para la dinámica poblacional del Pantanal.
El éxito de este primer anidamiento demuestra que las cajas nido son una alternativa funcional, pero no la solución. “Perder una pareja de adultos que lleva años conociendo el lugar y sabiendo dónde nidificar es terrible para la especie, porque les toma cinco años llegar a la madurez sexual”, advierte Mounzon. Por ello, el reto inmediato del equipo de conservación será evaluar cuántas de las 40 cajas funcionales distribuidas en el ANMI San Matías logran ser aceptadas en los próximos ciclos, mientras que Pantanal intenta recuperar los árboles perdidos por el fuego.











