Cierto día en una comunidad del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis), el sacerdote Enrique Jordán escuchó tocar a una orquesta. Asombrado por el tipo de música que interpretaron los 12 integrantes, anotó sus nombres y los guardó para tenerlos presentes. En un recorrido por otras comunidades, se dio cuenta que muchos de estos pueblos guardaban partituras misionales que nunca habían sido escuchadas fuera de sus territorios. Un tesoro musical escondido.

Tiempo después mediante una carta, el Vicariato Apostólico del Beni, solicitó la entrega de estos documentos para salvaguardarlos en un Archivo Histórico. A cambio se entregó copias, para que los músicos continúen con su arte.

Aquel material ahora forma parte de las 7.063 partituras que se custodia con recelo en un ambiente del Museo de Arte Sacro de San Ignacio de Moxos, un municipio situado a 90 kilómetros al oeste de Trinidad, Beni. El laboratorio, un espacio de pocos metros, contiene música no estudiada de los Siglos XVIII y XIX, y de la que solo existe un catálogo elaborado por Piotr Nawrot, sacerdote musicólogo, conocido por su trabajo con la música barroca latinoamericana.

El ensamble de Moxos interpreta instrumentos de cuerdas y de vientos nativos.

Juan Francisco Limaica, responsable del museo y experto en Bibliotecología, explica que tras la expulsión de los jesuitas (1768), la música que surgió en ese período se diseminó por la región.

Recién en 1973 se supo de la existencia de esta riqueza cultural, cuando el musicólogo chileno Samuel Claro escuchó al coro ignaciano, y pidió ver sus partituras. Tras hojear algunas, publicó un artículo en una revista especializada donde reveló que, en San Ignacio de Moxos, “hay un archivo de música”.

El repositorio tiene tres colecciones importantes: San Ignacio, Trinidad y San Lorenzo de Moxos. Contempla documentos en idioma moxeño-trinitario, pero lo más sorprendente es una colección de cinco mil partituras del Tipnis, que incluye libros de canto.

Lee también: Ruta del bufeo, volver a la naturaleza para curar cuerpo y alma

Melodías para el alma

Es noche de luna en San Ignacio de Moxos. El calor septembrino humedece la piel, pero la adrenalina de volver a tocar frente a un público dada la situación por Covid-19, emociona a los integrantes del Ensamble de Moxos.  

Estar frente a este grupo de jóvenes, considerado un emblema de Bolivia ante el mundo, es un privilegio. Cuando las cuerdas de sus violines, violonchelos y contrabajos, entre otros, empiezan a sonar, de allí no solo sale música, emana un espíritu que encanta el ambiente.

Tras un carnavalito con arreglos exclusivos, la directora, Raquel Maldonado, anuncia la interpretación de otra pieza con el mismo ritmo. Esta vez son arreglos en base a música del Tipnis. Aquello es otra obra de arte que muestra el talento de autores anónimos que escribieron notas como grandes maestros de la composición. Son melodías alegres, mezcla de ritmos que invitan a mover el cuerpo.

Ataviados con vestimenta típica -una bata blanca- los jóvenes empiezan su interpretación sentados, pero a medida que sube el ritmo, se paran y terminan haciendo una fiesta.

Los integrantes se formaron en el Instituto Superior de Música y Turismo de San Ignacio de Moxos. En la casa de dos plantas hay habitaciones de diferentes dimensiones, hay estudiantes, hay maestros ensayando. Desde los cuatro años, los niños eligen un instrumento de cuerdas o vientos para especializarse. De ser constantes, obtienen un título a nivel superior tras doce años de estudio.

Lee más: Gastronomía amazónica: ¿puede la comida exótica ser sostenible?

El inmueble se construyó en 2005 para recibir a profesores que además de formar a los alumnos, tuvieran dónde vivir cuenta Raquel Maldonado. Por entonces no había maestros del lugar y ella misma, paceña de nacimiento, vivió acá cuando llegó en 2004 a impartir clases. Una religiosa navarra, María Jesús Echarry, fue quien impulsó este proyecto desde 1996, para darle vida a la música tradicional moxeña, fruto de la evangelización de los jesuitas en el siglo XVII.

Con el tiempo, la escuela se convirtió en un referente. Apoyada por una oenegé española -Taupadak- en equipamiento o proyectos puntuales como refacciones, su sostenibilidad depende del esfuerzo de su directora, ya que los estudiantes pagan un monto simbólico -Bs 3- por formarse. El otro modo de generar recursos es la venta de discos y giras del Ensamble. Esto último, por supuesto, ha quedado suspendido por el momento, dada la coyuntura de Covid-19.

Actualmente hay más de 360 alumnos, quienes de a poco volvieron a sus clases presenciales. Alrededor de 20 maestros dedican su tiempo a estas generaciones que, tras obtener su título técnico, pueden ejercer a nivel nacional.

Raquel es pianista y una de las pocas directoras de orquesta mujeres del país. Cuando estaba por terminar la carrera en La Paz, fue invitada a venirse a Moxos. “Cuando llegué, esto estaba en la fase de convertirse en escuela, funcionaba en ambientes prestados. No tenía capacidad de dar clases de música, porque todos los ambientes estaban conectados”, recuerda.

Raquel Maldonado en uno de los pasillos de la escuela de música, donde está siempre al pendiente de todo lo que sucede.

Pero el proyecto ya estaba financiado y la escuela se construyó en un año con dinero del País Vasco.

Con el tiempo, el mantenimiento del instituto se hizo cuesta arriba. Los instrumentos son importados, salvo aquellos que tocan los profesionales, quienes -por ejemplo- utilizan violines de Uche, un luthier moxeño de pocas palabras, pero mucho talento.

