lunes, septiembre 28, 2026
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Opinión
Tilcayo, de hito científico a espectáculo dañino

El descubrimiento del tilcayo, Leopardus tilcayo, abre un debate sobre conservación, periodismo ambiental y el riesgo de convertir a la especie en una atracción.

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Fotografía: © Fernando Faciole/National Geographic.
Fotografía: © Fernando Faciole/National Geographic.

Editorial

Hace apenas unos días, Bolivia le dio al mundo algo que no ocurría hacía más de un siglo. Una especie nueva de gato silvestre, descrita con rigor científico, con genética, con años de trabajo de investigadores/as y comunidades locales detrás.

Leopardus tilcayo debería ser, ante todo, una noticia sobre ciencia boliviana y sobre un ecosistema, los Yungas, que llevamos décadas subestimando. Y sin embargo, en cuestión de días, la conversación pública se desplazó hacia otro lugar. Hacia Tigrino, el felino tímido del santuario Senda Verde, sus fotos, su dieta, su «personalidad».

No es un desplazamiento inocente. Es el mismo patrón que el periodismo ambiental lleva años repitiendo con cada especie carismática. La convertimos en personaje antes que en símbolo de un ecosistema amenazado. Y ese patrón tiene consecuencias medibles.

La propia prensa ya lo registra. Desde que se conoció el hallazgo, el santuario donde vive Tigrino recibe una afluencia inesperada de visitantes que llegan con la esperanza de verlo, pese a que sus cuidadores lo mantienen deliberadamente alejado del público porque el contacto con desconocidos le genera estrés.

Esto no significa que las visitas a Senda Verde sean negativas. Al contrario, el turismo y los ingresos que genera el santuario son parte importante del sostenimiento del refugio y del cuidado de los animales que allí viven. El problema aparece cuando una visita responsable se transforma en la búsqueda de un animal específico que, precisamente por su bienestar, no está disponible para ser exhibido.

Vicky Ossio, cofundadora de Senda Verde, lo resumió en una entrevista televisiva con una frase que debería ser nuestro punto de partida, no una anécdota más: «el tilcayo es bonito, estamos todos felices, pero no es mascota».

Ahí está el nudo ético. Un animal que fue arrancado de su hábitat por una familia hace una década, que un santuario dedicó años a estabilizar física y emocionalmente, corre ahora el riesgo de sufrir una segunda forma de extracción. La mediática.

Cada nota que presenta a Tigrino como una atracción, cada fotografía que alimenta la expectativa de verlo de cerca y cada titular que lo convierte en «el gatito más buscado de Bolivia» puede generar, aunque no sea su intención, una presión adicional sobre el santuario y sobre un animal que necesita mantenerse alejado del contacto público.

Tampoco ayuda mostrar a otro supuesto tilcayo mascotizado como si fuera una anécdota simpática o un logro personal, cuando en realidad es evidencia de lo mismo que llevó a Tigrino hasta un santuario. Un animal silvestre sacado de su hábitat y tratado como mascota.

Mientras tanto, lo que de verdad decidirá si el tilcayo sobrevive como especie, la fragmentación de los bosques nublados de los Yungas, la minería aurífera, el comercio ilegal de fauna silvestre, queda relegado a un párrafo final, cuando aparece.

Los propios investigadores fueron claros al señalar estas amenazas. Ese debería ser el centro de la cobertura, no el epílogo.

Como periodistas que cubrimos naturaleza, tenemos la responsabilidad de decidir si una historia sobre biodiversidad protege lo que describe o lo convierte en un espectáculo contraproducente.

Contar el hallazgo del tilcayo con rigor no significa restarle calidez ni interés humano. Significa elegir qué mostramos, qué omitimos deliberadamente y qué enfoque le damos. ¿El de una especie que necesita anonimato y bosque intacto o el de una celebridad accidental?

Bolivia acaba de aportarle a la ciencia mundial un felino que estuvo cientos de años sin nombre. Lo mínimo que le debemos es no convertirlo, en cuestión de semanas, en una atracción.

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