Pirámide de Akapana en Tiwanaku. Foto. Doly Leytón Arnez

Por la pequeña y fría habitación, apenas entran unos rayos de sol mezquinos. Parece una morgue. Paredes de cerámica, piso del mismo material. En los mesones níveos, pequeños retazos de huesos esparcidos como piezas de rompecabezas. Y bolsas, varias bolsas enumeradas con más huesos. Cráneos, dientes, mandíbulas, fémures. Restos óseos de niños y adolescentes; también los de un bebé. El cuarto -ubicado cerca del museo de Tiwanaku, la antigua ciudad arqueológica, a 60 kilómetros de La Paz- es discreto. Aquí el ingreso es restringido. No solo por bioseguridad frente a la pandemia, sino porque un equipo de tesistas y estudiantes de Arqueología trabaja en una investigación sobre sacrificios humanos.

En los mesones, los huesos esparcidos, para reconstruir partes óseas completas, con el uso de un químico.

Es la tarde de un sábado de mayo y a la sombra el sol altiplánico no calienta. En la habitación, Claudia Altamirano -tesista de la carrera de Arqueología de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz- dirige al equipo conformado por seis compañeros suyos. Cada uno trabaja concentrado. Dibuja huesos, los examina con una lupa, anota hallazgos.

“Mi hipótesis es que sigue habiendo estas prácticas (sacrificios) con niños. Si bien no está científicamente comprobado, son cosas que se saben. Yo planteo que hay un patrón de continuidad (de estos rituales), que son elementos que empezaron tiempo atrás y se siguen manteniendo. Eso es lo que estoy tratando de demostrar”, dice. Psicóloga como primera profesión, ha trabajado con temas de violencia, por eso le interesó este tema.

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Entre 1988 y 1989, la arqueóloga Linda Manzanilla lideró excavaciones en la pirámide de Akapana, en cuya cima se encontraron restos óseos de 19 individuos, entre niños, adolescentes y una mujer joven con un bebé en el vientre.

El templo -194 metros de largo y 182 de ancho, con un perímetro de 800 metros y una altura de 18 metros- tiene habitaciones en ambos lados y un callejón subterráneo, como los famosos pasajes secretos de las iglesias coloniales. “Precisamente por este pasaje se llegaba a dichas habitaciones”, dice el arqueólogo Luis Callisaya. En uno de los cuartos estaban los huesos.

Las piezas datan de 400 a 900 años DC, por lo que hay varias hipótesis respecto a su muerte. Una de las más sostenibles tiene que ver con sacrificios humanos.

Con la precisión de un relojero, los investigadores toman medidas, observan y clasifican los restos.

Los expertos mencionan tres momentos importantes en la época, que coinciden con una sequía muy fuerte que azotó la zona.

Frente a esto, lo primero que se ofreció a los dioses fueron plantas tropicales traídas hasta Tiwanaku desde la región amazónica. El hallazgo de semillas de frutos de una especie de palmera le da sustento a esta aseveración.

Como esto no dio resultado, en un segundo momento se sacrificaron 40 llamas y alpacas. Este detalle llama la atención, porque en las minas de Bolivia se suele sacrificar auquénidos, pero no en tal cantidad. Los restos de auquénidos hallados y estudiados dan cuenta que en este sacrificio se mató a los animales en el mismo instante.

Tal parece que esto tampoco dio el resultado esperado y como la sequía seguía latente, “ante la desesperación de la gente”, se procedió con un sacrificio humano.

“Los sacrificios humanos en Sudamérica no se pueden calificar como tales, en este caso se llaman sacro oficio, porque esa persona está consciente que va a morir por una buena causa. A diferencia de sacrificios hostiles de Centroamérica, donde se agarraba a prisioneros de guerra y se los decapitaba, en Tiwanaku es muy raro encontrar sacrificios humanos. Este es uno de los pocos”, asegura Callisaya.

La arqueóloga Déborah Bloom publicó dos investigaciones sobre estos restos, en 2003 y 2016. En ellas ya reveló que los huesos pertenecían a personas de entre 16 a 19 años. Una de las mujeres tenía un bebé en el vientre. Sobre descubrimientos similares, entre los años 1000 y 1100 después de Cristo, en la región costeña de Lambayeque (Perú) se descubrieron más de 130 niños sacrificados. Pero aquí se sacrificaron también adolescentes y jóvenes. ¿Cuál la finalidad?

Ante el fracaso del sacrificio con frutas tropicales y llamas, el último intento fue sacrificar humanos, pero no cualquier persona. “Se cree que (los sacrificados) eran parte de la jerarquía tiwanacota. Los jóvenes tenían en su mente ir a pedir lluvias a las divinidades”, dice Callisaya.

