Elvira ha dedicado sus estudios a las diferentes manifestaciones del arte desde su origen, en las comunidades originarias.

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Rocío Lloret Céspedes

Cuando era niña le gustaba sentarse a escuchar a sus abuelos, narradores por excelencia. Allá, en el ayllu Qaqachaca -al sur de Oruro- aprendió en aymara aquellos conocimientos que para la cultura occidental son empíricos o no considerados por la ciencia. Pero para quienes los heredan, esos saberes se transforman en textiles matemáticamente perfectos, en calendarios precisos para la agricultura, en melodías que emulan el canto de los pájaros, en oídos finos para escuchar y entender a la naturaleza.

Elvira Espejo Ayca (39) creció entre cerros y pastoreo. Dominaba su lugar de origen y su forma de vida. Salir a los 15 años hacia la ciudad fue un golpe duro.

“Tienes que vestir de pantalón y vestido, porque si no, nadie te va a respetar –decían- dentro de mí yo sabía que no pensabas con la ropa”.

Ese proceso, de enfrentar un mundo diferente al que se vio en la niñez, aceptar una educación que plantea una verdad y no acepta otras posibilidades, es –quizá- la ruptura más grande que enfrentan los jóvenes que llegan a las ciudades en busca de nuevos horizontes.

En el caso de Elvira –artista, poeta, tejedora, narradora de la tradición oral, documentalista, intérprete de música tradicional y directora del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef)- eso era algo que no podía permitirse. Ella quería entender el mundo, comprender cómo funciona. Volver a su comunidad con la respuesta a la pregunta que le lanzaron al partir: ¿para qué se estudia? O, mejor, si vas a volver al pueblo como nosotros, ¿de qué sirve?

Y se ha pasado las últimas décadas trabajando en esa respuesta. Con libros, viajes por comunidades aymaras y quechuas para conocer a fondo el arte de los textiles, la cerámica; con el perfeccionamiento en lingüística aymara junto al maestro Juan de Dios Yapita, para entender la lógica de la cultura.

Todo aquello para contrapesar el conocimiento de las aulas con el que transmite la gente desde su lugar de origen. Estudió Arte en la Academia de Bellas Artes Hernando Siles de La Paz, pero fue ahí donde supo qué percepción tiene el otro sobre lo que no conoce. Un día en una clase un docente dijo: “en Los Andes no hay arte, hay arquitectura”.

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Tender puentes

Tejedora por excelencia, demostró que quienes practican este arte no solo se basan en figuras, sino en conocimientos matemáticos.

El martes 28 se anunció que Elvira Espejo Ayca recibirá la Medalla Goethe 2020, junto al escritor británico Ian McEwan y a la escritora, editora y curadora sudafricana Zuwiska Wanner. Esta condecoración oficial de la República Federal de Alemania es otorgada cada año por el Goethe-Institut “a personalidades que se destacan por su labor y compromiso con el intercambio cultural internacional”, dice el comunicado de prensa.

La comisión honra a la Espejo como una “verdadera constructora de puentes que realiza una valiosa labor de mediación cultural entre América Latina y Europa, entre la Bolivia moderna y su pasado colonial, entre sus propias tradiciones indígenas y otras culturas, entre las disciplinas artísticas y las generaciones”.

Aunque en su carrera ha sumado varios reconocimientos, este es el más importante tanto para ella, como para el país, ya que en más de 60 años, es la primera vez que se otorga a alguien de Bolivia. “Es a nombre de mi pueblo, mi comunidad y todos los que hablan lenguas originarias en diferentes comunidades y pueblos de Latinoamérica”, dice al respecto.

Un trabajo constante

En 2013, Elvira fue nombrada directora del Musef, desde donde ha trabajado en diferentes líneas educativas. Fruto de ello son catálogos de 500 páginas sobre textiles, cerámicas, metalurgia y otros artes de la cultura andina. Estos se hicieron luego de recopilar saberes ancestrales en los mismos lugares de origen.

Su idea es que, algún día, estos conocimientos vayan a la par de la educación convencional que se enseña en las aulas, como sucede en países como India donde incluso hay doctorados en la textilería típica del país. Mientras tanto, en el museo paceño ubicado en la esquina de las calles Ingavi y Genaro Sanjinés, existen dos programas que permiten a los más pequeños oír narraciones sobre estas colecciones y al público juvenil reforzar la primera línea desde las regiones.

Con todo lo que hace –viajes, exposiciones, nuevos proyectos- pareciera que Elvira es incansable o que continúa respondiendo con creces aquel desafío que le hicieran al salir de su ayllu: ¿para que se estudia?

Pero sí, en algún momento se cansa, se siente derrotada. Entonces –como fue desde su niñez- vuelve siempre a sus cerros. A caminar, tomar aire fresco, respirar el viento que corre en el altiplano, a escuchar ese universo.

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