
Santusa Cutipa Cutipa nació en una comunidad indígena quechua llamada Suatia, en Puno, al sureste de Perú. Tiene 60 años y hace más de cuatro décadas se dedica a la preservación y trasmisión de sabiduría a través del tejido textil en telar plano, que en su idioma originario significa Pampa Away o telar de cintura.
Se trata de una de las expresiones culturales más representativas de las comunidades altoandinas de esta región contigua al lago Titicaca, porque conserva la herencia cultural y la memoria colectiva de todo un pueblo.
Santusa es hija de Filiberta Cutipa. No lee ni escribe, pero conoce a la perfección el arte de tejer.

“Mi abuelita me enseñó la primera vez a tejer un huatito (similar a una cinta delgada). Se llamaba pampapilliwi. Luego me enseñó mi mamá: aguayos (tejido rectangular andino), wayaqa (bolsa tejida de alpaca para llevar comida). Me dijo: ‘esto vas a aprender, esto va a ser tu herencia’. Ella no sabía ni leer ni escribir, pero sus tejidos eran de calidad”, cuenta Santusa.
El 26 de julio es día de Santa Ana en Perú, a quien se considera la imagen de las tejedoras. Cuentan que se ese día —en un solo día— se debe terminar un tejido para considerarse una buena tejedora. Y Santusa lo hizo.
La herencia de la sabiduría

Santusa se convirtió en heredera de un valioso conocimiento, consciente de la importancia de conservar un legado cultural. Hoy en día, ese saber es transmitido a mujeres, jóvenes y niñas de su comunidad.
“A los 16, 17 años ya hacía lliclla y bolsos con diseño, para llevar mis cuadernos al colegio. También aprendí a tejer frazadas”, relata.
A finales de la década de 1980, participó en el Programa Nacional de Alfabetización y Educación para Adultos. En una época en que muchas mujeres enfrentaban dificultades para acceder a la educación por prejuicios y machismos, Santusa encontró en el tejido una herramienta para enseñar otros saberes.
“En 1987 me presenté con un certificado de estudios y empecé a trabajar a los 20 años enseñando tejidos”, recuerda.
Actualmente, continúa formando a nuevas generaciones. Para ella, el conocimiento es colectivo y solo trasciende cuando se comparte. Dentro de la cosmovisión andina, el sentido de comunidad y memoria colectiva se transmite a través de los años. Siempre existen los yachaq o guías cuyo principal trabajo es la enseñanza.
De los premios al reconocimiento
En Perú, existen espacios de reconocimiento para artistas con trayectoria como la de Santusa. Ellas pasan por una evaluación rigurosa de su experiencia y el trabajo que realizan.
Un ejemplo es el “Concurso de arte peruano Michell y CIA”. Michell es una empresa procesadora de alpaca, que anualmente lanza una convocatoria para promover el trabajo de artistas peruanos. En el sector público, hay ministerios o direcciones que entregan el título de “maestra regional de la artesanía de Puno”. Este concurso se realiza en las 24 regiones que tiene el país. Otro reconocimiento es la “Medalla Joaquin Lopez Antay”, para la “Mujer de la artesanía peruana”. Santusa ha ganado todos estos emblemas; el único que le falta —dice— es el de “Amauta de la artesanía peruana”.
“Yo quiero alcanzar al reconocimiento de Amauta nacional. Cada zona, cada pueblo tiene su propia iconografía y mi preocupación es que ya no se trabaje de manera tradicional. Eso quiero defender”, anhela Santusa.
Su preocupación no es menor. Cuanto menos personas sepan del tejido, este irá desapareciendo. Y el lenguaje, la historia, la esencia de la individualidad se perderá por la existencia de máquinas tejedoras que procesan formas y puntos, como si se tratara de una industria común.
Por lo pronto, el rescate de iconografías sigue intacto en su mente y corazón. Su conocimiento le ha permitido dar educación superior a sus dos hijos, siendo los primeros del linaje familiar en alcanzar este grado de instrucción.
En un mundo donde las actividades cotidianas están estructuralmente asignadas por el género —el hombre trabaja muchas veces fuera de casa y las mujeres se dedican al cuidado y crianza de los hijos— en la casa de Santusa, ocurría lo contrario. Quien cocinaba y preparaba exquisitos platillos era Sebastián, el papá. Él iba a las reuniones de la escuela y se encargaba de las labores del hogar. Ella, en cambio, les inculcaba a sus hijos el tejido como parte del aprendizaje de la vida.
Soy Nely, orgullosa hija de Santusa, la maestra tejedora que cultiva y conserva nuestros saberes como una forma de resistencia.

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