En Villa Montes, en el sureste de Bolivia, corazón del Chaco boliviano, un bosque golpeado por la sequía y la deforestación todavía resguarda esperanza. Allí, tres emprendimientos liderados por mujeres apuestan a la miel como una alternativa para diversificar su economía de forma sostenible y en armonía con la naturaleza.
“Por la sequía hemos perdido hasta el 50% de nuestra producción. Yo cultivaba hasta dos hectáreas de maíz, anco y zapallo”, relata Etelvina Robles, comunaria y productora de miel de la comunidad de San Antonio.
La sequía ha golpeado con fuerza al Gran Chaco en los últimos años. En 2022, Villa Montes declaró desastre tras reportar más de 800 familias damnificadas y la pérdida de 825 hectáreas de cultivos, según datos el Ministerio de Defensa Civil. Dos años después, la situación fue aún más crítica: más de 10.777 familias resultaron afectadas y se perdieron cerca de 2.700 hectáreas de producción, de acuerdo con datos oficiales.

Frente a las pérdidas y la incertidumbre que provoca la sequía en el Chaco, algunas comunidades buscan alternativas de sustento que les ayuden a resistir y adaptarse. Una de ellas es la apicultura, que se ha convertido en fuente de ingresos y, al mismo tiempo, en un vínculo con la protección de los bosques. Así lo demuestran tres grupos de mujeres de las comunidades guaraníes de San Antonio, Chimeo y Tahiguaty, que emprendieron con la venta de miel y sus derivados.
Miel que nace en un área protegida

En un día nublado, un grupo de mujeres se interna en el bosque para revisar sus apiarios. Entre ellas va doña Etelvina, lideresa de la Asociación de Productores de Miel y Derivados de San Antonio, quien prepara sus herramientas de trabajo. El terreno donde realizan esta actividad forma parte de la comunidad La Costa, dentro del Área Natural de Manejo Integrado Serranía del Aguaragüe
Esta área protegida resguarda una valiosa biodiversidad y nacientes de agua dulce fundamentales para el ecosistema y las comunidades. En este entorno, las mujeres instalaron sus apiarios, donde las abejas recolectan néctar de árboles nativos como el algarrobo (Prosopis alba y Prosopis nigra), que aportan a la miel un aroma y sabor únicos.
Hasta 2020, las integrantes de la asociación se dedicaban únicamente al cultivo de maíz, anco, poroto y zapallo. La sequía redujo drásticamente la producción y, con ella, sus ingresos. ‘Somos once mujeres. Estamos con el proyecto desde 2020 y, con la llegada de la pandemia, quedó paralizado. A finales de 2023 lo retomamos con el apoyo de la oenegé Ayuda en Acción y, desde entonces, contamos con 19 colmenas’, relata Etelvina.
Cuando Etelvina y sus dos compañeras llegan al área de colmenas, en la comunidad de La Costa, preparan las chimeneas que generan el humo necesario para calmar a las abejas y trabajar con seguridad. Una vez encendido el fuego, se colocan el traje y el equipo especial que las protege de pies a cabeza.

Dora Pantaleón, quien acompaña a Etelvina, señala que la asociación cuenta con 19 colmenas y realizan dos cosechas al año. La primera fue en febrero, pero las fuertes lluvias redujeron el rendimiento a 13 kilos por colmena, frente a los 20 kilos que suelen obtener. Ahora, en plena etapa de floración, esperan la segunda cosecha en unos 45 días. “En la última cosecha las flores sufrieron deterioro por la lluvia que duró como tres meses”, lamenta la productora.
Las mieles monoflorales, como la de urundel (Astronium urundeuva) o de cuchi (Schinopsis balansae o Myroxylon peruiferum), se producen a partir del néctar de una sola especie de flor. En cambio, las multiflorales combinan néctar de distintas especies, como algarrobo, bobo, cítricos y flores silvestres. En el Chaco boliviano sobresale la miel de mistol (Sarcomphalus mistol), reconocida por su sabor y cualidades únicas.
La miel recolectada se reparte de manera equitativa entre las asociadas. Cada una también la comercializa de forma independiente, ya sea en su barrio o directamente con los vecinos. Paralelamente, la asociación mantiene una base de clientes fijos y distribuye el producto tanto en el mercado local como en otros municipios del Gran Chaco.

