Brenda Villalba Sanchez.
Esta investigación periodística fue realizada con el apoyo del Fondo Concursable de la Fundación para el Periodismo (FPP), en el marco del proyecto Periodismo de Soluciones.
LLas carreteras que conectan El Alto con el suroeste del departamento de La Paz revelan los diversos fotogramas del altiplano. Es un cuadro vivo donde el pincel del paisaje dibuja cerros, lagunas y horizontes que se enmarcan a través de mi ventana. Tras dos horas de viaje, llego a mi destino, a más de 4.000 msnm: Comanche, un municipio turístico aún poco explorado.
Comanche es la cuarta sección de la provincia Pacajes. Se encuentra rodeado por montañas, peculiares construcciones de piedra y canteras de historias que no se agotan. Mi visita coincide con su aniversario; al llegar, las serpentinas, la música y los estandartes escolares se mezclan con los murales y las esculturas de la planta más emblemática de la zona altoandina entre Perú y Bolivia: la Puya raimondii —T’ika tanka en aymara y Cayara en quechua—.
El trayecto de subida al cerro Comanche —único refugio de la especie en el municipio— permite observar su ciclo completo, desde el nacimiento hasta la muerte. En su juventud, la planta luce hojas largas, espinosas y tensas, con una forma que recuerda a la corona de una piña, fruto que pertenece a su misma familia. Sin embargo, se trata de una hierba colosal, capaz de vivir entre 80 y 100 años y alcanzar entre 12 y 15 metros de altura. Esta especie crece en condiciones extremas de altura y radiación, y florece una sola vez en su vida para luego morir de pie.

A nivel internacional, la Puya raimondii se encuentra en la Lista Roja de la UICN; no obstante, en Bolivia todavía se categoriza como una especie de “Preocupación menor”. Alfredo Fuentes, biólogo del Herbario Nacional de Bolivia, explica que no existen suficientes estudios sobre la planta para dimensionar el riesgo real en el país. En contraste, los datos disponibles desde 2009 estiman alrededor de 800.000 ejemplares en Perú frente a unos 35.000 en territorio boliviano.
Una vida sin la gigante de los andes

Son múltiples los factores que arrinconan a esta especie hacia el riesgo de extinción. Según el Plan de Acción para la Conservación de la Puya raimondii en Bolivia, su destino está marcado por causas naturales: un largo ciclo de vida, poblaciones fragmentadas y una baja diversidad genética que limita su capacidad de adaptación a las variaciones de temperatura. Ya en 1998, el Centro de Datos para la Conservación (CDC) registró siete localidades en el país donde existen estos ejemplares y, de los 17.000 individuos contabilizados, apenas el 0,4 % eran fértiles.
“Para que germine en la naturaleza, bajo condiciones normales, probablemente requiera de un año de lluvias abundantes. Si la semilla logra brotar y alcanza la etapa adulta, deben ocurrir otros fenómenos específicos para que logre establecerse”, explica Alfredo Fuentes. El biólogo agrega que la fragmentación de sus poblaciones puede deberse a cambios climáticos drásticos, una amenaza que hoy es más latente que nunca. “Estas especies tienen un requerimiento de microclima tan especial que el calentamiento global podría hacer desaparecer el ambiente que habitan actualmente”, complementa Carla Maldonado, investigadora del Herbario Nacional de Bolivia.
Pero la presión no es solo climática. Se ha registrado que, mientras más cercanas están las poblaciones a asentamientos humanos o a actividades como el pastoreo, los incendios, la minería, la ganadería extensiva, las plantaciones de especies exóticas y la extracción o uso no sostenible, las poblaciones disminuyen.
En Comanche, el dilema se debate entre la conservación y la subsistencia: la minería de granito. El municipio posee uno de los principales yacimientos de esta roca, cuya dureza y resistencia la han convertido en un material de construcción altamente demandado. En 2012, una ley regional impulsada por la Asamblea Departamental de La Paz obligaba a la Gobernación y a los municipios a priorizar el uso del granito de Comanche sobre el cemento en las obras públicas, con el objetivo de generar empleo.
