miércoles, octubre 5, 2022
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En Toro Toro perdura el adobe ecológico para construir viviendas

Tomás Calahuma Arispe nació hace 25 años en Cuñurani, una comunidad del municipio potosino de Toro Toro. Su casa era pequeña, construida con adobes de barro y paja. El mayor de diez hermanos, con el tiempo tuvo que marcharse para trabajar como guardaparques, porque cada vez era más difícil vivir de la agricultura.

Cada vez que volvía, se daba cuenta que su vivienda se hacía menos habitable. La sequía, cada vez más frecuente, hizo que desaparecieran las plantas que usaban los lugareños para refaccionar la infraestructura. Esto sumado a la falta de dinero, hizo que esta numerosa familia tuviera que vivir en una especie de campamento con techos de calamina.

Lejos de desanimarse, Tomás decidió buscar alternativas. Así presentó un proyecto para su comunidad y para otras tres que están alejadas del centro urbano de Toro Toro. La idea era mantener la esencia de las construcciones ancestrales, ecológicas por excelencia: adobe y barro para los muros, y una mezcla de arbustos, caña y cemento para el techo.

Los comunarios se encargaron de levantar una a una las nuevas viviendas..

Así, las comunidades de  Cuñurani, Paychata, Rodeopampa y Matancería, con el apoyo del Centro de Culturas Originarias Kawsay, postularon a un fondo de 46.498 dólares de Selavip, una fundación internacional que apoya la  construcción de proyectos de vivienda de familias urbanas muy pobres de África, Asia y América Latina.  En 2019, les dieron la buena noticia: la iniciativa “Bioconstrucciones para la vida comunitaria”, fue aprobada.

“Son 13 casas ecológicas con material natural y techos vivos, para mantener la identidad cultural de las comunidades, no romper el paisaje natural y por sobre todo, mantener una armonía con la naturaleza. Otro aspecto principal para ganar el fondo fue el compromiso de la comunidad de la mano de obra, como contraparte. Ellos nos dieron el financiamiento para el material”, dice Tomás a La Región.

Antes de iniciar la construcción, los beneficiarios visitaron comunidades, en Santa Cruz, Oruro y otros sitios donde se ejecutaron proyectos parecidos. “Con el asesoramiento de técnicos de Kawsay y otros profesionales nos pusimos a trabajar como hacían nuestros abuelos, con nuestras propias manos, desde el adobe”.

Tras un año de ardua labor, que incluyó trasladar material de construcción hasta 25 kilómetros a pie, subiendo y bajando por quebradas y montañas, las casas quedaron concluidas.

Algunos techos fueron diseñados con una técnica que permite cultivar sobre ellos.

Gracias a ello, desde el pasado 4 de diciembre, los papás de Tomás -Fortunato Calahuma Juárez y Leonor Arispe Soto- así como seis hermanos menores, dejaron su albergue de calamina para mudarse a la casa de dos habitaciones, que cuenta con un baño ecológico y otros espacios que les permitirán vivir en mejores condiciones. “Para mis papás fue una alegría grande. Ahora estoy feliz porque hemos aportado para mejorar su calidad de vida y la de las familias de nuestras comunidades vecinas. Espero pronto buscar otro proyecto para el tema del agua”, dice el también guardaparques.

Las familis beneficiarias durante el acto de entrega de las casas.

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