Actualmente, la miel a granel en Villa Montes se comercializa a 40 Bs el kilogramo, frente a los 30 Bs de cosechas anteriores. El incremento responde al alza de insumos y otros costos de producción. En municipios vecinos del Chaco los precios son similares o incluso más altos: en Macharetí se vende a 40 Bs, en Yacuiba oscila entre 40 y 45 Bs, y en Entre Ríos alcanza hasta 50 Bs por kilogramo.
En 2024, la Asociación de Productores de Miel y Derivados de San Antonio obtuvo el primer lugar en el Encuentro de Pequeños Emprendedores, realizado en la Universidad Juan Misael Saracho de Villa Montes, en reconocimiento al trabajo de un grupo de mujeres organizadas.
Actualmente, las asociadas impulsan un proyecto ambicioso: establecer una ruta turística de la miel, aprovechando la riqueza vegetal del bosque como atractivo para fortalecer el turismo comunitario.
Además, proyectan capacitarse en la elaboración de derivados de la miel y destinar parte de sus ganancias a la adquisición de equipos y materiales que mejoren sus procesos productivos: purificadores, para optimizar la filtración de la miel (cuyo costo aún están cotizando), y gavetas, cajas para el almacenamiento y manejo de colmenas, con un valor aproximado de 2.500 Bs. Esto les permitirá ampliar su oferta y mejorar la calidad de sus productos.
Mientras recolectan miel, las mujeres de la asociación también cumplen un rol de vigilancia en la Reserva del Aguaragüe. A través de WhatsApp informan al Sernap sobre tala u otras actividades que dañan la naturaleza, ya sea a los técnicos o directamente a la dirección de la institución, convirtiéndose así en verdaderas guardianas del bosque.
Miel que se convierte en cera laminada

Otro grupo de mujeres que encontró en la miel una alternativa de sustento está en la comunidad de Chimeo. Allí, 20 integrantes conforman la Asociación de Mujeres Kuñareta Iparavisike, que en guaraní significa “Mujeres Trabajadoras”. Se dedican a transformar la miel en láminas de cera estampada, un insumo utilizado para formar las bases de los panales dentro de las colmenas.
A diferencia de las productoras de San Antonio, esta asociación mantiene sus colmenas en espacios familiares: muchas familias de Chimeo las instalan en sus potreros (parcelas) e incluso en el huerto escolar.
Mercy Arapino, presidenta de la asociación, cuenta que el proyecto fue impulsado por el Centro de Estudios Regionales de Tarija (Cerdet). El apoyo incluyó capacitaciones y la instalación de un taller con las herramientas necesarias para el trabajo. En un inicio participaron unas diez mujeres, que comenzaron a formarse y organizarse en torno a la producción apícola.
Como todo comienzo, tuvo sus dificultades. “Competíamos con el contrabando de miel que ingresaba de Argentina, cuyos precios eran mucho más bajos, pero con el tiempo logramos que nuestro producto tenga calidad y sea requerido”, relata Mercy.
Además de la miel, en la elaboración de las láminas las asociadas incorporan un 10 % de parafina para darles mayor consistencia y evitar quiebres. Esta proporción se definió tras diversas pruebas, pues aporta naturalidad y es mejor aceptada por las abejas. Sin embargo —precisa Mercy—, es mucho menor que en otras formulaciones de grandes empresas, que pueden emplear entre 30 y 40 %. Esta reducción no solo vuelve el producto más natural, sino que también garantiza una mejor calidad.

La Asociación de Mujeres Kuñareta Iparavisike comercializa cada lámina de cera en Bs 11, mientras que la caja de 120 unidades se vende en Bs 1.200. En temporada alta (marzo, junio, agosto y diciembre) llegan a distribuir hasta 200 cajas. “Tenemos garantía de nuestro producto, las abejas la aceptan en un 100%”, cuenta Mercy.
La productora detalla que en el taller trabajan en dos turnos y que la labor exige alta precisión en la manipulación de la cera dentro de los moldes y la maquinaria. Explica que cualquier error en la temperatura o en el prensado puede afectar la calidad de las láminas estampadas.
“Para facilitar el acopio de miel, se adoptó el trueque como mecanismo alternativo. Los productores que entregan un pan de cera de un kilo reciben siete láminas a cambio, o, si lo prefieren, un pago directo de 70 bolivianos por kilo”
Te puede interesar: Cinco pueblos indígenas de la Amazonia boliviana usan tecnología y puestos de control para autogobernarse y preservar su territorio
Tras obtener su personería jurídica, las integrantes de la asociación comenzaron a consolidar su trabajo en el rubro. Desde entonces, han logrado comercializar su miel tanto en el Chaco como en los mercados de Santa Cruz, Tarija y Potosí.
Llevan un control detallado de ingresos y egresos, y reparten las ganancias de las ventas en partes iguales. El proyecto arrancó en 2020 con un fondo inicial de 2.000 bolivianos y, para 2024, superaron los 10.000 bolivianos.
En la etapa de floración 2025/2026, las colmenas se fortalecen con nuevas abejas obreras, lo que incrementa la demanda de cera. Las productoras ya se alistan para una próxima entrega.
Estela Cuellar, mburuvicha —término guaraní que significa lidereza— de la comunidad, destaca que muchas de las mujeres involucradas son jefas de hogar que buscan generar ingresos propios. En varios casos, sus parejas han migrado a otras regiones o a Chile en busca de empleo, dejándolas como principales responsables del sustento familiar.
Miel y productos cosméticos

