Por Rocío Lloret Céspedes

Pedro Jare Chappy: El pupilo de Hans Roth

Restaurador y curador de obras de arte, este hombre de pequeña estatura y ojos rasgados, trabajó durante 30 años con Hans Roth, el célebre arquitecto y jesuita suizo que se encargó de recuperar las Misiones Jesuiticas de la Chiquitania boliviana.

Nacido en Beni, un joven Pedro Jare llegó a Cochabamba para estudiar arte. Fue allí donde ganó un concurso que buscaba a los mejores talladores en madera. Así, cargado de ilusiones, llegó a Concepción y desde entonces no se ha movido de esta tierra chiquitana.

El tallador concluye con dedicación cada pieza.

Conoce como pocos la historia del arte, gracias a las enseñanzas de su maestro y mentor. Actualmente hace algunos trabajos para la iglesia Católica, brinda servicios de guía turístico y tiene un taller donde elabora piezas únicas chiquitanas que, incluso, llegan al Vaticano u otros países del mundo.

Según cuenta, allá por los años 70, cuando Roth inició su trabajo, muchos países como Suiza, Alemania, Austria, Estados Unicos, China y Japón apoyaron su causa: la de reconstruir y estudiar el arte chiquitano, que surgió de la simbiosis con la evangelización de los jesuistas. En la restauración, trabajaron lugareños y para ello se crearon escuelas de carpintería, ebanistería y tallado.

Gracias a su labor, en 1990 el Conjunto Misional de Concepción fue declarado por la Unesco, Patriomonio de la Humanidad.

Todos estos datos, así como las riquezas que están en el museo de arte sacro de este municipio cruceño son contados como si se tratara de una amena historia por Pedro Jare.

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Ciriaco Soqueré: “Yo trabajé con el fotógrafo de Hitler”

Don Ciriaco elabora bicicletas de adorno con estos materiales.

Sus dedos largos y delgados se mueven como el prestidigitador que juega con naipes. Y, en realidad, pareciera que hace magia, ya que cuando habla, sus manos se mueven con total independencia para trenzar palmas, moldear bejucos o dominar la tacuara y el bambú. Ciriaco Soqueré nació hace 74 años en Concepción. En su pequeño taller, ubicado en el patio del edificio de Turismo y Cultura de esta pequeña ciudad, este hombre de cabellos canos cuenta que sus obras de arte –desde bicicletas de bambú hasta sillones de bejuco trenzado- son muy buscadas por los visitantes.

Pero más allá de ello, es también un personaje que entre sus experiencias de vida guarda la de haber trabajado durante 20 años para Hans Ertl, entre 1900 y 2000, el fotógrafo de Hitler, que llegó a Bolivia después de la Segunda Guerra Mundial.

Don Ciriaco, como lo conocen acá, recuerda que este hombre se estableció en una hacienda, que aún está en pie, llamada ‘La Dolorida’. La propiedad, de tres mil hectáreas, se encuentra a 30 kilómetros al este de San Javier. Allí fue enterrado junto a su esposa, según refiere el ahora artesano.

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Ignacia Bulacia Castedo: la dama del tipoy

La carismática mujer cuenta con una colección de utensilios antiguos.

En una habitación oscura, en la que guarda sus recuerdos, “doña Nacha” tiene sus vestidos de tipoy bien ordenados y listos para ser usados. Los hay de varios colores e incluso uno de gala, con brillos, para las ocasiones especiales. Este traje típico del oriente boliviano es su atuendo diario, incluso los días en que hace frío, cuando los luce por encima de su ropa abrigada.

Casada desde hace 51 años con Conrado Broxtermann, un voluntario alemán que llegó a Concepción hace 60 años, “la dama del tipoy” como la conocen en su pueblo natal, es muy conocida no solo por sus logros en la política, sino por sus saberes en cuanto a tradiciones y cultura de este pueblo.

Quien pregunta por ella, llega fácilmente a un caserón de varias habitaciones, en cuyo patio hay un trapiche y árboles frutales, así como ornamentales. En unas alacenas de madera, conserva instrumentos que se usaban en la cultura chiquitana ya sea para cocinar e incluso para colgar cucharones. Infaltable, un horno de barro es el elemento perfecto para ambientar una vivienda típica del lugar.

Los vestidos típicos de doña “Nacha” están resguardados en una vitrina.

En la década del 70, doña Nacha impulsó el comité cívico femenino, en una época en que la mujer no tenía esos derechos. Con los años, su coraje la llevó a postular a la Alcaldía y ejercer como burgomaestre durante tres gestiones discontinuas y luego ser parte del Concejo Municipal.

“Yo me levantaba bien temprano para ir a trabajar. Hacía mingas (trabajo comunitario) para limpiar las plazas y ordenar las calles. Supe hacerme respetar incluso con los comerciantes que querían poner sus productos en los pasillos”, recuerda ahora con una sonrisa muy cálida.

De profesión enfermera, vivió en La Paz y fue reconocida tanto por instituciones públicas como privadas. Actualmente cuida a su esposo, quien está en una silla de ruedas, y siempre tiene mucho que contar, para quienes busquen conocer un poco más de la riqueza cultural chiquitana.

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Guillermo Napoleón Aguilera Díaz: el cultivador de orquídeas

En cada rinconcito de la propiedad de don “Napo” se encuentra una orquídea.

Quien dice Concepción, rápidamente asocia la palabra con orquídeas, aquellas plantas –de tierra, agua y aire- cuyas flores tienen matices imposibles de replicar.  

“Don Napo” tiene 30 variedades en su propiedad, un retazo de bosque seco chiquitano. En las afueras de Concepción y al lado del Museo de la Orquídea, él ha conseguido no solo cultivar estas especies, sino también árboles frutales y otras plantas nativas, que solo él conoce a cabalidad, ya que las cuida personalmente.

“Alguna vez, un maestro me dijo que si tuviera el mismo amor que tengo por las plantas, por el ser humano, tendría un gran amor espiritual”, bromea en alusión a la dedicación que tiene por su flora.

De profesión abogado y militar, llegó a vivir a Concepción hace 21 años. Junto al exprefecto de Santa Cruz, Carlos Hugo Molina; el entonces alcalde, Carlos Peña, y notables como Oswaldo Parada, entre otros, organizó el primer Festival de la Orquídea, que ya lleva 20 años de vigencia.

Estudioso como pocos, Napoleón asegura que solo en la Chiquitania hay como 300 variedades de orquídeas, de aire, líticas (que se pegan a las piedras) y de tierra, así como aquellas que “se pegan” a los árboles.

Cada año, miles de visitantes llegan a esta pequeña ciudad para conocerlas y deleitar la vista con sus colores. Aunque ello ha significado que muchas sean sacadas de su lugar de origen para ser comercializadas, todavía hay personas como don Napo que las conservan en estado natural. Aunque no siempre es posible visitar la propiedad de este personaje, cuando se accede a ella, uno se puede quedar conversando varias horas sobre los frutos y la pasión que tiene por las plantas. “Comencé a los seis años, sembrando un mango”, dice, con la amabilidad de la gente de esta tierra.



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