miércoles, diciembre 7, 2022
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Los guardianes del Bosque Seco Chiquitano se enfrentan a “piratas” y cazadores con la visión de nuevos desafíos

Los habitantes de cinco comunidades indígenas cuidan sus bosques de amenazas como la caza furtiva y la tala ilegal de árboles. Comprendieron que las ganancias que dejan actividades sostenibles son interesantes y buscan más alternativas.

Cuentan que los “piratas” llegan, observan la zona, señalan árboles, se van. Al día siguiente vuelven, caminan directamente a esos “palos” que marcaron, los cortan con motosierras que ni siquiera se escuchan, y se los llevan.

“Piratas” es el término con el que los habitantes de comunidades del Territorio Indígena Originario Campesino (TIOC) Monte Verde conocen a foráneos que llegan a cortar árboles para aprovechar la madera ilegalmente. Lo hacen sin control y con la estricta intención de obtener recursos.

Muchas veces, cuando son sorprendidos, dejan las troncas en el camino. Ante esa irrupción, algunas comunidades han optado por colocar anuncios que prohíben la tala ilegal y a la vez han instalado trancas en la vía de acceso principal hacia su territorio para mantener vigilancia sobre los camiones que circulan por ese tramo.

Monte Verde es un territorio indígena de gran superficie. Sus más de 947 mil hectáreas superan a Puerto Rico. Lo más importante: gran parte de esa extensión está cubierta por bosques, lo cual hace que sea vulnerable a diferentes amenazas.

Así, en esta inmensa marea verde de Bosque Seco Chiquitano a la tala ilegal se suman los cazadores furtivos; aquellos que ven la actividad como un deporte o una manera de ganar recursos fácilmente, a costa de carne de animales de monte. 

Por eso, en las comunidades el cuidado de estos territorios es organizado, de manera que haya vigilantes que detecten si llega un extraño con malas intenciones. 

En los últimos años, algunas de estas actividades han disminuido. En Río Blanco, por ejemplo, cuentan que las advertencias que lanzan los habitantes desde los medios de comunicación de Concepción –la zona urbana más cercana– han dado resultado. También lo hicieron los avisos colocados en lugares estratégicos. 

Guardianes del bosque

La vigilancia está siempre presente en estas poblaciones, aunque la mayor parte del tiempo está destinado a su actividad productiva, que va desde la crianza de ganado hasta la agricultura en pequeña escala. 

“Nosotros somos cuidadosos de los recursos naturales, somos los dueños y somos parte de la naturaleza. Eso es lo bueno, que vivimos en el territorio”, dice Moisés Masay, presidente de la comunidad Cosorió Palestina. 

Las comunidades de Monte Verde han asumido esa condición, de guardianes del bosque, en todas sus actividades. “Antes no le dábamos importancia a los cusis, se perdía el fruto. Ahora, con las asociaciones de mujeres que están organizadas, el coco (del cusi) ya no se pierde. Elaboran champús, cremas, se está aprovechando”, dice Freddy Masay, presidente de la Organización Forestal Comunitaria (OFC).

Las asociaciones de mujeres que elaboran aceites, cosmética y pomadas de uso terapéutico con base en la palma de cusi y el árbol de copaibo, también han asumido el cuidado de sus áreas de trabajo de recolección. Las señoras de Cosorió Palestina, por ejemplo, están impulsando un censo de sus palmas de cusi, y las de la comunidad El Rancho ya cuentan con un inventario: 237 copaibos en 60 hectáreas para cosechar su apreciada oleorresina.  

“Empezamos a andar con nuestros productos, decíamos a las clientes que si consumen, aparte de que les hará bien usar el producto, nos iban a ayudar desde la ciudad a cuidar el bosque”, relata Ignacia Supepí, de Río Blanco.  

De cinco comunidades del Territorio Indígena Originario Campesino (TIOC) Monte Verde –Río Blanco, Cosorió Palestina, Palmarito de la Frontera, Santa Mónica y El Rancho–, solo esta última no extrae madera de su bosque porque se dedica principalmente a la ganadería en pequeña escala. En las demás, la ejecución del plan de manejo forestal es una actividad primordial que provee ingresos anuales seguros.

Iniciativas productivas ante adversidades climáticas

En Santa Mónica, las mujeres de la comunidad elaboran productos de uso cosmético y de salud en base a productos extraídos del bosque. Foto: WWF Bolivia/ Rodrigo Urzagasti

Los comunarios de Monte Verde prueban constantemente actividades que puedan reportarles ingresos para su sobrevivencia. Algunas familias apostaron por la producción de fruta. En El Rancho, hay quienes se decantaron por cultivos de papaya. Pero este año no fue bueno. El 20 de junio pasado, según el monitoreo de Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), una helada azotó a la región, quemando los pastizales y parte de la foresta.  

