En la calle de arena, larga como si no tuviera fin, un grupo de niños juega a las canicas. Vestidos con camisetas de algodón y pantalones cortos, los chiquillos afinan la vista para achuntar a la bolilla más preciada. Una leve brisa sopla después de un día lluvia en pleno octubre. De pronto, emana una voz dulce y aguda, una voz infantil que gorjea sin esfuerzo.

“Si ella viene aquí conmigo,

al menos tendrá,

cariño todos los días

y amor por demás…”.

La chacarera -ese ritmo chaqueño rápido y golpeado que se acompaña con bombo, violín y guitarra- se oye como un canto de sirena en la voz de Juan David Rendón. Más tarde, por la noche, este niño de 12 años – al que de día le gusta jugar con amigos, ensuciarse la ropa en la arena y cantar- aparecerá en un escenario. Enfundado en una camisa azul a cuadros, un pantalón oscuro y el típico sombrero chaqueño de cuero; le dedicará un chamamé al amor y una chacarera al olvido. Luego una cumbia al estilo chaqueño, de esas que hacen bailar hasta al más aburrido.

Así es Cuevo, declarada capital del folklore chaqueño guaraní de Santa Cruz en 2018. Un pueblo marcado por los vestigios de la Guerra del Chaco que disputó Bolivia con Paraguay entre 1932 y 1935. Cuna de artistas como Juan David Rendón, Nasser Joaquín o Yasendi Canduari. El lugar donde se come el chancho galleta, cuyo nombre se debe al cuerillo que cruje ni bien se masca. El municipio de la serranía Sararenda, “hogar” del oso jukumari (Tremarctos ornatus) y aves endémicas del país como la paraba militar (Ara militaris).

Tierra de guaraníes que -según cuentan- llamaban a este valle Cobo Cobo, el nombre de una mariposa negra; aunque hay quienes también dicen que le debe su nombre a un ave que emulaba la palabra con su trino. Un lugar donde el Carnaval se celebra en las haciendas, con bailes como la Asaregüa; en comunidades indígenas, con fiestas autóctonas como el Arete Guasu, y en la zona urbana con trajes de fantasía que engalanan a las comparsas y a sus reinas.

La Guerra que marcó un siglo

Muchas de las armas estaban en poder de civiles y fueron colectadas para poder exhibirlas en este museo. Foto: Rocío Lloret Céspedes

Quien visita Cuevo, distante a 360 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, debe saber que la gente evoca mucho la Guerra del Chaco, considerado el conflicto armado más importante del siglo XX en Iberoamérica. Niños y jóvenes conocen la historia de cómo dos países hermanos -Bolivia y Paraguay- terminaron enfrentados por un territorio -el Chaco boreal- en el que ni siquiera había el petróleo ansiado. “Estábamos por ganar la Guerra cuando firmaron el tratado de paz en Argentina. Los pilas (término con el que se conocía a los paraguayos en la época) creían que el ejército boliviano era superior en número, pero en realidad no era cierto”, se oye un relato.

Aquí no se disputó ninguna batalla, pero fue centro y paso activo hacia la zona de conflicto, en especial Villamontes (Tarija), donde se realizó la llamada heroíca defensa de Villamontes (1935). Por eso en un ambiente del Regimiento de Artillería 4 “Bullaín” se abrió un museo.

En el interior se puede observar piezas utilizadas en la contienda bélica. Armas vetustas como fusiles máuser, algunos colectados de hogares de cueveños durante la entrega del Bono Juancito Pinto. También anafes, cocinillas y ollas tiznadas, instrumentos en los que muchos soldados se veían obligados a hervir su orín para luego poder beberlo ante la escasez de agua. Morteros, balas, piezas de cerámica y fotografías captadas en la época, donde se observa la extrema delgadez de los bolivianos, muchos procedentes de zonas andinas. Por último, un cañón de gran tamaño todavía operable; algo que lo hace único en el mundo.

Muchas viviendas conservan su aire antiguo: muros de adobe, techos de teja gastada por el tiempo. Y aunque la modernidad se luce con hoteles recién remodelados y casas de ladrillos, aquí todavía quedan beneméritos del Chaco, aquellos hombres que en su juventud fueron a defender a su patria, y hoy son considerados héroes.

En paz y unión

Uno de los atractivos del área protegida municipal Sararenda. Las frías aguas refrescan a los visitantes en épocas de calor intenso. Foto: Doly Leytón Arnez

En 2015, cuando Marcelo Villagra Quispe asumió por primera vez la Alcaldía de Cuevo, lo hizo con la convicción de que el turismo sería una de las puntas de lanza de su gestión. En las calles se oye decir de él que es “una persona humilde” y que, pese a que tiene detractores, la gente lo sigue en sus iniciativas. “Por eso lo han reelegido”, aseguran sobre su nueva gestión que durará hasta 2025.

Convencido de que la llamada “industria sin chimenea” es el futuro de su región, se encargó de mostrar las bondades de su pueblo en medios de comunicación cruceños. La empresa privada del lugar -conformada por productores, el sector hotelero y gastronómico- se sumó al objetivo. Así nació la Plataforma Turística (Platur), cuyos miembros son cueveños que decidieron invertir en su tierra, como Rony Vaca, el actual presidente, quien junto a sus hermanos convirtió la casa de sus padres en el Hotel María Estela. Pero también hay residentes de otros departamentos como Germán Avendaño quien, retirado del Ejército, compró un terreno que hoy convirtió en el Alojamiento Sucre, en honor a esa tierra sureña.

