
Rocío Lloret Céspedes
Periodista | La Región
Bolivia acaba de sumar un hito a su historia científica. La revista neozelandesa Zootaxa publicó “fish-in BOLIVIA: An integrative and updated checklist of the introduced and native ichthyofauna”, un inventario firmado por Fernando M. Carvajal-Vallejos, Mabel Maldonado y Selva V. Montellano-Abasto, investigadores de la Unidad de Limnología y Recursos Acuáticos (ULRA) de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), en Cochabamba. El trabajo establece, por primera vez de manera sistemática, cuántas y cuáles son las especies de peces que habitan las aguas bolivianas. Así, el país cuenta con 1.095 en total, repartidas en 17 órdenes, 57 familias y 379 géneros.
Detrás de esa cifra hay una historia de paciencia. En entrevista con La Región, Carvajal-Vallejos contó que la idea de construir un inventario completo de los peces del país surgió alrededor de 1997, cuando comenzó a revisar la bibliografía dispersa sobre ictiología boliviana. En ese entonces, gran parte de la información solo existía en papel, por lo que había que recurrir a fotocopias y visitas a archivos. Recién después de 2010 empezaron a digitalizarse buena parte de dichos documentos históricos.
En paralelo, la universidad estatal cochabambina inició la formación de una colección de peces de referencia, que hoy resguarda el Museo de Historia Natural Alcide d’Orbigny. Esa colección —construida con muestras de distintos proyectos de investigación en todo el país— fue la otra pata fundamental del estudio, porque permitió contrastar los registros bibliográficos con especímenes físicos reales, dando al inventario una solidez que ningún trabajo anterior había alcanzado. En conjunto, el estudio integra cerca de dos siglos de literatura científica: desde 1855 hasta 2025.

El mapa de peces más detallado del país

El estudio no solo cuenta especies, también las ubica. La cuenca amazónica concentra la mayor diversidad de peces, con 943 especies y un dato que los propios autores destacan como significativo: 690 de esas especies solo se han registrado ahí. Ese nivel de exclusividad es muy superior al de la cuenca del Plata, donde hay 120 especies exclusivas, de las 363 registradas.
El Altiplano, con apenas 31 especies, sobresale en cambio por su alto grado de endemismo, concentrado en los géneros Orestias y Trichomycterus, peces adaptados a las condiciones extremas de los lagos y ríos de altura.
Un análisis de agrupamiento jerárquico confirmó, además, que estas tres cuencas —Amazonas, Plata y Altiplano— forman conglomerados bien diferenciados, reflejo de su aislamiento biogeográfico a lo largo de la historia geológica. Entre las familias más numerosas destacan Loricariidae y Acestrorhamphidae, y los órdenes Characiformes (431 especies) y Siluriformes (407) dominan ampliamente la diversidad íctica boliviana.
“Esperamos que con el tiempo se descubran más especies. Pueden ser nuevos registros o especies no descritas todavía para la ciencia, pero por lo menos ya tenemos un documento de referencia que nos indica dónde están (las especies de peces) y eso también ayuda a una mejor evaluación”, dice el experto.
Las 16 especies introducidas y un dilema sin resolver
El inventario también documenta 16 especies no nativas ya establecidas en aguas bolivianas, introducidas principalmente por la piscicultura, la pesca deportiva y el comercio de peces ornamentales. Carvajal-Vallejos explica que la mayoría de estos casos aún carece de estudios suficientes para medir su impacto real sobre la fauna nativa, pero identificó dos ejemplos que ilustran la complejidad del problema.
El primero es el paiche o pirarucú (Arapaima gigas), introducido en la Amazonia boliviana y que se ha convertido en un caso “controvertido”, porque mientras genera nuevos ingresos económicos para comunidades pesqueras e indígenas, su efecto sobre las poblaciones nativas todavía es incierto. El segundo es la trucha, hoy distribuida desde el Altiplano hasta la cuenca del Plata y las cabeceras amazónicas, sostenida por una piscicultura en expansión que involucra a pequeños productores. Según el investigador, la falta de control sobre el ingreso de nuevas especies y de híbridos —muchos de ellos traídos desde Brasil sin protocolos sanitarios claros— hace prever que este número seguirá creciendo.
“Paiche en Bolivia: el pez invasor arrasa ríos, cambia la pesca y desafía a la gastronomía local
Una base para medir la conservación
El estudio también actualiza el panorama de conservación: 43 especies figuran en el Libro Rojo de Bolivia de 2009 (no se incluyó a los peces en la reciente actualización), y 52 en la Lista Roja de la UICN, cifras que, según los autores, aún subestiman la vulnerabilidad real de la ictiofauna del país, en parte por la falta de datos poblacionales y reproductivos para la mayoría de las especies. Al respecto, Carvajal-Vallejos adelantó a La Región que su equipo ya trabaja en una evaluación específica de especies endémicas y en una actualización del estado de amenaza, para la cual este nuevo inventario funcionará como línea base de referencia obligatoria.
Otro riesgo institucional urgente es la colección de peces del Museo d’Orbigny —insumo clave para este y futuros estudios— el cual enfrenta serias limitaciones de financiamiento y conservación, con material almacenado en frascos plásticos poco adecuados para una colección húmeda de este tipo. Parte del propósito de publicar este trabajo —señala el biólogo— es justamente visibilizar la importancia de esa colección y atraer fondos para protegerla antes de que se pierdan muestras irremplazables.
Con 1.095 especies documentadas y organizadas por cuenca y subcuenca, Bolivia cuenta ahora con la fotografía más nítida y completa de su riqueza íctica, un patrimonio natural que, según sus propios autores, todavía guarda muchísimo por descubrir.










