lunes, octubre 12, 2026
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“El reto no es conseguir más dinero, sino hacerlo llegar a quienes conservan la naturaleza”

Jorge Oviedo, director ejecutivo del Fondo de Inversión Ambiental de El Salvador, analiza la institucionalidad, la innovación financiera y la reconversión productiva como piezas clave para transformar el capital global en resultados concretos para conservar la naturaleza y las comunidades locales.

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Comunidades locales y conservación: El mayor desafío del financiamiento ambiental es lograr que los recursos lleguen de forma directa y transparente a las personas que custodian los territorios. Foto referencial: Nelson Fernández / Fundesnap
Comunidades locales y conservación: El mayor desafío del financiamiento ambiental es lograr que los recursos lleguen de forma directa y transparente a las personas que custodian los territorios. Foto referencial: Nelson Fernández / Fundesnap
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Bolivia acogió el XVIII Congreso de la Red de Fondos Ambientales de Latinoamérica y el Caribe (RedLAC), del 6 al 8 de septiembre. Uno de los paneles que captó mayor atención fue el de mercados de carbono, bonos verdes y canjes de deuda por naturaleza. Quedó claro que en la actualidad, “ya no discute de dónde sacar los fondos”,  sino lograr que una vinculación integral para que esos fondos lleguen directamente a quienes están en territorios locales. Jorge Oviedo, director ejecutivo del Fondo de Inversión Ambiental de El Salvador (FIAES), cuenta la experiencia de los canjes de deuda por naturaleza en su país.

Pregunta. ¿Qué papel tienen los fondos ambientales en el financiamiento de la conservación?

Respuesta. Para hablar de finanzas de la conservación tenemos que hablar de una serie de mecanismos financieros disponibles para movilizar recursos. Esos recursos vienen de las ventanillas internacionales, del sector privado y del sector público, pero deben llegar a las personas que en los territorios hacen la conservación y la restauración. Estoy hablando de dueños de bosque, personas que cuidan el manglar (ecosistemas costeros), pescadores, agricultores y ganaderos. Nosotros, como fondos ambientales, tenemos justamente ese rol: transformar estos mecanismos financieros en resultados tangibles para la conservación.

Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) presentado en el panel “Mercados de carbono, REDD+, bonos verdes, bonos de biodiversidad, bonos soberanos, canjes de deuda por naturaleza y mecanismos financieros innovadores”; da cuenta que conservar la biodiversidad de América Latina y el Caribe exige alrededor del dos por ciento del PIB regional.

P. América Latina y el Caribe suele ser la región que menos recursos recibe. ¿Qué estamos haciendo mal?

R. Es verdad. Somos una región megadiversa, muy rica, pero estamos recibiendo menos recursos. Eso tiene que ver con el fortalecimiento de los mecanismos financieros y la capacidad institucional. No es un problema de dinero, sino de cómo canalizamos esos recursos. La pregunta es qué institución tiene credibilidad ante los cooperantes y puede hacer llegar esos recursos a los productores en el campo, a los defensores de los bosques y a quienes hacen la conservación y la restauración de manera efectiva y transparente. América Latina tiene que mejorar la institucionalidad y los arreglos financieros para movilizar esos recursos.

Jorge Oviedo, director ejecutivo del Fondo de Inversión Ambiental de El Salvador (FIAES), durante su participación en el Congreso RedLAC en Bolivia. Foto: RedLAC Bolivia 2026

P. Cuéntenos la experiencia del FIAES en ese contexto.

R. El FIAES nació hace 33 años de un primer acuerdo de canje de deuda por naturaleza entre el Gobierno de Estados Unidos y el de El Salvador. Ese primer canje sirvió para proteger y fomentar el sistema de áreas naturales protegidas del país. Con esos recursos hicimos convocatorias competitivas entre ONG, asociaciones de desarrollo comunal y cooperativas, que trabajan junto con el Ministerio de Medio Ambiente. Apoyan el manejo de las áreas protegidas y la reconversión de la agricultura, la ganadería y la pesca. El objetivo es que esos sectores productivos no sean una amenaza, sino un potenciador de la conservación.

P. ¿Cuál sería la diferencia entre un canje de deuda de una conversión de deuda?

R. El canje de deuda es entre dos países, como en el caso de El Salvador y Estados Unidos. La conversión de deuda es el cambio de una deuda del mismo país por otra más favorable. Ambos mecanismos son un alivio fiscal. El canje reduce el flujo de caja que el país necesita para pagar su deuda externa y le permite crear un patrimonio para invertir en la naturaleza. Con la conversión, al pasar de una deuda con una tasa de interés mayor a otra con una tasa menor, se genera un ahorro que se destina a temas ambientales.

