Foto: David Barba

a medida que el vehículo avanza por el parque nacional Otuquis, las huellas de destrucción que dejó el fuego a su paso, duelen. Árboles raquíticos y aquello que fue un paisaje de diferentes tonos de verde, hoy luce gris como un eterno día de invierno. Todavía las aves cantan, aunque quizá su trinar sea de dolor; una manera de pedir auxilio ante la barbarie humana. Su casa, la casa de todos, fue consumida sin piedad por las llamas.

Por eso, cuando una lluvia tropical empieza a caer, el gozo es único; es mirar al cielo para agradecer la benevolencia divina ante la iniquidad infinita. Y el agua alivia, pero también deja al descubierto cuánto daño se le causó a este territorio extenso, de plantas únicas en el mundo, hogar de especies que los biólogos admiran por todos los beneficios que proveen al ecosistema.

Pero a medida que se avanza por este camino de tierra colorada, en el Pantanal boliviano, el fuego muestra su poderío; pequeñas llamas que parecen inofensivas, de pronto se levantan como lenguas inmensas que azotan de arriba hacia abajo. Entonces, nuevamente surge la desesperanza, la tristeza, el horror de ver serpientes, ciervos, tortugas, todos tratando de huir de este infierno en el que se ha convertido su hogar.

Algunos, los que pueden moverse más rápido, logran salir, con heridas en la piel, clamando al hombre -ese que provocó todo esto- que los ayude. Otros «lloran» selva adentro, sus gritos se oyen como quejidos. Los más, mueren en el intento.

Mientras tanto, guardaparques y bomberos trabajan sin mirar el reloj, sin siquiera saber que el cuerpo necesita alimento para tener energía. Cada cierto número de horas, que ellos no cuantifican, salen en volquetas, con el rostro moreno por el calor, con rastros del hollín que deja la madera carbonizada. Con los pulmones llenos de un humo que se te impregna en la ropa como un tatuaje en la piel. Entonces, lo único que dicen, con esa sonrisa que solo te da la satisfacción de saber que estás haciendo algo por alguien: «somos guardaparques, nosotros somos los guardaparques de Bolivia».

Y ante eso, cuando los ves y los escuchas, únicamente te resta llorar; llorar porque hay gente que está luchando; llorar porque mientras unos piensan en política, otros hacen política, pero aquella que vale la pena, esa que piensa en el bien común y no en el poder. Una política que estoy segura es la mía, la de los hijos de otros, la que todos un día esperamos ejercer para vivir en un mundo pleno.

Por eso, aún cuando una gran tristeza invade y a veces toca salir huyendo porque el intenso humo es señal de peligro y sinónimo de que las llamas son implacables cuando avanzan, siempre habrá una esperanza. Porque aún en medio de la destrucción, esa orquídea que luce su poderío de colores dentro de un tronco carbonizado muestra que si la naturaleza no se rinde; tampoco nosotros debemos hacerlo.

Valle de Tucabaca antes de los incendios. Foto: David Barba Carvalho

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