miércoles, octubre 5, 2022
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Pobladores indígenas ayoreos del Chaco paraguayo usan la tecnología para proteger sus territorios 

Aldo Benítez/ Mongabay Latam

Hace varias décadas, el lugar donde habitaban los ayoreos totobiegosode, en el departamento de Alto Paraguay, en el Chaco, era un bosque fértil y casi impenetrable. Allí, los ayoreos hacían su vida diaria como recolectores nómadas en total aislamiento “de los latinos”, como ellos llaman a los no indígenas.

Con el tiempo, una parte importante de sus árboles nativos fueron derrumbados. Según datos del sistema satelital Global Forest Watch, entre 2001 y 2020, Alto Paraguay perdió 1,6 millones de hectáreas de bosques. Tras la deforestación, además de años de persecución, asesinatos y procesos de evangelización, la mayoría de los ayoreos se agruparon en comunidades y sumaron a sus tradiciones las costumbres no indígenas. Sin embargo, un grupo que ha preferido el aislamiento, aún vive en lo que queda de bosque.

“Tenemos a nuestros parientes viviendo en forma aislada en estos bosques que todavía quedan, por eso es vital para nosotros mantener el bosque, esta vida que tenemos acá”, dice Porai Picanerai, líder de la comunidad Chaidi.

Comunidad Chaidi. Video: Pánfilo Leguizamón

Porai Picanerai —que en lengua ayoreo significa “ciempiés”— es un hombre de piel morena, cabellos negros y si bien entiende español, se expresa con más facilidad en su lengua nativa. Picanerai es uno de los últimos ayoreos que dejó el aislamiento y es también, junto a otros referentes, quien más ha denunciado en los últimos años la invasión y la deforestación de sus tierras que en la mayoría de los casos tiene por objetivo expandir la producción ganadera.

Hasta ahora, las denuncias presentadas, según Picanerai, no han tenido  una respuesta efectiva por parte del Estado paraguayo. Por eso, desde el 2017, con la ayuda de la Federación por la Autodeterminación de los Pueblos Indígenas (FAPI), la comunidad Chaidi puso en marcha un proyecto de protección de sus tierras a través del uso de la tecnología.

La tecnología como aliada

La comunidad Chaidi tiene ese encanto de la vida indígena chaqueña. La parsimonia del día parece detenerse en una siesta caliente, y su silencio solo se altera con el canto de los pájaros que salen disparados cuando sienten la presencia de un mínimo peligro. Cuando cae la tarde, se pueden escuchar los gritos de los niños que juegan a las corridas, a la pelota, vistiendo camisetas de clubes de fútbol locales y extranjeros, algo que podría resultar extraño para cualquier visitante, pero no para los ayoreos. Como tampoco es extraño para ellos escuchar el rugir de algún yaguareté o jaguar (Panthera onca) rondando la zona.

Chaidi es una de las 10 comunidades del pueblo ayoreo que habita esta zona del Chaco Paraguay, en Alto Paraguay. Desde hace años reivindican sus tierras ancestrales. Foto: Pánfilo Leguizamón

Aunque el sonido de la naturaleza fue por largos años lo único que oían los ayoreos, poco a poco nuevos ruidos fueron apareciendo en su vida cotidiana y rápidamente los identificaron como una amenaza: los agudos de las motosierras trabajando, los graves de las cadenas atadas a los tractores.

“Una de las principales amenazas de este pueblo es la presión por la deforestación para el cultivo de soya o para la agroganadería”, dice Majo Centurión, encargada de relaciones públicas de la FAPI. Esa fue, justamente, la razón por la que desde esta organización buscaron establecer un sistema que pueda ayudar a los ayoreos a proteger sus tierras.

El proyecto llamado “Monitoreo del patrimonio Natural Cultural Totobiegosode (PNCAT) con uso de geo-tecnología” tiene el acompañamiento de entidades asociadas a la FAPI como la Organización Payipie Ichaidie Totobiegosode (OPIT), Global Forest Watch (GFW), el Instituto de Recursos Mundiales (WRI) y el Ministerio noruego del Clima y el Medio Ambiente.

Desde la tablet del profesor Picanerai, se puede ver el bosque de los ayoreos rodeado de parcelas deforestadas. Foto: Pánfilo Leguizamón

El punto clave de este programa es que son los propios ayoreos quienes manejan el sistema. Para llegar a eso pasaron por un proceso de capacitación de varias semanas dictado por técnicos y especialistas. El programa les entregó celulares con capacidad para registrar alertas de deforestación, además de una tablet para poder hacer el monitoreo desde la propia comunidad.

Demetrio Picarenai, ayoreo y uno de los dos profesores, enciende la tablet y muestra cómo se hace para marcar el territorio y ver si se reportan posibles focos de deforestación o incendios que se cree son provocados por dueños de estancias que buscan extender sus dominios para la producción ganadera.

Desde la tablet, los ayoreos de la comunidad Chaidi pueden conectarse diariamente con el programa Global Land Analysis and Discovery, el cuál mediante un monitoreo satelital emite alertas de deforestación e incendios. En caso de detectar focos de desmonte, pueden descargar las imágenes satelitales y elevar un dron, que también aprendieron a usar para llegar con él hasta el lugar y confirmar la alarma.

Porai Picanerai. Foto: Pánfilo Leguizamón

“La facilidad con que los chicos aprendieron a utilizar la aplicación y el dron fue llamativa. Con lo del dron me sorprendí. Les mostramos en una primera práctica y en la segunda práctica ya podían pilotar”, dice Atahualpa Ayala, uno de los técnicos que trabaja en el proyecto desde un comienzo y que se encargó de la capacitación de los ayoreos. Ayala dice que el trabajo de capacitación fue consensuado entre las autoridades de la FAPI y el líder de Chaidi, Porai Picanerai, para evitar así alterar los principios o costumbres de la comunidad.