¿Pero cómo podía llegar ese mensaje?

En la cosmovisión andina, los animales de la naturaleza son el zorro, las águilas. Los de los humanos son los perros, gallinas, llamas. En ese momento tan crítico, “seguro hubo convulsión social”. Entonces se hicieron sacrificios humanos y los cuerpos fueron dejados al descubierto, para que los animales silvestres se alimenten. Así llevarían el mensaje a los dioses, para pedir la lluvia. Por eso, cuando se descubrió los restos, estos habían sido “cortados y sus restos roídos”.

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El equipo de Claudia Altamirano está conformado por estudiantes de la UMSA. Además de ella, quien defenderá su tesis sobre este tema, está Concepción Chura, egresada de Arqueología; José Mercado Vargas, estudiante de la misma carrera; Janeth Ramos, también egresada de Arqueología; Ana Canaviri, egresada de Antropología, Henry Conde, tesista de Arqueología.

Todos ellos cursan su segunda profesión, por lo que fueron seleccionados tras la publicación de una convocatoria. Cada sábado, todos se reúnen para trabajar durante varias horas. Entre semana, se turnan los jueves y viernes, de manera que puedan realizar otras actividades.

La labor consiste en abrir las bolsas, extraer los huesos cuidadosamente, analizarlos con una lupa para distinguir los cortes, tomar fotos desde diferentes ángulos, dibujar cada pieza y tomar medidas. Luego devolverlos con la delicadeza con la que se toma un objeto muy frágil.

El tamaño de los huesos permite asegurar que se trata de niños y adolescentes. Además, que tienen rastros de violencia.

“Este material es sumamente delicado, por eso necesitamos trabajar en cajas y con polietileno para que el hueso no sufra ningún daño. Trabajamos los óseos, los volvemos a embalar de forma delicada y lo devolvemos a la institución”, cuenta Altamirano en alusión a que las piezas son del Centro de Investigaciones Arqueológias Antropológicas y Administración de Tiwanaku (CIAAAT).

Los estudios se estos jóvenes se basan en osteometría, una técnica que les permite medir cada pieza con precisión matemática. A la vez consultan manuales para estimar la edad de los individuos. Por eso pueden afirmar que todos los restos pertenecen a personas no adultas. Pero, lo más importante e inédito: corroborar que “hubo violencia antes o durante la muerte”.

Antes de enfrentar este reto, Altamirano trabajó desde la psicología en temas de violencia. Bajo esa perspectiva, ve patrones culturales que se repiten desde épocas ancestrales en los sacrificios humanos a los dioses o capacochas, como se conocía a estos rituales en el incario. “Ahora los llamaríamos infanticidios”, dice.

La mandíbula reconstruida de un niño; debajo, el dibujo de la pieza para el registro.

Si bien la investigación empezó el año pasado, en marzo arrancó el trabajo de campo. Se prevé entregar los informes hasta finales de este mes o en julio, dependiendo el ritmo marcado por la pademia.

Hasta el momento los hallazgos permiten corroborar el tema de los sacrificios, pero también que hubo descuartizamientos, porque se encontró evidencia de miembros dispersos. “Linda Manzanilla, una de las autoras de los estudios, dice que si bien los congelaban, les hacían tomar chicha y otras bebidas, los niños morían por hipotermia. Después los descuartizaban”.

En ese contexto, la hipótesis es que este tipo de prácticas con infantes se siguen dando. “Está la desaparición de niños que la Felcc puede corroborar”, advierte la experta.

Mientras Claudia explica, su compañera Ana Canaviri muestra la reconstrucción de un cráneo fragmentado. Unir las piezas es como armar un rompecabezas. Se debe encontrar coincidencias y, una vez hay certeza de que es la parte exacta, se usa un químico para pegar.

Y así sucede con cada resto. A los investigadores les interesa encontrar marcas que indican los signos de violencia, pero además determinar edades de los individuos.

Chura muestra uno de los retazos, tan pequeño que se trataría de un niño de no más de diez años.

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Esta tarde de mayo, tras dar a conocer su trabajo, el equipo vuelve a concentrarse en los huesos. Mientras, alrededor un paisaje amarillo -homogéneo- contrasta con el azul intenso de un cielo con pocas nubes. Desde el laboratorio se alcanza a ver la pirámide de Akapana, orientada al este, alineada con la montaña del Illimani. En la cima, lugar donde estaba la habitación del jerarca más importante, se cree que un día se asesinó a 19 niños y jóvenes,para que los dioses -por fin- hicieran caer gotas de lluvia.

El equipo de investigadores, al mando de Claudia Altamirano, en la puerta del laboratorio.

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La explicación arqueológica

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