Sandro Macoñó, un joven de 34 años, perdió tres hectáreas de papaya –un fruto amazónico lechoso– en una helada que azotó la zona en junio de este año. 

“En otros lados ha llovido y acá nada. Mis papayas han recuperado algo, están vivas, por eso pienso que con unas lluvias ya deberían dar (frutos). En octubre deberían dar, pero esto lo desmoraliza a uno. Quizás ya no va a ser su tiempo, hay que esperar, tal vez al año”, lamenta.

Delia Macoñó y su esposo también fueron afectados en sus tareas agrícolas por el temporal de invierno. “Cuando estábamos empezando (con la producción), llegó la helada, como si hubiera pasado el fuego por encima de la papaya. Se fregaron (perdieron) nueve hectáreas”, asegura. 

En una región donde las familias suelen producir maíz, yuca, arroz y frejol para su subsistencia; la inversión y trabajo de las parejas jóvenes en proyectos más grandes, puede ser frustrante. 

El Rancho por ahora tiene un respaldo en la producción de aceites y derivados de copaibo gracias a sus 237 árboles, pero se sustentan en la ganadería en pequeña escala. En este sistema, las familias indígenas cuidan y alimentan al ganado en sus tierras comunales –aunque los animales son de propiedad de un empresario– y pueden disponer la leche a diario para producir quesos u otros productos que venden en el mercado.

Algunos piensan en el cultivo de café como opción de producción agroforestal. Otros, como Sandro Macoñó, empezaron a capacitarse en la crianza de abejas. Ambas son ideas que esperan probar en cuanto tengan mayor conocimiento al respecto.

“Tenemos 10 cajas de abejas, hay varias cositas que uno está aprendiendo. Tuvimos la primera (sesión), nos faltan otras capacitaciones. Estamos poniendo los primeros panales. Le estamos poniendo interés. En este tiempo hay cualquier cantidad de flores. Hay harta abeja”, explica Macoñó, sentado a la vera de la extensa reserva de copaibo que tiene su comunidad. 

Todas estas oportunidades son las que sostienen la esperanza de estos pueblos chiquitanos. Si bien los más jóvenes suelen ser los que más rápido se desaniman, son también quienes más arriesgan cuando surge una alternativa. Acorde con los nuevos tiempos y pese a que las señales de comunicación no son las mejores, muchos de ellos están a la vanguardia de las tecnologías gracias a Internet. Por eso también sueñan con aplicar herramientas modernas en sus emprendimientos, algo que -están seguros- mejoraría su calidad de vida y sus opciones.

Alternativas en la mira

Foto: WWF Bolivia/ Rodrigo Urzagasti

Hasta ahora, la actividad maderera sostenible ha servido para mejorar la calidad de vida de estos pobladores. Ello los ha llevado a pensar en utilizar ese dinero para financiar aserraderos y proyectar otras iniciativas.  

Actualmente, las comunidades tienen cultivos de subsistencia familiar. Esto significa que habilitan parcelas de tierra mediante el manejo responsable del fuego. Son huertos de no más de un cuarto de hectárea, que les permiten sembrar maíz, plátano, arroz y yuca para garantizar su consumo propio.  

Los jóvenes, en cambio, están entusiasmados con probar otras actividades. En la comunidad El Rancho han introducido la crianza de cerdos, porque demanda menos espacio y cuidados que el ganado bovino, que suele sufrir por la escasez de agua durante buena parte del año debido a la sequía. “Ya tenemos 50 madres (porcinas), más 30 que vamos a traer”, dice uno mientras hace cuentas sobre las ganancias que obtendría. 

Las nuevas experiencias tampoco les hacen perder de vista su principal opción: preservar el bosque. Rolando Chuvé, representante de El Rancho, anuncia que completarán el censo de árboles de copaibo hasta llegar a los 300 ejemplares. No incluirán ni uno más a la recolección de oleorresina, para que el resto del bosque quede intacto, porque es la cantidad para la que pueden garantizar labores de mantenimiento y cuidado.

Todas estas acciones son posibles gracias a las malas experiencias que dejaron los incendios y la capacidad de resiliencia de la gente frente a su realidad climática. Por ello, en cada paso que da una comunidad se consulta: ¿qué impacto tendrá esto en la naturaleza?, ¿nos generará ganancias?, ¿es posible lograr un desarrollo sostenible y amigable con el medio ambiente? Hasta ahora, en este territorio se ha demostrado que sí.

 


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