Sin embargo, la roca es también el resguardo de la puya; la planta crece entre sus grietas, en una relación ecológica aún poco estudiada. “En Comanche se extrae esta roca de granito desde hace casi 100 años. En la actualidad hay una cooperativa que la explota. En el pasado, se han empedrado caminos con este material. Uno de los detalles es que se trata de una de las pocas fuentes de ingreso económico que tiene la comunidad, y no puede dejar de hacerlo”, comenta Fuentes.
Por otra parte, el asedio a la puya se completa con el desconocimiento de sus ciclos biológicos —que aún guardan secretos para la ciencia— y con la desconexión de los pobladores respecto a su valor ecosistémico y cultural.
Un reencuentro esperado: Comanche y la t’ika tanka

Entre las oficinas con puertas de cristal y atravesando los imponentes estantes de madera del Herbario Nacional de Bolivia (LPB), nació el proyecto Planificación e implementación de la conservación para salvaguardar la Puya raimondii de Bolivia (Conservation Planning and Implementation to Safeguard the Puya raimondii of Bolivia). Este esfuerzo, liderado por la ONG BIOTA, el LPB y la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible, y financiado por el Critical Ecosystem Partnership Fund con apoyo de Conservación Amazónica y el Missouri Botanical Garden, dedicó once meses a una etapa piloto en Comanche bajo tres ejes: ciencia, educación ambiental y turismo comunitario, con el objetivo de preservar el hábitat de la puya raimondii (Puya raimondii) mientras se impulsa la economía local y la revalorización de la especie.
Para Maclovia García, hoy presidenta de la comisión de turismo del proyecto, aquel ejemplar único siempre estuvo ahí, en el cerro que veía desde niña. Sin embargo, confiesa que para la población la puya era solo una planta más, caracterizada por su tamaño y sus espinas afiladas. Cuenta cómo algunos de sus vecinos usaban las hojas secas como leña o hacían bancos con los troncos. En ese entonces, la planta no representaba una identidad para ellos y su cuidado era casi nulo. “Cuando era niña, salían en vagones. El tren se llevaba la piedra y las puyas. ¿Y a dónde iban? No sé”, relata.
Sin embargo, la conexión siempre estuvo ahí, implícita en la vida cotidiana y en el ecosistema. Según el documento del plan de conservación, la especie cumple un importante rol cultural que varía según la región. Mientras en Perú se le atribuyen usos medicinales para el asma o funciones en rituales ceremoniales, en Comanche su floración se interpreta como un indicador climático que anticipa la calidad de la temporada agrícola, además de atribuirle la capacidad de atraer lluvias y rayos.
Maclovia y Juana Cruz, guía turística local, coinciden en que el mayor logro fue restablecer ese vínculo entre el pueblo, el cerro, la piedra y la planta. Los murales, los monumentos y hasta las artesanías talladas por los pobladores reflejan cada elemento y particularidad de la especie. “Con el proyecto, ahora todo es puya. Tenemos que resaltar que nos identificamos con nuestra T’ika tanka”, afirma García.

En mi ascenso por el sendero turístico «Protectores del Tiempo», las estructuras oscuras de las puyas me hacen sentir pequeña; su base cuadruplica mi tamaño. Mirar hacia arriba combina el cielo con la punta de la planta y, al tocar su estructura, mis dedos se tiñen de un hollín negro. Según Carla Maldonado, esta es una de las características que marca el final del ciclo: primero pierden, en un lapso de dos a tres meses, los cerca de doce millones de flores que les ha tomado décadas producir; posteriormente, la planta muere lentamente hasta carbonizarse.
Para el biólogo Alfredo Fuentes, la puya es una «especie paraguas». No solo sirve como refugio y fuente de alimento para aves, como el picaflor altoandino —uno de los más grandes del mundo— durante meses, sino que, al morir, su materia orgánica nutre el suelo, permitiendo que broten las plantas medicinales que la comunidad recolecta.
Por su parte, Sebastián Tello, investigador del Missouri Botanical Garden, señala que el proyecto tiene un gran significado ecosistémico por esta característica. “A pesar de que el proyecto está enfocado en la Puya raimondii, la información que estamos generando probablemente será útil para la conservación de muchas otras especies”.
Este acercamiento ha generado acciones concretas. El municipio instaló viveros en el Instituto Mirikiri —centro de educación superior de la región— para asegurar la germinación de plantines que luego son trasplantados al cerro, con el fin de impulsar su establecimiento. El alcalde del municipio, Ronald Huanca, señala este como uno de los tres espacios de protección de la especie en el territorio. Por otra parte, el seguimiento de las plantas combina el rigor científico con el saber local. “Hemos desarrollado un paquete tecnológico sobre qué suelos y condiciones favorecen su vigor, y asesoramos a la comunidad para que ellos mismos midan su crecimiento”, explica Fuentes.
Sin embargo, el equilibrio es frágil. Maldonado advierte que el reto pendiente es armonizar la minería con la conservación. La meta, sugiere, podría estar en la delimitación estricta de zonas de explotación y de protección, además de promover alternativas económicas en el municipio, como el ecoturismo o el incremento del valor agregado de la piedra.
El sendero de los Protectores del Tiempo
Comanche no es solo el hogar de la Puya raimondii; es un entramado de canteras, lagunas y aguas termales. Aunque los primeros intentos por convertirlo en destino turístico datan de 2006, para los pobladores la palabra «turismo» fue durante mucho tiempo un concepto vacío de beneficio económico.
“La población no entendía qué era el turismo. Pensábamos que era recibir a un extranjero que venía de visita y luego se iba. No sabíamos que dentro de eso estaba el movimiento económico, nuestras artesanas, nuestra gastronomía y cultura”, recuerda Maclovia García.
Esa percepción cambió en mayo de 2025, cuando el municipio consolidó su primera Comisión de Desarrollo Turístico Sostenible, los Protectores del Tiempo. Con el impulso de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible se logró conformar las comisiones de hotelería, transporte, gastronomía, guías de turismo, artesanía en tejido y artesanía en piedra comanche. El proyecto no solo contempla un turismo comunitario responsable y sostenible, sino también una mayor participación femenina, con un 55 % de sus integrantes mujeres.
Para García, presidenta de la comisión, el proyecto está impulsando la economía de sus compañeras. “Ha sido una fortaleza para las hermanas porque tenían sus artesanías, pero no tenían un mercado. Cuando el proyecto llegó, pudieron exponer sus trabajos y generar ventas. Cuando tenemos alguna actividad en la ciudad, nos trasladamos y hacemos conocer nuestros productos”.
La transformación en la vida de las mujeres en Comanche va más allá de lo económico; es también una cuestión de identidad. Tatiana Miranda, encargada del componente de educación ambiental, explica que el proyecto formó a los guías locales a través de diez talleres en los que la ciencia y el turismo se nutrieron mutuamente. “No solo consideramos la flora y fauna, sino que la educación se integró de forma transversal para que la comunidad sea dueña del conocimiento”, señala.
Es a través de sus propias voces, palabras y saberes que guían a los turistas por el sendero “Protectores del Tiempo”, que recorre siete destinos característicos del municipio. Daniela Cubas, responsable del componente turístico, explica que, a partir de un diagnóstico, se identificaron estos lugares con el objetivo de crear un paquete turístico de un día. “…Hemos elegido siete atractivos principales donde la estrella es la puya raimondii (Puya raimondii), desde donde transmitimos el mensaje de conservación”, señala en una entrevista.
