Redacción

La Región

Cada vez que una topadora avanza sobre un parche de monte en los alrededores de Santa Cruz de la Sierra, a su paso arrasa con árboles, animales pequeños y medianos; insectos. La vida misma. No es un dato menor. La ciudad más grande de Bolivia en extensión y población, alberga todavía al menos 20 especies de serpientes que resisten dentro de su propio perímetro urbano. Tres de ellas, las falsas corales Xenodon pulcher, Phalotris tricolor y el pavilo Thamnodynastes pallidus, figuran en la categoría de «Casi Amenazada» (NT), según el Libro Rojo de Vertebrados. Y su presencia, lejos de ser una amenaza, es la señal de que a la ciudad todavía le queda algo de naturaleza sana que proteger. El problema es que ese espacio se reduce cada año.

El biólogo Luis Alejandro Galvez,— cofundador del colectivo Jausi y guardafauna en el Bioparque Hacienda Kandire— lleva cinco años documentando rescate por rescate dónde aparecen estas serpientes. Este año sumó tres nuevos registros a su listado. Su conclusión es contundente: mientras la mancha urbana sigue creciendo sobre los últimos remanentes de bosque, matar a una serpiente que aparece en un patio no resuelve nada, solo acelera la desaparición de un grupo que, según coinciden los expertos con los que trabaja, es ya “el más amenazado de Bolivia”.

Importante: ¿Qué hacer si encuentras una serpiente en la casa o el jardín?

Un verde urbano todavía funciona

Para Galvez, que estas serpientes sigan apareciendo en la ciudad pese al crecimiento demográfico y la expansión de la mancha urbana, no es un problema, sino una buena noticia malinterpretada. “Es saludable que haya serpientes, porque eso demuestra la diversidad que tenemos y también que sus presas estén todavía activas”, dice a La Región. Su sola presencia funciona como un termómetro. Donde hay serpientes, hay una cadena de roedores, anfibios e incluso insectos que todavía se sostiene, y un microespacio verde que conserva algo de su función original dentro del entramado de cemento y asfalto. Santa Cruz de la Sierra se asienta, además, en una zona de transición entre bosque chiquitano, bosque chaqueño, bosque ribereño —el llamado cordón ecológico— y bosque cerrado. Todo un mosaico que alberga una fauna que la ciudad —por fortuna— no logró expulsar del todo.

Ese rol no es solo simbólico. Como depredadoras de roedores, las serpientes cumplen una función de control biológico que beneficia directamente a los vecinos que les temen. El hecho que haya menos roedores significa menos plagas y menos transmisión de enfermedades asociadas a ellos, por ejemplo. Matarlas, insiste Galvez, no elimina un riesgo: elimina a un regulador natural que la ciudad no tiene forma de reemplazar.

El problema real es que el espacio donde pueden vivir sin cruzarse con una persona se reduce cada año, y de forma desordenada. “En las zonas alejadas, que es obviamente una expansión urbana muy descontrolada, dejan parches de bosque vacío y después construyen”. Estos animales resisten un tiempo en esos remanentes de monte —no son seres que se quedan quietos, migran según la disponibilidad de presas o la época del año— hasta que la intervención, la acumulación de escombros o los incendios las obligan a salir. Ahí es cuando terminan atropelladas, encuentran a alguien que las mata por miedo, o quedan atrapadas en obras y basurales. “Las serpientes forman parte del grupo más amenazado de Bolivia y también de la ciudad”, resume Gálvez, citando el consenso de los biólogos con los que coordina. Cada individuo muerto, agrega, es una pérdida que el poco monte que queda ya no puede reponer con facilidad.

Tres venenosas, tres amenazadas y hallazgos inusuales

Del listado de 20 especies que el biólogo ha sistematizado en sus cinco años de trabajo de rescate, solo tres son venenosas. La más frecuente es la yope (Bothrops diporus), seguida por la Cascabel chonono ( Crotalus durissus terrificus) —en la zona de Los Lotes— y la coral verdadera (Micrurus lemniscatus), rescatada con frecuencia en el Urubó, pero con varios registros de apariciones en Satélite Norte, Valle Sánchez y del séptimo anillo hacia adelante.

Entre las no venenosas, las más comunes en las tareas de rescate son la culebra curichera (Erythrolamprus poecilogyrus), la culebra caracolera (Dipsas turgida) y la falsa coral (Xenodon pulcher), esta última confundida a menudo con la coral verdadera pese a no representar peligro para las personas. Coincidentemente, la Xenodon pulcher es una de las tres especies del municipio catalogadas como «Casi Amenazada» (NT) en el Libro Rojo de Vertebrados de Bolivia, junto a otra variedad de falsa coral (Phalotris tricolor) y al pavilo (Thamnodynastes pallidus).

