La especie es territorial; al extremo que pelea por su espacio con otros ejemplares. Foto: Steffen Reichle

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Rocío Lloret Céspedes

Cuentan en los Andes de Bolivia que antiguamente los ancianos decían que el zorro andino (Lycalopex culpaeus) era como el perro de los achachilas o dioses de las montañas. Por eso cuando alguna vez perdían algunas ovejas, entre las fauces del animal, lo veían como un pago a la Pachamama (madre Tierra). Entonces –ser humano y animal silvestre- vivían en armonía. Con el tiempo, las nuevas generaciones dejaron de creer en aquellas voces y perder un solo ejemplar, les representaba un problema. Entonces salían de caza, para que el devorador no se acerque a sus rediles.

Ese conflicto entre el cánido y el hombre todavía se da mucho en las regiones donde habita esta especie. Muchas veces los zorros se comen gallinas, conejos e incluso crías de llamas y alpacas. Esto provoca la reacción de comunarios, quienes no solo atacan a los individuos, sino que queman madrigueras.

El biólogo Josef Rechberger lo ha estudiado durante años. Tiene una tesis al respecto. Además trabajó en prácticamente todas las zonas donde se lo encuentra: La Paz, Oruro, Potosí, Chuquisaca, Tarija y Cochabamba. Fruto de ello, escribió el número 90 de la revista de la Fundación Simón I. Patiño “Bolivia Ecológica”, dedicado a este cánido.

Un animal muy solitario

“El zorro andino no es un animal que vive en manada. Es solitario, sumamente territorial”. Así define Josef la personalidad de la especie.

Según explica, cada ejemplar puede tener un territorio de cinco a 25 kilómetros cuadrados, cuando vive en serranías. Pero si está en pampas, como las que hay en la zona altiplánica, puede abarcar de 30 a 50 kilómetros, o más. “Hubo estudios en los que se vio que estaban en un territorio de más de 100 kilómetros cuadrados”, dice el experto.

En todo ese espacio, para un macho puede haber hasta dos hembras, dependiendo de la disponibilidad de alimento. Su dieta está compuesta por ratones, pampahuancos o cuys silvestres, vizcachas, aves y también carroña o animales muertos. Cuando no tiene eso al alcance, ataca a los animales domésticos mencionados.

En Bolivia es el segundo zorro más grande después del borochi o lobo de crin (Chrysocyon brachyurus), que es de la Amazonia. Su tamaño es similar al de un perro mediano, mide de 60 a 100 centímetros y puede llegar a pesar de siete a 12 kilos.

La hembra tiene su cueva o madriguera y el macho la suya. Pero ni bien ella entra en celo, despide olores fuertes para que él la persiga. Suele darse que individuos de los otros territorios también sienten ese aroma, por lo que van por la misma hembra. Al darse una invasión, surge una pelea y el ganador se queda con la zorra, e incluso puede ampliar su espacio.

La gestación dura de 55 a 60 días y nacen de tres a cinco crías. Estas dependen totalmente de la madre hasta los tres meses. Después empiezan a ser independientes, pero al año entran en su madurez sexual. En ese momento, la propia progenitora los bota para que busquen su propio territorio.

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Un gran controlador de plagas

Alguna vez en una comunidad de los Yungas de La Paz, los habitantes decidieron salir a cazar zorros. Estaban molestos porque bajaban de las serranías a comerse sus ovejas, así que acabaron con los que encontraron. “Pasó el tiempo y fue peor para ellos. Sus cultivos de maíz, lacayote, papa y habas se empezaron a llenar de ratones. Incluso sus cosechas almacenadas se vieron afectadas. Lo grave es que donde el roedor come, defeca y orina. Sus niños se empezaron a enfermar. Fue más terrible que perder unas cuantas ovejas”, dice Josef.

La gente se dio cuenta de lo que había ocasionado y tuvo que ir a una población vecina para pedir permiso, atrapar otros ejemplares y reintroducirlos a su territorio.

Aunque su categoría de amenaza no es grande, este zorro figura en la CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres). En Argentina y Chile, por ejemplo, se usaba mucho su piel para elaborar prendas. En el caso de Bolivia, Rechberger asegura que hay quienes usan su cola como amuleto. También, en muchos sectores de La Paz lo usan para brujerías o para conseguir pareja.

Comportamiento animal

Su tamaño no supera a un perro mediano, pero tiene la fuerza como para capturar a ovejas. Foto: Diego Delso

En estado salvaje o natural, el zorro le teme al hombre, pero en cautiverio se torna agresivo. “En otra comunidad de los Yungas altos, una vez mataron a la madre y tenía una cría. A esta la llevaron a una casa y, claro, mientras era cachorro, era todo lindo, pero el zorro adquiere la madurez sexual cuando cumple un año y empieza a generar hormonas. Lo hace por defender su territorio y para buscar hembra. El animal empezó a matar las gallinas de la gente, así que la familia lo encerró en un cuarto y el zorro se empezó a estresar. Un día le mordió la mano a la niña que le daba de comer. Al ver eso, lo botaron al campo”, recuerda Josef.

Damián Rumiz es doctor en Ciencias Naturales y vida silvestre. Actualmente, es editor científico del Centro Ecopedagógico de la Fundación Simón I. Patiño. A la pregunta de si es posible que un animal salvaje cambie su comportamiento si convive toda su vida en medio de seres humanos, responde que sí, “pero no como para olvidarse de su instinto”.

Aunque ello depende mucho del grupo o especie (peces, anfibios, reptiles, aves, mamíferos), cuanto más “avanzados” en esa lista, el entorno durante el desarrollo y el aprendizaje tiene mayor efecto en el comportamiento de un individuo. “Todos parecen poder aprender algo a lo largo de su vida y todos responden (con cambios fisiológicos o de conducta) a estímulos según lo que tienen codificado en su ADN”, explica. Esto está regulado por hormonas que se segregan en distintos momentos o etapas de la vida. Así, hasta un pez de acuario puede aprender cuándo viene la comida y reconocer a su dueño, pero un mamífero social (que vive en grupos y se relaciona estrechamente con sus pares) buscará interactuar con los humanos, con conductas a veces sorprendentes por lo “cariñosas” (afiliativas), pero que también pueden ser agresivas en situaciones de estrés, hambre o reproducción.

¿Volver al hábitat?

Un animal que creció en contacto con humanos, dependiendo y aprendiendo de ellos para su alimentación y refugio, difícilmente podrá volver a su hábitat y sobrevivir, “aunque eso también depende”, asegura Rumiz.

En el caso de los peces, anfibios o reptiles es posible que sobrevivan si son liberados en un hábitat adecuado. Algunos de estos procesos pueden ser muy exitosos, pero también convertirse en especies invasoras si eran exóticas (de otro país o continente).

Con los mamíferos como monos, felinos y otros carnívoros que no aprendieron a conseguir su alimento natural ni a relacionarse con los de su especie, “no podrán sobrevivir en libertad”.

Esto únicamente podría darse después de largos procesos de aprendizaje y relacionamiento con otros ejemplares de su especie. De hecho, algunos programas de conservación lograron éxito al reintroducir individuos criados en cautiverio. “Pero aquellos carnívoros acostumbrados a la gente (un puma o zorro, por ejemplo) morirá ni bien se acerque a zonas habitadas. Por esta razón no debe liberarse animales que fueron criados como mascotas o en cautiverio, salvo con programas científicos controlados”.

Ello sin contar que en estado salvaje, el instinto animal surge con el juego de los cachorros. En el caso de los carnívoros –explica- la madre a veces les lleva presas vivas para que aprendan. La mayoría se independiza del seno materno alrededor del año de edad, para cuando ya debe haber aprendido a cazar y encontrar comida con ella.

Josef Rechberger es biólogo, especializado en mamíferos medianos y grandes. Tiene una tesis sobre patrones de movimiento y dieta alimenticia del zorro andino y estudia a la especie desde hace varios años. También ha participado en diversas publicaciones científicas.

Damián Rumiz es licenciado en Ecología, con doctorados en Ciencias Naturales y Vida silvestre, y experiencia en ecología y conservación de grandes mamíferos del neotrópico. Participó en proyectos de cooperación internacional en Bolivia sobre manejo forestal, monitoreo de biodiversidad, manejo de fauna y gestión territorial indígena. Actualmente estudia la situación del jaguar, identifica partes de felinos objeto del tráfico y di

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