E l hallazgo de un nido de águila harpía (Harpia harpyja) en una propiedad privada de Santa Cruz, abre una nueva oportunidad para ampliar los conocimientos sobre el comportamiento de la especie y el ambiente que le rodea. Además, permite plantear nuevas estrategias de conservación para el águila más grande del mundo que habita en la Amazonia de Bolivia; catalogada como Vulnerable a la extinción por la UICN.

Se trata de un descubrimiento inédito, ya que es el nido más grande registrado en la región hasta el momento, con más de 1,40 metros de alto. Para investigadores como Alexander Blanco —científico venezolano dedicado durante más de 25 años al estudio y la conservación de la especie— esto implica que existe una pareja de águilas que han permanecido por mucho tiempo en la zona: una propiedad privada que está a 120 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra; altamente impactada por el agro y la ganadería extensiva.

La presencia del ave en el lugar permite saber que pese a la degradación de los suelos, hay un ecosistema saludable, donde el águila encuentra alimento y árboles idóneos para reproducirse.  

“Este nido es relativamente joven para una pareja de arpías. Por lo que se observa, hasta ahora (la pareja de arpías) han tenido tres ciclos reproductivos diferentes. Eso significa que cada tres a cuatro años han nacido y sobrevivido individuos (pichones) que llegaron el período de juveniles y dejaron el territorio de los padres para buscar nuevos territorios”, explica Blanco a La Región.

Esta dispersión implica que la especie se está propagando de manera efectiva y con ella hay una biodiversidad importante. El animal —cuya envergadura con las alas extendidas puede llegar a los dos metros— es un depredador tope, porque está en la cima de la cadena alimenticia, por tanto, garantiza el equilibrio del ambiente que le rodea, ya que come mamíferos más pequeños, reptiles e incluso otras aves.

Un nido de esperanza

Una toma hecha con dron. Desde el aire, así luce el nido, que está en un árbol de más de 30 metros de altura. Foto: Ernst Udo Drawert

El hallazgo del nido se registró el pasado 22 de septiembre en el municipio de Santa Rosa del Sara. Ya desde 2019, los propietarios de una hacienda que conserva bosques prístinos y otros en recuperación, habían observado a una pareja de arpías juveniles por entonces. Con el tiempo, fueron anotando los sitios donde las veían y no fue difícil deducir que tenían un sitio de anidación.

En agosto pasado, un equipo del Programa de Conservación del Águila Arpía en Bolivia, liderado por la bióloga Gabriela Tavera; decidió incursionar en la propiedad de 690 hectáreas. En base a criterios científicos, se seleccionó lugares donde podría estar el nido y se distribuyó el trabajo.

“Seleccionamos parches, que igual siguen siendo grandes dentro de la propiedad. Entonces empezamos a hacer un barrido sistemático, o sea, seleccionábamos un área y entrábamos todos separados. Una vez que entras al monte ya no te ves (con las otras personas). Eso obviamente implica caminatas de varias horas, entre gajos, garrapatas. Así estuvimos dos días”, recuerda Tavera.

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En la primera expedición, se encontró a la pareja. El equipo comenzó a seguirla en el monte y vio que había abundancia de monos, perezosos y otros animales pequeños, por lo que dedujo que podía tratarse de un lugar para cazar presas y alimentarse; no así para anidar.

Un mes más tarde, se volvió a organizar una expedición de tres días. Esta vez se sumó Alexander Blanco, el experto en la especie, con quien ya se redujo aún más las zonas donde podía encontrarse el nido. En la segunda jornada, cuando tocaba recorrer un fragmento de bosque de casi un kilómetro de extensión, los expertos decidieron alimentarse antes de iniciar una caminata aún más dura que las anteriores. En esta ocasión, los acompañaba un productor de cine y video que buscaba registrar el hallazgo, quien llevaba como 15 kilos adicionales en equipos.

“No llevábamos ni quince minutos de búsqueda (en el monte), cuando alguien gritó: ‘ahí está el nido’”.

Tavera cuenta que en ese momento quedó estupefacta. La estructura, en la que tranquilamente entra parado un hombre de 1.70 metros, estaba en la copa de un árbol de Ceiba pentandra, de más de 30 metros de alto. Una ingeniería perfecta de la naturaleza, a la que le llega la luz solar que actúa como mecanismo de asepsia de los alimentos cárnicos que deja la madre a los pichones.

Equipo que participó en la expedición. De izquierda a derecha: Kaia Drawert, Gabriela Tavera, Lila Sainz, Heinz Drawert, Luis Galvez y Alexander Blanco. Foto: Ernst Udo Drawert

A partir de ahí, venía el trabajo más complejo. Blanco demoró más de cuatro horas para ascender al nido. “He trabajado en Venezuela, he estado en Brasil, Ecuador, Colombia, Panamá, y puedo decir que este es un nido excepcional. Es el más grande en profundidad, tiene más de 1,40 metros”, asegura.

