El presidente de EE.UU., Joe Biden, ha tenido un accidentado camino como anfitrión de la novena Cumbre de las Américas en Los Ángeles, del 6 al 10 de junio, con múltiples países latinoamericanos y caribeños amenazando con retirarse debido a la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela del evento. (Imagen: Kevin Lamarque / Alamy)

La Cumbre de las Américas, que se celebra en Los Ángeles del 6 al 10 de junio, reúne a los líderes del hemisferio occidental para «debatir cuestiones de política común, afirmar los valores compartidos y comprometerse con acciones concertadas».

Al menos, eso es lo que se pretende.

En realidad, los preparativos del evento han servido más bien para acentuar las divisiones políticas entre los países latinoamericanos, poner de relieve el enfoque unilateral de Estados Unidos hacia la región y socavar la fe en que se pueda alcanzar una coordinación significativa en áreas clave como el cambio climático y el medioambiente.

«Creo que la cumbre va a ser una oportunidad perdida», dice Eric Farnsworth, vicepresidente de la Americas Society y del Council of the Americas. «Se ha convertido en una forma de arte escénica. Los latinoamericanos se quejan de Cuba y Nicaragua, mientras que Estados Unidos sólo quiere hablar de migración. No hay un verdadero sentido de asociación».

La decisión del gobierno de Biden de no invitar a Nicaragua, Venezuela y Cuba a la cumbre -basándose en que no respetan la Carta Democrática Interamericana- ha suscitado críticas de los representantes de muchos de los gobiernos de izquierda de la región, y el mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) sugirió que no asistiría como consecuencia de ello.

El presidente derechista de Guatemala, Alejandro Giammattei, se escudó en la polémica para renunciar a una visita que probablemente implicaría preguntas difíciles sobre la corrupción judicial. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, podría haber buscado también eludir las preguntas sobre su historial de deforestación cuando se rumoreó que no acudiría al evento, aunque ahora parece que ha dado un giro y se celebrará una reunión bilateral con el presidente Biden.  

El tema principal de la cumbre también podría dejar a muchos líderes con pocas expectativas.

«Esta cumbre tiene que ver con la migración. Se trata de hablar con la diáspora y de intentar frenar el ritmo de la emigración a Estados Unidos», dice Farnsworth. «Es un tema interno para EE.UU. y no tiene ningún interés para los líderes sudamericanos».

Una agenda más ecológica

El clima y el medioambiente, que durante mucho tiempo se han dejado de lado al dar prioridad a otras disputas regionales, podrían ocupar un lugar más destacado en esta novena edición de la cumbre; al fin y al cabo, cada vez es más difícil pasar por alto estos temas para las Américas. 

Las naciones caribeñas y centroamericanas se encuentran entre las más amenazadas por la subida del nivel del mar y los huracanes, que según las investigaciones son cada vez más húmedos e intensos. Los países del Cono Sur se han visto afectados por sequías que han diezmado la producción agrícola y han aumentado la dependencia de las importaciones energéticas extranjeras. Mientras tanto, el calentamiento de las aguas está reduciendo las capturas pesqueras en las costas de Perú y Ecuador.

América Latina es uno de los continentes más divididos en lo que respecta al cambio climático. Ha sido incapaz de definir una agenda mínima

Según un documento conceptual de octubre de 2021 de la Organización de los Estados Americanos (OEA), cuyos miembros pretende reunir la cumbre, la reunión tendrá cuatro áreas prioritarias: la salud y la recuperación de la pandemia del Covid-19; el crecimiento equitativo y la prosperidad; las democracias fuertes e inclusivas; y «Nuestro futuro verde», temas clave reiterados por el Departamento de Estado estadounidense. Este último aspecto verde incluye un llamamiento a la cooperación para promover la transición energética, las medidas de adaptación al clima y la formación de una mano de obra verde. Es más explícito en cuanto a los problemas, sin duda, pero las esperanzas se ven atenuadas por los más cercanos a la política medioambiental latinoamericana, que señalan una larga historia de fracaso a la hora de llegar a un acuerdo.

