Las pozas de agua cristalina son el deleite para los turistas. Foto: Doly Leytón Arnez

El camino a Villa Amboró es una maraña de senderos de arena en medio de un bosque tupido. Cuando llueve, el vehículo de doble tracción se zarandea como si a su paso moldeara un bateón profundo. Para llegar se cruza arroyos y el caudaloso Surutú -a veces- con el agua dentro del coche. Quienes viven en esta zona, saben que en época húmeda deben salir a esperar a los viajeros. Para ello se sumergen hasta casi la mitad del río palpando con los pies las zonas menos gredosas y marcando las rocosas con largas cañas silvestres. Una vez en el lugar, todo habrá valido la pena.

Villa Amboró es hoy una comunidad de 47 familias. Está en el sector norte del Área Natural de Manejo Integrado /ANMI) del Parque Nacional Amboró, a 150 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra. Se puede ingresar por el municipio de Buena Vista y ahora también por Porongo. En ambos casos, los caminos son inaccesibles cuando llueve intensamente.

En el pueblo hay una escuela secundaria, una cancha de fútbol, caballos sueltos que trotan libres de un lado a otro, niños y jóvenes mirando televisión un sábado por la tarde, parabas militares que vuelan y a su paso dejan escuchar su parloteo. En los alrededores, están las casas con patios amplios de tierra, perros flacos y gallinas gordas. Casi en el monte, terrenos de campesinos cuyos padres llegaron allá por los años 70, procedentes de Chuquisaca y Potosí principalmente, aunque con los años se sumaron cochabambinos y paceños.

  • Los lugares donde nacimos no tenían condiciones. Yo llegué de Chuquisaca, donde mi padre tenía cinco hectáreas de tierra. Un día supimos que aquí se podía tener más. Primero vino mi padre, después nos trajo a todos. Nos gustó el lugar, tan bonito, los ríos para bañarse, peces. Una maravilla. No había clases, pero teníamos maestro particular. Ahí conocí a Esteban, Hugo, por eso ahora que estamos de edad, somos como hermanos.

Pablo Mamani Huanca es el actual presidente de Turismo de Villa Amboró. De rostro redondo y sonrisa amplia, cuenta que los primeros habitantes abrieron los caminos.

Al principio, la actividad agrícola -papa, hortalizas, arroz, yuca- era fundamental en la zona. Eso implicaba que, en determinada época, había que hacer “chaqueos” o quemas para limpiar los terrenos. El riesgo era que un fuerte viento propagara las llamas y estas ingresaran al bosque, provocando incendios forestales.

En 1984, cuando se creó el Parque Nacional y ANMI Amboró, lo primero que se pidió fue el traslado de la comunidad.

Esteban Álvarez, secretario de Conflictos y Viabilidad, del sindicato de Villa Amboró, ve en ese conflicto el nacimiento de lo que años más tarde -en los años 90- se convertiría en uno de los primeros proyectos de turismo comunitario de un área protegida en Bolivia.

  • Nos querían sacar, porque nos decían depredadores. No nos dejaban ni meter al río nuestro ganado. Nos ofrecían llevarnos a otro lugar, pero no quisimos movernos. De ahí vimos que entraban extranjeros a pasear (a las cascadas y otros atractivos naturales).

De la adversidad nace un proyecto

Rosa Virginia Suárez, coordinadora general de Probioma -una oenegé especializada en agroecología, manejo de biodiversidad e impulsora de ecoturismo- recuerda que conoció a los comunarios de Villa Amboró en torno a ese problema.

En los años 90, el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997) tenía interés de privatizar las áreas protegidas, dice. La situación provocó preocupación y susceptibilidad en las comunidades campesinas, lo cual llevó a separar el área de protección estricta de la de manejo integrado.