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Todos ellos empujan la misma máquina. Todos ellos sueñan con que su terruño sea un destino turístico anhelado, por su clima agradable (27 grados en promedio), su hospitalidad, su historia, pero sobre todo, porque mantienen sus costumbres y cultura intactas. Ahora, por la pandemia, a ese carro se subieron los más jóvenes; aquellos que le ponen la energía y la frescura de su edad. “Volvimos por la pandemia, algunos estudiamos en la universidad de Sucre (San Francisco Xavier); otros, en Santa Cruz, pero decidimos volver y trabajar por Cuevo mientras esto se normaliza”, dice María del Rosario Torres.

Junto a María Fernanda Vaca Zambrana, la presidenta, Rosario forma parte de una fraternidad de 30 chicas y chicos que se ha propuesto apoyar al turismo como guías por distintos atractivos, y realizar actividades para entretener y educar a los niños.

Muestra fiel de que en Cuevo, el arte se lleva en las venas, entre los miembros de esta agrupación está el campeón nacional de malambo y maestro de baile, Luis Vaca Padilla. Hay cantantes, bailarines y una lista de talentos. “Aquí quien no aprende a bailar de niño, la pasa mal en las fiestas”, se oye un comentario.

Comer, disfrutar, vivir

Doña Dolly corta el chancho galleta que preparó con esmero. Esta especialidad inspiró un festival gastronómico.

Cuevo es un destino para disfrutar, por lo menos, tres días. Quien gusta del tiempo de ocio, podrá recorrer el pueblo y comer un buen chancho galleta, que se elabora los domingos, aunque también se puede pedir por encargo otros días. Dolly Morales es una de las pioneras del preparado. Cuando se le consulta cómo logra que ese cuerillo quede como una galleta cracker al contacto con los dientes, responde que uno de los secretos está en la crianza del cerdo, alimentado con granos naturales y sin la intervención de químicos. El resto lo pone la mano de esta experta que, dada la fama de su chanchito, ahora hace envíos a Santa Cruz si se la contacta por teléfono.

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Esta ruta gastronómica incluye probar los famosos tamales con relleno, elaborados con maíz del lugar; chirriadas (una especie de pancakes), bizcochos de maíz, cuñapé, chicha y -por qué no- comida rápida. La característica, en todos los casos, es que los ingredientes son orgánicos, lo que significa que se compran a productores del lugar, que no usan químicos.

Quienes además buscan hacer ecoturismo, el Área Protegida Municipal Serranía Sararenda Cuevo-Camiri ofrece un contacto con la naturaleza y sus maravillas. Rodeado de farallones de piedra, por el sendero que conduce a una de sus pozas hay guías que aseguran haber tenido la fortuna de avistar al oso jukumari, símbolo del buen estado de conservación de la zona.

La piedra marcada es otro atractivo de la Guerra del Chaco. Al descender por un sendero se llega a un río, donde el petróleo está casi a ras del suelo.

La paraba militar, un ave endémica de Bolivia, también habita en esta reserva de 55 mil hectáreas, que comparte tuición con el municipio de Camiri y es parte de la ecorregión de Chaco serrano. Otros animales como el puma o el mono amarillo también están presentes.

Para hacer la caminata de no más de cinco kilómetros hasta la caída de agua es necesario contar con un guía del lugar. Al llegar a las fuentes de agua, todo habrá valido la pena.

Finalmente, quien prefiere volver a la vida de campo tiene en la Granja Agroturística Vatos, no solo la opción de practicar deportes al aire libre, sino también ser parte de la vida de quienes se dedican a la crianza de vacas. Al amanecer, tomar una ambrosía y luego, un desayuno con los lácteos y derivados que allí se producen. Probar las mermeladas elaboradas con flor de jamaica o zanahoria y el famoso queso estirado, bajo en grasas y apto para una dieta saludable; son experiencias muy recomendadas.

Entre la religión y la fiesta

La misión de Santa Rosa de Cuevo, ubicada en el municipio de Huacaya, Chuquisaca.

Cuenta el alcalde Villagra que más del 90 por ciento de los cueveños practica la religión católica. Cuando uno visita alguna casa siempre encontrará una imagen sacra o la del patrono, San Juan Bautista; la Virgen de los Remedios o la de Guadalupe. Por eso las fiestas religiosas son muy concurridas.

En su historia se lee que “el 16 de julio de 1887 los padres franciscanos, cuya misión había llegado desde Tarija, fundaron Santa Rosa de Cuevo para la enseñanza y propagación de la fe cristiana”.

En Santa Rosa, municipio de Huacaya, Chuquisaca, contiguo a Cuevo, se encuentra una de las misiones franciscanas más antiguas de la región. Conservada como una reliquia, sus gruesos muros del convento albergan una escuela de música a la que asisten niños y jóvenes para aprender a tocar instrumentos. En la parte frontal, la parroquia donde celebran la eucaristía.

Por las calles que dan a este templo, situado en una altura desde la que se divisa a la población, es frecuente ver a niños y niñas con su violín en la mano. Oírlos tocar es otra historia que amerita estar sentado frente a ellos, dejando que las melodías se encarguen del resto.

Los estudiantes de la escuela de música en el templo. Todos llevan mucho tiempo practicando sus instrumentos.

La gente del lugar espera que la estructura sea declarada patrimonio dada su importancia. Hasta ahora se ha logrado su remodelación parcial, pero es una tarea titánica, considerando que se busca mantener la esencia intacta.

Esta pequeña «fábrica de músicos» es el otro elemento que complementa el recorrido por este sitio. Ya en otro escenario, se nota que la vida de los lugareños está marcada por las melodías. Basta una guitarra, un violín y un bombo para armar una tertulia donde todo el que llega es bienvenido. Donde basta que alguien se anime a echarle una chacarera, un chamamé o incluso una ranchera. Porque se necesita una hora para aprender los pasos básicos de baile y ser parte de la rueda. Porque a Cuevo hay que vivirlo, para poder entender su ritmo y su alma.

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