Por ahora, el área de cobertura del proyecto de monitoreo abarca unas 100 mil hectáreas que corresponden únicamente al territorio de la comunidad Chaidi. Sin embargo, Ayala asegura que el objetivo es abarcar las 500 mil hectáreas de bosques donde se encuentran otras comunidades indígenas del pueblo ayoreo.

Con los primeros reportes, los ayoreos trabajaron en establecer puntos de protección para sus tierras. Uno de estos puntos está ubicado en el centro mismo del bosque chaqueño, cerca de una zona que los ayoreos en aislamiento utilizan para cazar. Allí montaron una casa que opera como puesto de control y donde un grupo se estableció para hacer guardia permanente.

Para llegar hasta este punto hay que viajar en camionetas, atravesando caminos de terraplenes, picadas improvisadas (camino abiertos a punta de machete), bordeando estancias. “Antes que vengan los estancieros, nosotros vivíamos en paz”, cuenta Porai Picanerai. Después de casi dos horas de viaje, se puede ver el puesto de control al dejar una última picada. Se trata de una vivienda pequeña, toda de madera, que tiene una especie de corredor y dos piezas sin puertas. En el patio y sujeta a un árbol de trébol, los ayoreos colocaron una antena para lograr tener señal de radio.

Puesto de control. Video: Pánfilo Leguizamón

En este puesto viven al menos tres familias que están pendientes de identificar  posibles casos de deforestación. Aunque ellos no manejan el sistema satelital, puesto que este se opera desde la comunidad Chaidi, el puesto de control funciona como un apoyo. “Las alertas tempranas ayudan a la comunidad a tomar medidas. Por ejemplo, si las alertas se registran hacia la zona del puesto de seguridad, entonces ya salen uno o dos de los ayoreos para ir a mirar qué es lo que ocurre, como una patrulla”, explica Ayala.

Hasta ahora, el sistema solo ha reportado alertas fuera del cuadrante de las 100 mil hectáreas.

Ayala explica que los ayoreos tienen que enviar a la FAPI un reporte semanal sobre los posibles focos de deforestación o incendios. Estos datos son recibidos por especialistas que a su vez hacen un informe más técnico, con datos georreferenciados y dando mayor contexto, para en caso de que amerite realizar una denuncia ante las autoridades competentes con todos los datos necesarios para llegar a la zona.

Respeto por la tierra

“Desde hace unos 30 años que estamos luchando por la protección de nuestra tierra”, dice Porai Picarenai durante el viaje a la casa de seguridad. Siempre en su idioma ayoreo, y con la traducción del profesor Demetrio, Porai añade que lo único que buscan de los ganaderos es que respeten sus tierras. Dice que ellos saben que sus familiares todavía viven en aislamiento, que no saben cuántos son, pero que están seguros de que son varios.

En 1993, los ayoreos hicieron su primer pedido formal para que el Estado paraguayo los reconozca como propietarios de la tierra donde viven desde siempre. Pasaron los años y nunca tuvieron las respuestas esperadas hasta que 2013, con ayuda de organizaciones internacionales, solicitaron la intervención de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

En el denominado «puesto de control» de los ayoreos chaidi conviven algunas familias que están alertas ante las posibles amenazas de deforestación en la zona. Foto: Pánfilo Leguizamón

A finales de 2016, finalmente se entablaron las primeras negociaciones con el gobierno para la titulación de las tierras. Sin embargo, después de 42 reuniones, no se llegó a ningún acuerdo. Por esta razón, en octubre de 2021, los ayoreos totobiegosode decidieron salirse de la negociación con el gobierno y volver a insistir con la CIDH.

Víctor Picarenai es uno de los hijos de Poirai y está terminando su carrera de abogado en Asunción, y cada tanto hace el viaje desde la capital hasta Chaidi.

“Nuestra comunidad es puro bosque, hasta ahora. Todavía se puede escuchar los gritos del yaguareté (jaguar), uno todavía puede escuchar el grito nocturno de los animales. Eso es lo que caracteriza la zona del patrimonio de los totobiegosode y eso es justamente lo que estamos luchando por proteger”, dice Picarenai.

El Chaco paraguayo tiene una riquísima biodiversidad. Forma parte de lo que se conoce como el Gran Chaco americano, compartiendo territorio con Argentina, Bolivia y Brasil. En la parte alta del Chaco habita parte del gran Pantanal, considerado uno de los humedales más grandes del mundo y hogar de  especies como la nutria gigante (Pteronura brasiliensis) y el armadillo gigante (Priodontes maximus), que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo.

Según Global Forest Watch, todo el Chaco paraguayo perdió 4,8 millones de hectáreas de cobertura forestal desde 2001 hasta 2020, una superficie superior a países enteros como Suiza o Países Bajos.

La biodiversidad del Chaco también es parte de la cultura culinaria de los ayoreos. Uno de sus  platos favoritos, por ejemplo, es la tortuga de patas rojas (Chelonoidis carbonaria). También del bosque sacan sus propios remedios caseros y fabrican sus propias exquisiteces, como la miel de abeja o el picante ayoreo. “El bosque nos da vida, nos da los alimentos, para nosotros es una forma de vivir estar en los bosques”, dice Víctor Picarenai.

Sentado en la pequeña sombra del árbol de trébol, en el puesto de seguridad, su padre termina la idea: “Que tengan respeto hacia nosotros. Que respeten nuestras tierras”.

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