A este panorama urbano se sumaron tres hallazgos que Gálvez describe como “muy inusuales”: una culebra chaqueña (Erythrolamprus albertguentheri) rescatada en tres oportunidades en el sexto anillo de la avenida Piraí y en la zona de Vallecito; una pequeña culebra cabeza negra (Tantilla melanocephala); y un ejemplar de Apostolepis nigroterminata —una especie de hábitos subterráneos— que apareció en el patio de una vivienda junto a una obra en construcción. “Parece que ha estado aguantando las construcciones hasta que se vio afectada y terminó saliendo”, explica sobre este último caso, cuya presencia sirve clave para la investigación científica futura sobre la adaptación de la fauna en la ciudad.

Qué hacer si aparece una serpiente, en lugar de matarla

El llamado de Galvez es concreto. Ante una serpiente, la reacción que salva tanto a la persona como al animal no es el machete, es la distancia y el aviso a tiempo. Su protocolo es simple. Pide que lo llamen directo al número +59176848228, sin importar la hora. Luego, que le describan brevemente el patrón de la piel de la serpiente y, finalmente, que envíen la ubicación exacta, manteniendo entre dos y tres metros de distancia mientras él llega. Con ese método, logró un índice de rescate exitoso cercano al cien por ciento en los últimos dos años, sin que nadie resulte herido y sin que el individuo termine muerto.

Cuando de todas formas encuentra ejemplares ya sin vida, los recolecta como material científico para museos y laboratorios universitarios de la ciudad, y aprovecha el momento para desmontar mitos frecuentes con quien llamó. Por ejemplo, decir que una culebra “pica con la cola” o “escupe veneno”, lo cual es falso: “La serpiente no ataca, se defiende”, insiste.

Al principio de su trabajo, calcula, llegaba a recibir hasta 30 avisos mensuales de personas que ya las habían matado antes de preguntar. Actualmente, ese comportamiento retrocedió, pero el trasfondo del problema —la pérdida de hábitat— sigue intacto y es la verdadera urgencia.

Todo el trabajo lo autofinancia. “No cobro, no pido colaboración. Sigo haciendo esto por compromiso mío”, dice Galvez, quien este año se propone formalizar una personalidad jurídica para su labor, tal como le recomendaron autoridades de la Dirección de Recursos Naturales y Medio Ambiente (Direna), dependiente de la Gobernación de Santa Cruz, con quienes mantiene una relación de coordinación.

La Fundación Jausi

En el Día Mundial de la Serpiente Fundación Jausi organizó una actividad para que la población conozca sobre las serpientes y su importancia.

Junto a los biólogos Vianca Céspedes, Diego Duarte, Candy Schlief y Cristhian Rojas, Luis Galvez integra la Fundación Jausi, denominada así por una lagartija muy común en la ciudad. El nombre fue elegido a propósito para acercarse a la población sin tecnicismos. “Si hablamos técnicamente, nadie nos va a dar bola”, explica.

Cada año, coincidiendo con el Día Mundial de la Serpiente que se conmemora el 16 de julio; organizan la feria “Serpientes de aquí nomás”, que este año se realizó en el Bioparque Hacienda Kandire y convocó a más de 800 personas. Galvez también dicta charlas recurrentes en universidades, capacita a bomberos forestales y de rescate urbano en el manejo de encuentros con serpientes. Para este año publicará una guía de bolsillo, que será de acceso libre por código QR, con un protocolo de qué hacer si alguien encuentra una serpiente en casa.

El equipo de la Fundación Jausi: Cristhian Rojas, Vianca Céspedes, Candy Schlief, Diego Duarte y Luis Galvez.

Además, hace dos semanas, en alianza con Kandire, la fundación instaló la primera señalética de “cruce de serpientes” en la zona, una medida que ya inspiró a dos condominios vecinos a la hacienda a replicarla, para reducir los atropellos de fauna.

Son gestos pequeños frente a un proceso que no se detiene. La ciudad sigue creciendo sobre los últimos parches de monte, y cada uno de ellos es, todavía, el hogar de alguna de las 20 especies que Gálvez ha logrado documentar. Protegerlas, insiste, no depende de un biólogo con un número de teléfono, sino de que cada persona que se cruce con uno de estos animales, entienda que no está frente a una amenaza que hay que eliminar, sino frente a una vecina silenciosa cuya sola presencia todavía dice algo bueno de esta ciudad.

Estas son algunas de las especies registradas por Galvez en los últimos años: