En la fotografía en blanco y negro, una multitud despide desde tierra a un gran barco, en cuyo interior hay gente de ojos rasgados. Hombres, mujeres, niños. Sonrisas forzadas, rostros serios. Desde el puerto miran con nostalgia a la máquina a vapor. Quizá, angustia: ¿qué deparará América para quienes dejan su terruño?

Al término de la Segunda Guerra Mundial -1945- la isla de Okinawa, al sur de Japón, quedó en manos de tropas estadounidenses que la convirtieron en base militar. De hecho, el territorio ya ni siquiera pertenecía a ese país, lo que obligó a muchos de sus habitantes a buscar oportunidades al otro lado del mundo.

Sudamérica por entonces era el destino elegido para muchas familias que necesitaban tierras para trabajar y establecerse. Brasil, Argentina, Paraguay y Bolivia eran algunas de las opciones. Por eso, cuando en 1952, en Bolivia se gestó la Revolución Agraria, el gobierno de Víctor Paz Estenssoro aceptó recibir a colonias extranjeras, entre ellas menonitas y japoneses.

Partieron en varias embarcaciones, con la esperanza de establecerse en Sudamérica.

Fue así que el 15 de agosto de 1954 arribaron al norte de Santa Cruz, alrededor de tres mil asiáticos, procedentes de Okinawa. La travesía fue larga: 54 días en barco hasta Río de Janeiro y luego Santos, en Brasil. De ahí viajaron en tren otros siete días para llegar a Puerto Pailas y cruzaron el río en canoas, porque no existía el actual puente que une a ese municipio con Pailón. Las familias niponas llegaron a Santa Cruz de la Sierra para hacer sus trámites y volvieron a emprender viaje hasta llegar a una zona llamada Uruma. Allí les distribuyeron tierras, pero tras la muerte de 15 personas en diez meses a consecuencia de un virus, decidieron buscar otro lugar para asentarse.

Palometilla, cerca a la colonia San Juan, donde ya había japoneses procedentes de Nagashima, Nagasaki, Fukuoka e Hiroshima; fue el segundo punto donde los okinawenses intentaron iniciar su nueva vida. El problema fue que allí la tierra no era suficiente para los recién llegados. Dos años después, finalmente, se quedaron en lo que hoy es la colonia de Okinawa.


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Las herramientas que usaron una vez que lograron que Okinawa sea reconocida como parte de Japón.

Toda esta historia, con pormenores escritos en japonés, imágenes y objetos que usaron en su momento los primeros inmigrantes, ahora forman parte de un museo. Por las evidencias, es difícil imaginar que los primeros siete años fueron muy duros para estas familias, ya que allí hay instrumentos con los que empezaron a labrar la tierra, ollas gigantes en las que se bañaban e incluso la ropa que lucían los pioneros.

De aquella generación apenas quedan uno o dos representantes y sus hijos -que eran bebés cuando arribaron- ahora tienen más de 80 años. Sin embargo, la mayoría se fue a Brasil y Argentina. En el lugar solo viven alrededor de 300 familias de descendientes, como 900 personas.

Turismo, la apuesta

En el museo se puede ver imágenes de cómo era Santa Cruz en la época que llegaron los migrantes.

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Pese a ese bajo porcentaje de población -menos del 10 por ciento del total de habitantes del municipio de Okinawa: 14 mil- la influencia de la cultura nipona es evidente por donde se recorre. Pero, además, la fusión con la cultura boliviana, especialmente de occidente, por la inmigración interna que hubo casi a la par que la japonesa; ahora se forja como una nueva ruta turística.

La idea es que, durante un día, el visitante pueda vivir y conocer un pedacito de Okinawa mediante los hijos y nietos de los primeros pobladores. Ubicado a 70 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra, este municipio ofrece la posibilidad de degustar la gastronomía del país asiático, así como visitar el museo y -por qué no- conocer las danzas típicas y las actividades que desarrollan los niños en las escuelas.

Parte de la riqueza de la visita está en compartir con los hijos de los migrantes sus tradiciones culinarias, como la preparación de mandyu.

Esto último ha resultado una experiencia sinigual, ya que los estudiantes pasan clases en las mañanas y en la tarde tienen la oportunidad de aprender el idioma, entre otras costumbres del país de sus abuelos. En las casas, todavía se mantiene la tradición de hablar en su lengua originaria.



Un futuro promisorio

La estatua de una familia que llegó a este territorio en la década del 50 da la bienvenida al Museo de Historia.

Actualmente, Okinawa produce uno de los mejores arroces del país, así como trigo. Pero también tiene fábricas de fideos, chancaca que se exporta y emprendimientos que muestran el fruto del trabajo de los primeros okinawenses. Más allá de esa gran economía, están las emprendedoras como Haruna Shingaki (cuyo nombre significa Primavera), que aprendieron textilería y ahora combinan telas de aguayo del altiplano con telas japonesas para hacer carteras, entre otras piezas.

Los niños y jóvenes también pueden compartir su sapiencia en el origami y hay quienes venden verdaderas obras de arte con retazos de papel a precios que no compensan tal esfuerzo.

Los estudiantes aprenden a hacer origami desde muy pequeños en sus casas. Tienen libros y una habilidad sorprendente en las manos.

Todo esto se encuentra actualmente a consideración de operadores de turismo, que deben elaborar paquetes atractivos. Empero, quienes quieran visitar este municipio antes, bien valdrá la pena hacerlo. Y, con el debido cuidado de bioseguridad, si tiene suerte, se encontrará con algún miembro de la Asociación de personas de tercera edad, que se reúnen a jugar un deporte típico llamado gateball, que consiste en embocar pelotas en pequeños arcos. En medio de ello, de seguro le contarán anécdotas e historias de aquella travesía que empezó en un barco, que zarpó en Bolivia.

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