El trayecto, que serpentea entre esculturas de granito y murales coloridos, guía al visitante desde el Instituto Mirikiri hasta la exhacienda Machicado. A cada paso se revela la riqueza biológica de la zona: un ecosistema completo del cual se seleccionaron 12 especies de animales y 12 de plantas para resaltar el valor de la puya raimondii (Puya raimondii), dado que la vida en este hábitat, en gran medida, depende de ella.
Flora
Elaboración propia con datos de la Guía de Flora del blog: Comanche. Guardianes del tiempo.
Fauna
Elaboración propia con datos de la Guía de la Fauna del blog: Comanche. Guardianes del tiempo.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, para Maclovia García lograr que el turismo sea sostenible requiere mucho más trabajo, ya que mantener el compromiso de todas las comisiones es un reto constante. “No han funcionado casi todas. Ellos piensan que van a tener un sueldo, pero se tiene que trabajar. Estamos tocando también puertas para pedir apoyo del gobierno municipal”, señala.
Transformando desde las raíces
Sobre las mesas del Herbario Nacional de Bolivia se despliegan los materiales preparados: archivadores que custodian dibujos de niños y adolescentes, revistas, juegos de cartas y, al fondo, una ruleta. Estos recursos forman parte de una metodología lúdica de enseñanza que integra la biodiversidad y la conservación de la puya raimondii (Puya raimondii). El objetivo es doble: fortalecer el conocimiento ecológico de la planta e impulsar su revalorización desde la infancia.
Bajo este componente educativo, el proyecto alcanzó a unos 200 niños y jóvenes de la escuela de Comanche. A través de visitas recurrentes, los científicos implementaron sesiones de aprendizaje presenciales que permitieron fortalecer los saberes locales. De este modo, la conservación de la especie se transformó en una oportunidad de desarrollo, identidad y aprendizaje colectivo para el municipio.
Para Tatiana Miranda, coordinadora del área, el primer paso fue definir la ruta pedagógica. “Primero hemos hecho un diagnóstico inicial basándonos en una metodología de educación popular”. A este esquema se sumaron metodologías lúdicas para los niños y otras de indagación para los guías turísticos. La evaluación inicial fue fundamental para identificar el proceso de aprendizaje, mostrando que, si bien los pobladores conocían la puya, “no la sentían como suya, no tenían un sentido de territorialidad con la planta”, comenta la especialista.
Ante esto, los científicos diseñaron juegos, canciones y rimas que explican la genética y las particularidades de la especie, resaltando su importancia cultural y su vínculo con las otras 12 especies de flora y fauna identificadas en el ecosistema.

“En los niños era muy interesante el hecho de que podían reconocer especies con nombres vernaculares a partir de las características de cada animal o planta”, señala Tatiana Miranda. Como ejemplo, menciona el caso de la calceolaria (Calceolaria parvifolia), conocida localmente como “Amay zapato”, que los estudiantes logran identificar por sus flores amarillas y su forma particular.
El equipo considera que el componente educativo cumplió su cometido inicial. A través de indicadores como los caligramas, se evidenció que niños y adolescentes ya pueden representar el hábitat de la puya mediante dibujos y mensajes que reconocen sus rasgos biológicos. Sin embargo, Miranda subraya que, aunque hubo una incidencia positiva, todavía es necesario sostener un proceso continuo de talleres para consolidar estos aprendizajes.
La ciencia que nace en la tierra
Mientras el vehículo avanza por el camino hacia Comanche, los integrantes del proyecto del Herbario Nacional de Bolivia comparten sus experiencias e historias. Una frase marcaría un antes y un después en el proyecto: “Es nuestra primera vez haciendo un proyecto que, además de científico, sea social”.
Aunque el proyecto nació con un enfoque netamente científico, la realidad en el territorio impuso una nueva dinámica. Los investigadores comenzaron a cuestionar el trabajo de laboratorio cuando este se mantiene desconectado de la comunidad. “En el pasado, hace algunas décadas, existía una filosofía de conservación que consistía esencialmente en crear áreas protegidas y excluir a la gente, como si no importara. Esa manera de hacer conservación no funciona, y especialmente no funciona a largo plazo, porque las personas son parte de los ecosistemas. Entonces, hacer conservación sin incluir a las personas no es hacer conservación”, reflexiona Sebastián Tello.