  • Eso ocurrió en todos los parques nacionales. Villa Amboró era una comunidad de migrantes andinos, la mayoría de Chuquisaca, que se asentó al interior del Parque Amboró. Su actividad agrícola era a pequeña escala, pero ante la amenaza de privatización, surgió una contrapropuesta: trabajar junto con el Estado, en este caso el Sernap (Servicio Nacional de Áreas Protegidas), pero necesitaban gestionar el recurso natural-, dice Suárez.

La zona donde estaban estas personas ya era famosa por la cercanía con Macuñucú, una cascada natural escondida en medio de monte. Entonces, surgió la idea de empezar una iniciativa ecoturismo comunitario, administrada por la gente; no así por ningún gobierno ni por agencias de turismo.

  • Fue una manera de introducirlos en la importancia de la biodiversidad, no solo para el país sino para el mundo. Les hablamos de cómo conservar, respetar, cuidar la naturaleza. También, cómo esos recursos podían beneficiarlos y complementar sus ingresos de agricultura con ecoturismo.

Esteban dice que los empezaron a concienciar, pero para la comunidad había otro problema: dinero. Probioma ofreció un fondo prestado de tres mil dólares, que al final se convirtió en fondo perdido. “Eso lo invertimos en material. La mano de obra, lo pusimos todos”, comenta Esteban.

Durante diez años (1996 – 2006) la oenegé capacitó a la gente en guiado, nociones de ecología, características de la naturaleza. A la par se impartió atención al cliente. Un reto aparte -asegura Suárez- considerando que, en ese momento, en Villa Amboró no había luz, agua en domicilio, servicios ni acceso a salud. “Lo más cercano era Buena Vista, que está a dos horas de distancia en vehículo, cruzando el río Surutú y el río Ichilo. Vivían en total aislamiento”.

Pero en 1997 el esfuerzo dio sus frutos. Se inauguró el Ecoalbergue Villa Amboró: un conjunto de cabañas confortables con techo de palmera, baños amplios, tachos para basura orgánica e inorgánica, cocina a leña y espacio ideal para observar el riachuelo que pasa cerca, así como para practicar algún juego al aire libre.

Visitantes asiáticos, europeos, norteamericanos y connacionales empezaron a llegar de todas partes a conocer este pequeño paraíso escondido. Con los ingresos que dejaban se pudo instalar una tubería para que el agua llegue a los vecinos y ya no tengan que ir a los paúros (poza de agua de vertiente natural) o ríos a sacarla. También se invertía en educación, salud y deportes, enumera Mario Bejarano, presidente de la junta escolar.

En un par de gastados libros de registro de visitantes que pasaron por aquí todos estos años, se lee comentarios muy favorables. La mayoría resalta el buen trato; otros, sugieren “que no llegue la luz eléctrica para mantener la esencia del ecoturismo”.

Con todos estos logros, Probioma vio que el emprendimiento caminaba solo, así que decidió retirarse en 2006.

Hugo Rojas, vicepresidente de Turismo, asegura que la gente entendió que el tema iba más allá.

  • Nuestro interés nunca fue solo recabar fondos, sino dejar este sitio como herencia para nuestros hijos. Sabemos que, si lo cuidamos, puede durar años. A las cascadas no les van a llegar epidemias, las piscinas (naturales), se van a mantener. Usted no va a ver basura en cualquier parte, porque el fin es cuidar el medio ambiente, educar a nuestros hijos en el cuidado del medio ambiente. Este es el pulmón de Santa Cruz.

El implacable paso del tiempo

Desde hace más de un año las cabañas del ecoalbergue están cerradas. Las palmas de los techos cumplieron su vida útil y el cierre obligado por la pandemia de Covid-19, hizo que alimañas como roedores desgastaran otras partes.

Esperanzados en reactivar el turismo, este año los dirigentes viajaron a La Paz para solicitar apoyo al Viceministerio del área, pero les respondieron que no había presupuesto. Lorenza Tenorio, actual secretaria general del sindicato y máxima autoridad comunal, ve también falta de interés de parte de la Alcaldía de Buena Vista.

Paceña de nacimiento, esta mujer de porte alto, manos gruesas y polleras anchas, dice que el coronavirus mermó los ingresos por ecoturismo y tampoco se puede gestionar obras.

  • Los accesos camineros no son como deben ser. Aquí uno tiene que producir para comer y sacar a vender, pero si no hay caminos, no hay cómo hacerlo-, lamenta.

La visita de turistas genera diez empleos directos, porque se destina a una cocinera, guías y todo un equipo de comunarios que se encargan que los visitantes se sientan a gusto, y se relajen. De manera indirecta, se compra queso, leche, pollo, yuca, frutas y otros productos de otros vecinos, para la alimentación de los huéspedes.

Además, actualmente en Villa Amboró se produce café, cítricos y variedades de plátanos para llevar a la ciudad; los mismos que también se ofrecen a las personas que llegan a recorrer el lugar.

Marcos Rojas Rodríguez, por ejemplo, asegura que la producción de su cafetal se vende en La Paz con éxito. También tiene plantaciones de cítricos y un injerto llamado “naranja de siete sabores”.

Por eso los lugareños insisten en que no necesitan “un montón de dinero”, sino lo necesario para reparar los techos. Su sistema de organización social es tan eficiente, que pese a provenir de distintas culturas (quechua y aymara principalmente), han logrado que cada quien conozca las obligaciones para con su comunidad.

  • Este recurso que tenemos (el área protegida) es nuestra responsabilidad, pero también debería ser responsabilidad del país. Los visitantes que vienen, no solo dejan un aporte a la comunidad, sino al medio ambiente. Porque tener esto (el emprendimiento) no nos permite seguir chaqueando para sembrar arroz o yuca. Pero si no hay otro ingreso, la gente se ve obligada a hacer actividad agrícola y eso afecta al medio ambiente-, reflexiona Hugo.

Desconectados del ritmo citadino

Quienes eligen visitar Villa Amboró, ya sea para recorrer los atractivos turísticos naturales que tiene o simplemente descansar en total desconexión con el mundo moderno, nunca se van defraudados.

Desde el amanecer arrullado por el canto de aves diversas, hasta caminar durante horas en medio de árboles gigantes, de gruesos troncos y ramas largas; todo termina siendo una aventura. Al final de cada recorrido, encontrarse con cascadas naturales que invitan a refrescarse es un descanso reparador en todo sentido.

En cuanto a la comida, los productos de la zona forman la base principal de los platillos, pero hay fruta de temporada a disposición. Todo esto acompañado de guías preparados, que siempre tienen anécdotas, conocen los nombres de ciertos árboles y las bondades de las plantas que ayudaron a los comunarios a no enfermar de Covid, según dicen.

Son tres o cuatro días en los que siempre habrá qué hacer, aún cuando la lluvia no amaine y el tiempo pinte los cielos de gris. Entre los encargados de recibir a la gente, se nota cómo se entendió el concepto moderno del ecoturismo, muy fusionado con la amabilidad típica del lugar.

Incluso se consulta si alguien de los foráneos es vegetariano o tiene alguna enfermedad de base que requiera una dieta particular. Para ello Estefanía Arenas Cárdenas, encargada de los alimentos, trabaja incluso desde la madrugada, de manera que la comida siempre esté a la hora, con una sazón entre andina y oriental.

A todo esto, quizá lo único que le falta a este paraíso es un buen acceso carretero. Al volver a la realidad citadina, uno se encuentra con personas expertas en cruzar ríos a nado o a pie; con jóvenes cargando motos en medio del cauce, y vehículos jalados por otros de mayor potencia porque otros se quedaron en el medio del temible Surutú. “Que las autoridades sepan, que así se vive en esta zona; que así van los niños a los colegios, cruzando ríos. Que sepan que existimos”, dice un maestro mirando el río.