Las arpías escogen el árbol donde anidarán para toda su vida. Se trata de estructuras compuestas por ramas, con una base muy fuerte. En el caso del reciente hallazgo, se sabe que el nido nunca cayó, lo cual suele suceder con frecuencia. “(La pareja de águilas) ha ido fortaleciendo la estructura sobre lo que quedaba del ciclo reproductivo anterior. Por eso aumentó el tamaño”, dice Alexander.

Para la especie, el árbol donde anida es el centro de su territorio y todo gira en torno a él. Pese a que en el momento del registro, no había pichones, sí hay gran posibilidad de que la pareja de arpías entre en un nuevo ciclo de reproducción, que empieza con el cortejo del macho, la copulación, el descanso de la hembra durante dos meses, y la puesta del huevo para incubarlo.

Alexander Blanco, experto en la especie, quien logró ascender para hacer el registro del nido, tomar muestras de huesos de alimentos del águila, entre otros. Foto: Ernst Udo Drawert

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La crianza es otra maravilla de la naturaleza. Una vez que nace el pichón, demora de cuatro a seis meses antes de hacer sus primeros vuelos de cacería. Cuando eso sucede, los padres continúan llevándole comida, pero le empiezan a reducir las porciones, el tamaño de las presas, el número de visitas y, de ser necesario, destruyen el nido, para obligar a la cría a no volver. “Todo ese proceso, hasta que el pichón se independiza o de deja realmente el nido, puede tardar hasta tres años”, describe Gabriela Tavera.

Una oportunidad para Bolivia

La investigadora Gabriela Tavera observa la altitud de la copa del árbol donde anidaron las águilas. Foto: Facebook Gabriela Tavera

Por las características en el nido encontrado, los expertos ven una etapa ideal para conocer más a fondo todo este proceso. Tras un primer hallazgo registrado en el Parque Nacional Amboró en 2023, Bolivia suma una segunda experiencia propia para estudiar a la especie. En este caso, se podrá conocer más a fondo cómo utiliza el hábitat esta ave majestuosa y su rol como indicadora de la salud del ecosistema que le rodea.

También se podrá saber el tiempo de fabricación del nido, el material vegetal que utiliza, el comportamiento, hacer estudios genéticos e identificar ejemplares a través de transmisores. Así también, conocer el radio de desplazamiento e identificar otras especies de animales que de repente no se ven a simple vista, pero que a través de las águilas se encuentran presentes. En pocas palabras: tener información sumamente valiosa que se desconoce en Bolivia.

La reparación de los daños

Tavera explica que mucho de su trabajo en el Programa de Conservación del Águila Arpía, que cobija el Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado, es una forma de reparar el daño que causan actividades humanas sin control como: incendios forestales, degradación de los suelos y deforestación, entre otros.

Hasta el momento, el Programa ha logrado la rehabilitación y liberación de dos águilas arpía en la zona del Bajo Paraguá (Santa Cruz); ha registrado dos nidos: el primero en una propiedad que está en el Área Natural de Manejo Integral (ANMI) del Parque Nacional Amboró y el reciente de Santa Rosa del Sara, y ya tiene identificados otros dos sitios en el departamento de Santa Cruz, donde habría estructuras similares.

Una de las aves registrada en la propiedad privada, en Santa Rosa del Sara. Foto: Luis Alejandro Galvez

Aunque la especie continúa catalogada como Vulnerable a la extinción, tanto por investigadores nacionales como internacionales, Tavera teme que su categoría pueda cambiar a “En Peligro”. “Me remito a lo que dice la Guía de aves de Bolivia, que es uno de los referentes más completos en el país. Por lo observado con la mayoría de las aves, los ecosistemas en general como están en Bolivia y como van las actividades antrópicas (humanas), la pérdida de hábitat está siendo tan acelerada que realmente el águila arpía se consideraría que podría estar en peligro y no solamente en categoría de vulnerable”, lamenta.

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Para Alexander Blanco, la ventaja de la arpía, por lo que se ha observado en los últimos años, es que tiene la capacidad de adaptarse a ciertas intervenciones. Es decir que puede estar en bosque primarios o secundarios, pero también en áreas fragmentadas, siempre y cuando haya árboles que le permitan seguir ahí.

“Estas águilas se han adaptado a situaciones de cambio del paisaje o del hábitat y ello se ha verificado en la dieta que consumen. Un 80 % de su alimentación son animales terrestres y poca cantidad de animales arborícolas”. dice Blanco. Una realidad que no es idónea, pero que hasta ahora permite tener esperanzas para trabajar en su conservación y, por ende, en la conservación de otros animales más pequeños, y otros bosques.