El BID ha sido garante en cinco conversiones de deuda por naturaleza. La lógica se explica así: se venden bonos de deuda caros y de corto plazo y se compran otros con tasas más bajas y plazos más largos. A cambio, el país asume compromisos de conservación. En octubre de 2024, El Salvador hizo una conversión por unos mil millones de dólares. El ahorro, cercano a 350 millones, financiará durante 20 años la cuenca del río Lempa, compartida con Guatemala y Honduras. El FIAES administra esos recursos.

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P. ¿Estos mecanismos compiten entre sí o se complementan? Es decir, ¿qué pasa si se piden varios fondos para una misma causa?

R. Son totalmente complementarios. En El Salvador, los canjes de deuda empezaron en 1993 y siguieron en 2001 y en 2021. Cada canje fue sumando experiencia, fue aportando al patrimonio institucional y fue complementando objetivos de conservación que no se podían alcanzar desde un principio. Con cada nuevo mecanismo financiero el país va ganando experiencia, va ganando músculo para movilizar otro tipo de recursos.

P. Los bonos verdes y los mercados de carbono todavía generan dudas. ¿Cómo garantizar que el dinero llegue a quien debe llegar?

R. Hay cuatro elementos. El primero es el fortalecimiento institucional. En lugar de reinventar todo en cada ciclo político, se ha fortalecido una institucionalidad que durante 33 años ha permitido capitalizarse, generar buenas experiencias y crear una credibilidad que hace que los cooperantes confíen en el uso de los recursos. El segundo es el monitoreo: no basta con movilizar los recursos y colocarlos bien; hay que medir cuánto estamos conservando, qué ecosistemas clave se están monitoreando y cómo avanzamos en la restauración. El tercero es la gobernanza. En nuestra junta directiva participan el Gobierno, el sector privado, las ONG y las asociaciones comunitarias. El cuarto es la política de inversión. Mientras el dinero no se invierte en el campo, se invierte en la bolsa de valores. Esa rentabilidad adicional financia más proyectos y cubre los costos operativos.

Los recursos a los que Oviedo se refiere están en fideicomisos regulados por la ley de bancos de El Salvador y tienen una rentabilidad promedio del 9 %, explicó durante el panel. El reto —dice— es que el país tenga los arreglos institucionales para que cada dólar “le llegue a Juana Pérez, que está manejando manglares, o a José Roberto López, que es un ganadero que quiere restaurar”.

P. ¿Cómo convencemos a la ciudadanía que este es el camino?

R. Lo que la sociedad necesita es agua limpia, bosques y servicios ecosistémicos que permitan continuar la vida. Por eso, la sociedad civil y las personas de a pie tienen que estar atentas a estos mecanismos financieros y sumarse, más allá de cualquier otra agenda. Para mí, el punto es ser pragmático e identificar las oportunidades que estos mecanismos pueden dejar para la región.

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P. Así es, pero incluso en las Conferencias de Partes (COP), el negacionismo frente al cambio climático está avanzando.

R. Lo que está a la vista no requiere anteojos. La degradación y el cambio climático los tenemos enfrente. América Central está siendo fuertemente afectada por un fenómeno de El Niño, quizás el más grande en 50 años. Hay una sequía muy extendida que amenaza la capacidad de los gobiernos para producir alimentos. Ante una agenda negacionista, lo importante son los datos, la evidencia y lo que las personas están viviendo en el campo, como los productores y los ganaderos.

P. ¿Qué más le falta a la región para dar el siguiente paso?

R. Innovación. Ese es el rol que tenemos que jugar instituciones como los fondos ambientales; ser una incubadora, un espacio para la innovación. No es cierto que tengamos todas las respuestas. Muchos de los mecanismos que apoyamos en el campo han dado buenos resultados, pero otros no tanto. Por eso necesitamos espacio para la prueba y el error, y tenemos que trabajar de la mano con la academia para documentar, sistematizar y compartir estas experiencias.

P. ¿Todavía tenemos tiempo?

R. No nos faltan mecanismos financieros. Lo que nos falta es no verlos compartimentados. Cada uno tiene que ser parte de un sistema, como los tributarios de un río que abonan a las metas de conservación y restauración. No son proyectos separados, sino territorios de vida y esperanza. Como me dijo un pescador del río Lempa (en El Salvador) después de escuchar el proyecto: “Ya entendí. Estamos trabajando para que mi hijo pueda seguir pescando aquí”.

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