Vegetación del Abayoy recuperándose, después del incendio del 2019.

El Abayoy es uno de los ecosistemas menos conocido y casi endémico de Bolivia. Considerada una de las pocas zonas que quedan con bosques vírgenes y un tipo de vegetación única, abarca Puerto Suárez (Pantanal), San Matías y Roboré, en Santa Cruz. Se trata de un territorio tan poco estudiado, que expertos plantean que el 80 por ciento de su extensión está en el país y cierto porcentaje podría encontrarse en Paraguay, posiblemente con otro nombre. Todo ello lo hace único en cuanto a biodiversidad de flora y fauna.

En los últimos tres años, este corredor biológico ha sido golpeado por incendios forestales de diversa magnitud. Esto no ha dado el tiempo suficiente para su regeneración y recuperación. Gran parte de este ecosistema se encuentra en el Área e importancia ecológica Ñembi Guasu, la segunda área de conservación más grande de Bolivia, con 1,2 millones de hectáreas y amplia frontera con Paraguay. Está junto a los Parques Nacionales Kaa Iya y Otuquis, con los cuales conforma una cadena de conservación.

Juan Carlos Catari, vicepresidente del Colegio de Biólogos de Santa Cruz e investigador, realizó exploraciones biológicas en la zona para la Fundación Nativa, con el fin de elaborar el plan de manejo que está actualmente en edición.

Cenizas acumuladas en el camino después de los incendios de 2019 en el Abayoy.

En entrevista con La Región, dice que lo que se está viendo en los últimos años son quemas frecuentes iniciadas por la mano del ser humano y se pregunta: si han pasado cientos de años que la zona no se quemaba con tal magnitud y con tal frecuencia, ¿por qué ahora sí sucede?

Su alusión hace referencia a que hay áreas en la Chiquitania que tienen incendios naturales, los cuales tienen una frecuencia cada cinco o diez años; no cada año, como sucede actualmente. En otros sitios, como este, la naturaleza no tiene la flora adaptada para soportar las llamas. Además, los lugares donde están los incendios no tienen comunidades cerca, lo que indica que alguien inicia las quemas.

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Aunque Ñembi Guasu es un área protegida del Gobierno Autónomo Indígena Originario Campesino de Bolivia Charagua Iyambae (Gaioc), lo que implica que no debe haber actividad dentro, Catari asegura que “hay asentamientos ilegales”.

“Esa es una zona de bosque chiquitano transicional en buen estado de conservación. Estuve allá a inicios de año y es un monte alto de hasta 25, 30 metros de alto, denso, pero ya tiene colonos adentro. ¿Por qué a la gente le interesa estas tierras? Porque son productivas. Lo único que necesitan esas tierras es un poquito más de agua, pero las tierras son productivas y eso induce a que la gente quiera avasallar y hacer negocios”, afirma.

La vulnerabilidad de la zona

Vegetación del Abayoy quemada tras el desastre ecológico de hace dos años.

Cuando cae una helada, como la que se registró el 31 de julio pasado en Santa Cruz, hay que esperar incendios de magnitud. Así lo refieren expertos en el tema. Sucedió en 2019, antes de los incendios y sucedió este año.

“Normalmente la helada seca las hojas en los árboles mismos, luego estas caen y forman una biomasa seca. Basta una chispa para incendiar todo. A principios de este año, yo estuve en la zona (Ñembi Guasu) y ya estaba tratando de recuperarse, pero la gente debe entender que, el hecho que esté verde, no quiere decir que esté recuperando”, explica el biólogo.

Haciendo una analogía, cuando alguien se quema un brazo, el hecho que pueda moverlo, no significa que la piel está recuperada del todo; lo mismo sucede con la vegetación. Muchas veces la televisión muestra reverdecer después de una lluvia, pero si se hace un muestreo, se verá que la pérdida de vegetación no se ha recuperado.

De hecho, se necesita tres componentes para que ese fenómeno suceda:

  1. – Que los nutrientes del suelo estén relativamente a disposición de las plantas.
  2. – Que tengan los polinizadores para que esas plantas puedan regenerar nuevamente un banco de semillas.
  3. – Que tengan los dispersores necesarios.

En 2019 -dice Catari- se quemó entre el 30 y 40 por ciento de Ñembi Guasu, ¿usted cree que los polinizadores y dispersores han vuelto en su totalidad?

Abayoy, el tesoro escondido

Todos los animales que no pueden correr rápido, son alcanzados por el fuego y terminan muriendo por quemaduras o por asfixia, los tatus, pejis o tata bola, son un grupo muy afectado.

El ecosistema del Abayoy forma parte de la ecorregión de la Chiquitania y tiene características muy peculiares. Entre otras cosas, está en un clima seco, lo que significa que solo llueve entre tres y cuatro meses del año. Además, funciona como un corredor entre la ecorregión del Chaco, que está al oeste y la ecorregión del Pantanal, que está hacia el este. Tanto desde la Chiquitania hacia el sur, como hacia el Chaco, el Abayoy forma un corredor en cruz.

“El Abayoy es un complejo de ecosistemas. Por un lado, tiene un bosque chiquitano de transición al Chaco, después tiene un matorral, que tiene un conjunto de especies únicas en la zona, pero lo que más llama la atención es cómo se organizan las especies”, afirma Catari.

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Ese clima seco y sus suelos arenosos son los que lo hacen altamente susceptible al fuego. Pese a que es un ecosistema adaptado a la condición extrema del clima, las características de la flora, indican que no está adaptado para sufrir incendios con frecuencia, como sí sucede con el Cerrado.

Frente a esta situación, el experto recomienda, una vez terminen los incendios:  evaluar los daños in situ en el menor tiempo posible, hacer un monitoreo mediante estaciones meteorológicas y monitorear la biomasa. Finalmente, la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT), “debe analizar la posibilidad de que ya no se permita chaqueos en esta zona”.

Porque más allá del daño al medioambiente, se desconoce el que se está provocando a pueblos no contactados, como los ayoreos que están en Ñembi Guasu. “Estamos quemando la casa de los ayoreos. Sus áreas de cacería están siendo afectadas, fuentes de agua, todo”, lamenta Catari.



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