Para los profesionales del Herbario Nacional de Bolivia, este vínculo ha significado un quiebre en su percepción de la ciencia, permitiendo un acercamiento más genuino al conocimiento ancestral. Alfredo Fuentes reconoce que el trabajo fuera de las vitrinas dejó una enseñanza fundamental: la conservación es inviable sin el saber local. “A partir de este proyecto, trabajar con la comunidad es tomar en cuenta lo que parece obvio, pero que rara vez se incorpora: sus percepciones y conocimientos dentro del proyecto”, afirma.
A la espera de una segunda fase, los días de los investigadores transcurren entre archivos, viveros y laboratorios que resguardan las semillas de la puya raimondii (Puya raimondii). El objetivo ahora es resolver los enigmas que rodean a la especie, debido a la escasez de estudios disponibles. Actualmente, los experimentos buscan comprender la relación de la planta con suelos pobres en nutrientes y su posible simbiosis con las rocas, en particular con el granito. Esto no solo por interés científico, sino también para diseñar estrategias de adaptación frente a la crisis climática.

“Se tomaron suelos de los alrededores de Comanche para tratar de responder por qué la planta crece únicamente en el cerro Comanche y no en áreas aledañas. Se realizaron esos experimentos, que aún están en curso; hay tesistas trabajando en ello. Sin embargo, todavía falta conocer algunos aspectos, como el efecto del cambio climático y cómo afectará la germinación y el establecimiento de las plantas”, comenta Alfredo Fuentes.
¿Un futuro para la reina de los Andes?
Hasta 1998, el estudio realizado por el Centro de Datos para la Conservación (CDC Bolivia) había identificado la presencia de la puya en el municipio de Vacas, en Cochabamba, así como en Pisk’u Mayu, en el mismo departamento, y en Araca, en La Paz. Posteriormente, los registros se ampliaron hacia Chuncacancha, en Chuquisaca, y Chuquicayara, en Potosí.
A pesar de que la especie ha sido considerada una planta sagrada para pobladores de La Paz y fue declarada Patrimonio Natural y Turístico del departamento en 2008, además de habitar en áreas protegidas como el municipio de Vacas, el Parque Nacional Carrasco y el Área Natural de Manejo Integrado Municipal y Parque Nacional Thalackocha, en Potosí, las acciones para su conservación han sido aisladas.
“El hecho de que no esté bajo tuición del municipio también dificulta la coordinación. Nosotros hemos estado en contacto con ellos. El tema de conservación lo abordan más desde el lado ecoturístico, pero no cuentan con planes de conservación; por eso hemos trabajado con ellos para elaborar este plan”, señala Carla Maldonado.
Aunque los profesionales del Herbario Nacional de Bolivia involucrados admiten que aún falta mucho por hacer para garantizar la conservación de la especie, la experiencia de este proyecto permitió que, junto con la ONG BIOTA, el apoyo del Ministerio de Medio Ambiente y Agua, expertos biólogos y comunidades, se materializara un Plan de Acción para la Conservación de la puya raimondii (Puya raimondii) en Bolivia.
El plan busca que, hasta 2035, el 80 % de las áreas clave para la especie —como Comanche, Quimsa Cruz y la serranía de Mandinga— cuenten con un manejo efectivo. La estrategia se sostiene sobre tres pilares: gobernanza e institucionalidad, conservación biológica y una sólida línea de educación y sensibilización social.
De esta manera, las líneas de acción no solo exigen la participación del Estado en coordinación con las identidades territoriales y la sociedad, sino que promueven una estrategia integral —desde las normativas, los estudios científicos y la acción comunitaria— para proteger a la reina de los Andes, la Puya raimondii.