Miguel Uche, delgado y alto con cabellos crespos, aprendió a construir instrumentos de cuerda porque quería tocar música. En la mesa de su taller, como si de un cuarto de juegos se tratara, hay una regla, hay pegamento, hay retazos de madera, hay “esqueletos” de violines colgados esperando que les den vida.

Lee más: “Ruta del río Apere”, una esperanza de comunidades moxeñas para vivir del turismo

Cuenta que a su abuelo, Francisco Uche, le bastaba mirar algo para darle forma. No hacía instrumentos, pero tenía el ángel de fabricar máscaras.

Cuando llegó la religiosa Echarry, en 1994, organizó un grupo de niños para enseñarles a tocar flauta, cuerdas, tambores y otros. Ante la falta de violines, Miguel hizo uno que no quedó como esperaba.

“Todo a ojo, con machete”, relata. Para 1996, cuando llegó una pareja de luthiers para enseñar a fabricar violines, él aprovechó para hacer un curso de un mes. Hoy sus piezas son consideradas de alto valor musical y llegan a otros países por encargo.

Una joya por descubrir

La plaza principal de Moxos cuenta con lugares para tomarse fotografías. La fachada de la Iglesia refleja los colores que usaban los indígenas para darle vida a sus pintados.

San Ignacio de Moxos es un municipio conocido por su ganadería. De hecho ese es uno de sus principales ingresos, ya que la carne de res que se consume en La Paz, procede de esta región.

Sin embargo, al recorrer las calles y el Museo que está al lado de la Iglesia Parroquial San Ignacio de Moxos, uno se da cuenta que la riqueza histórica y cultural es una joya del turismo por descubrir. Ya en 2012, la Unesco aprobó la inscripción de la Ichapekene Piesta como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad pero falta el puntapié para impulsar todo esto.

Y es que el museo es un repositorio de piezas sacras que no solo encierra la historia de la llegada de los jesuitas y la evangelización en este territorio. Hay piezas de alto valor, custodiadas en vitrinas, así como piezas arqueológicas que esperan ser estudiadas. También fotografías de la legendaria marcha de los indígenas, que ya en la década de los 90 recorrieron 500 kilómetros hasta llegar a La Paz, en demanda de reconocimiento y el ejercicio de sus derechos.

Las 14 salas -explica el director Juan Francisco Limaica- se pueden recorrer en una o dos horas. Anexado a estas está el Archivo Musical.

Lee más: Beni: recorrer la Amazonia boliviana para reconectar con la naturaleza y escapar de la rutina

Francisco señala una de las partituras de música, guardada celosamente en cajones que únicamente se abren en ocasiones muy especiales.

La infraestructura fue restaurada y es auténtica desde la época misional. Tiene dos patios: en el primero se ubicaba el convento; en el otro, funcionaba una escuela de música. Los mejores estudiantes acompañaban las celebraciones eucarísticas.

También se puede conocer la flora y fauna de la zona, como ciervos, piyos, borochi, entre otros. Todo muy bien clasificado. Los mapas ayudan a entender, incuso, por qué se inunda el Beni. “Está en una zona muy baja, pero también porque está abrazado por tres grandes ríos: Iténez, Beni y el Mamoré”, dice Limaica. Cuando colapsa este último, todo el departamento queda bajo el agua.

En los ambientes de arqueología, hay piezas de Reyes, Trinidad, Casarabe y muchos otros lugares. En depósito tienen como 60 cajas de material no clasificado. Una maqueta ayuda a entender el nivel de ingeniería que manejaban los pueblos amazónicos, con camellones y otras estructuras.

Arte en las manos

La pintura, fiel reflejo de la naturaleza, y los tejidos son parte de las obras elaboradas por artesanos moxeños.

Muy cerca de este complejo cultural se encuentra la tienda de artesanos moxeños. Hamacas tejidas a mano, trajes típicos y souvenirs muestran el otro talento de la gente, la habilidad para plasmar obras con hilos, telas y agujas.

Todo esto y las tradiciones que se mantienen intactas, como el respeto a las mamas y al cabildo indígena, hacen de este destino un sitio que vale la pena conocer.

Por ahora, iniciativas como la hacienda San Felipe, buscan reactivar el turismo y ofrecer alternativas a quienes buscan un descanso, o simplemente vivir de cerca la experiencia de los trabajos de campo. Lo más aconsejable, sin embargo, es alternar ese relax con un recorrido por los sitios mencionados y terminar la jornada viendo el atardecer en la laguna Isireri o “anguila grande”.

Cuenta la leyenda que el nombre se lo debe a un niño de nueve años, que un día acompañó a su madre a lavar ropa a un lugar húmedo y fangoso. Tras acabar su faena, la mujer llamó a Isireri, pero él no aparecía. Desesperada, la mujer convocó a la gente de su comarca para que la ayudaran a buscarla y, al volver, se encontraron con el inmenso cuerpo de agua.

Isireri no apareció nunca más, pero dicen que se convirtió en jichi, una anaconda gigante, que ahora custodia este lugar.

La Laguna Isireri es un sitio turístico muy concurrido en San Ignacio de Moxos. Foto: Rocío Lloret.

Hospedaje sugerido en San Ignacio de Moxos: Cabañas San Felipe 591-60202245



¿CÓMO FINANCIAMOS NUESTRO TRABAJO?

La Región depende de lectores como vos, que apoyan la existencia y sostenibilidad de un periodismo útil, de calidad y más humano. En tus manos está que se conozca la situación medioambiental y de ecoturismo de Bolivia, con noticias, historias e investigaciones que se hacen posibles gracias a tu aporte. Dale