«América Latina es probablemente uno de los continentes más fragmentados y divididos en lo que respecta al cambio climático. Ha sido incapaz de definir una agenda mínima», dice Manuel Pulgar Vidal, líder de derecho climático del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y ex ministro peruano de Medio Ambiente. «La Unión Africana ha presentado una posición unificada, pero en América Latina cada país se presenta en base a sus propios intereses ideológicos y de mercado».

La región se ha dividido históricamente en tres grupos: los gobiernos de izquierda, los países de derecha pro mercado y Brasil, que suele tener una agenda independiente. La diferente importancia de las industrias de hidrocarburos en cada país y el auge del populismo también han complicado el consenso, según Pulgar.

«Mientras que Chile ha apostado por el hidrógeno verde, la mayoría de los países han sido incapaces de identificar la oportunidad en las fuentes de energía alternativas y se han visto atrapados por la dependencia de los combustibles fósiles», afirma. «Los países no se han anclado en una visión a largo plazo, no han empezado a mirar el cambio climático desde una perspectiva económica». Un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de 2020 prevé que los costos económicos del cambio climático podrían ascender al 5% del PBI regional actual en 2050, mientras que las pérdidas y los daños derivados de los fenómenos extremos podrían provocar caídas de dos dígitos en el PBI de algunos países.

Pulgar destaca el fracaso de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica a la hora de impedir la continua tala y quema de la selva como un ejemplo de las fallas de coordinación.

Pero los esfuerzos deben continuar, y será vital reunir a los grandes de la región, en especial a Brasil, un país que sufre de deforestación. «Es difícil llevar a cabo una agenda climática hemisférica si el presidente de Brasil no está allí», dice Farnsworth. «Bolsonaro está en plena campaña presidencial y probablemente se enfrentaría a protestas en Estados Unidos, así que desde una perspectiva política hay pocos incentivos para que asista». Su reciente cambio de opinión sobre la cumbre puede llegar a ser, por tanto, un pequeño alivio; sin embargo, su historial en materia de medioambiente durante su mandato no augura muchos cambios en Los Ángeles..

La disminución de la influencia de la cumbre y de EE.UU.

Farnsworth asistió a la primera Cumbre de las Américas, celebrada en Miami en 1994, en la que los representantes dieron importantes pasos hacia una agenda comercial abierta para la región. El cambiante contexto geopolítico -acentuado por el abandono de América Latina por parte de Washington y la interacción cada vez más amplia de China con la región- parece haber atenuado la influencia de la cumbre en la política.

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«Estábamos saliendo de la Guerra Fría y Estados Unidos era la única superpotencia del mundo», afirma. «Había una confluencia de intereses. Las naciones latinoamericanas querían estar más cerca de Estados Unidos, que había salido de la Guerra Fría con crecimiento económico y gobernanza democrática. Mientras tanto, los pensadores estratégicos estadounidenses veían que se formaban bloques regionales con el proyecto europeo, y alrededor de Japón en Asia, y querían organizar el hemisferio desde una perspectiva estratégica. Ahora eso se ha roto por completo. Estados Unidos no ve a América Latina desde una perspectiva estratégica. Personalmente creo que es un error colosal».

A raíz de su rechazo a la cumbre, los líderes y delegados de Cuba, Nicaragua y Venezuela, así como de Bolivia y varios Estados del Caribe, emitieron algunas declaraciones apropiadas contra Estados Unidos en la reunión de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), celebrada la semana pasada en La Habana. En la declaración conjunta, los 10 países miembros «rechazan la exclusión arbitraria, ideológica y política de varios de nuestros países de la llamada Cumbre de las Américas» y «denuncian el trato discriminatorio de Estados Unidos como país anfitrión».

Estas tensiones regionales, muy públicas y quizá no inesperadas, han ensombrecido los preparativos de la cumbre, y no se dejarán simplemente en la puerta cuando las reuniones comiencen el lunes. Cualquiera que espere ver acuerdos políticos significativos y coordinados sobre el cambio climático se sentirá decepcionado, dice Pulgar, pero cree que todavía se puede hacer un trabajo noble.

«Cualquier debate sobre el medioambiente en la cumbre debe tener objetivos modestos pero concretos», dice Pulgar. «Mi esperanza es que podamos centrarnos en la biodiversidad, que será el tema de la COP15 en China, y que es importante para América Latina, como continente megadiverso. Es un tema que nos permitiría acelerar los avances en otras áreas».