En la comunidad guaraní de Tahiguaty, mujeres agrupadas en la Asociación Eikavi —que significa “buena miel”— incursionaron en la apicultura como una forma de diversificar sus ingresos. Con la miel no solo venden el producto puro, sino que también elaboran shampoo, jaboncillos y cremas naturales, que comercializan en ferias locales y en departamentos como Santa Cruz, Tarija y Potosí, explica Gabriela Araguino, integrante de la asociación.
Cuenta que el grupo comenzó como parte de un proyecto anual del Gobierno Regional de Villa Montes, que ofreció capacitación y apoyo. Con el tiempo, se consolidaron de forma independiente, añadiendo valor agregado a su producción. “Ofrecíamos en ferias locales y dejábamos tarjetas para que nos contacten”, detalla.
Para elaborar una docena de botellas de shampoo, las familias reunían dos kilos de miel y, por semana, podían preparar hasta cinco cajas, cada una con doce unidades. Todo el proceso, completamente artesanal, se realizaba en sus propias cocinas o sobre fogones, combinando paciencia, destreza y tradición. Hace unas semanas, las mujeres tuvieron que detener la producción debido al aumento en los precios de los insumos. Actualmente, solo ofertan los pocos productos que quedaron en stock y esperan que los costos se estabilicen para reactivar su emprendimiento.

La apicultura también forma parte del modo de vida guaraní. “Como nación guaraní, nos dedicamos a la agricultura, apicultura y, en menor proporción, a la ganadería”, explica el líder comunal William Durán. Señala que la producción de miel representa una buena alternativa para la comunidad, especialmente en esta época, cuando enfrentan la muerte de ganado a causa de clostridiosis.
Esta iniciativa no solo mejora la economía de los hogares, sino que también fortalece el trabajo colectivo y los saberes ancestrales. De las aproximadamente 70 familias que habitan la zona, unas 20 se dedican a la apicultura. Aunque no todos están asociados, muchos producen para el consumo propio y venden el excedente en comunidades cercanas.
Nabor Mendizábal, técnico apicultor que ocasionalmente acompaña al grupo de San Antonio, destaca la motivación y el espíritu innovador de las productoras. Señala que, aunque la apicultura requiere inversión y tiempo para dominarla, el deseo de aprender de las mujeres se mantiene firme, incluso frente a las limitaciones económicas.
Villa Montes: potencial apícola bajo amenaza
Los emprendimientos liderados por mujeres están revitalizando el mercado de la miel en Villa Montes, un ámbito tradicionalmente dominado por varones, y fortalecen la capacidad productiva del sector apícola local. Gracias a condiciones excepcionales de floración, que permiten hasta cuatro cosechas al año, la región se ha consolidado como un centro destacado de producción melífera, generando alrededor de 430 toneladas anuales, según datos de la Empresa Boliviana de Alimentos (EBA).
Sin embargo, la apicultura enfrenta amenazas crecientes. Las intensas lluvias registradas a principios de este año provocaron daños significativos en las colmenas. En enero se reportaron 134 mm de precipitaciones y en febrero 51 mm, cifras superiores a las del año anterior, según datos del INE. Estas condiciones climáticas extremas afectan la salud de las abejas y disminuyen la producción de miel.

Otra amenaza clave es la deforestación, que se ha acelerado en Villa Montes en los últimos dos años, afectando directamente la apicultura y reduciendo los recursos disponibles para las colmenas. Entre 1956 y 2022, el municipio perdió 56.154 hectáreas de bosque, lo que equivale al 5,21 % de su superficie, según la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).
A esto se suma la expansión de la frontera agrícola. En comunidades como Vertiente —que recién se inician en la apicultura— y Tahiguaty, se ha reportado la muerte repentina de colmenas, posiblemente por intoxicación con insecticidas, según el especialista en apicultura Nabor Mendizábal.
Este panorama evidencia la vulnerabilidad de los apiarios ante fenómenos climáticos extremos y la presión de la agricultura intensiva.
El bosque y la miel
La apicultura depende directamente de la conservación del bosque, una fuente vital de néctar y resinas. No obstante, el desmonte para la producción de carbón vegetal amenaza este equilibrio. Según el especialista Nabor Mendizábal, un apiario con entre 20 y 30 colmenas necesita unas 220 hectáreas de bosque para obtener hasta dos cosechas al año.
Además, las abejas cumplen un rol clave en la biodiversidad y la producción de alimentos: su desaparición pondría en riesgo la regeneración de los bosques y hasta el 70 % de lo que consumimos.

En el Chaco boliviano, Yacuiba ha perdido casi un tercio de su cobertura boscosa debido a la expansión agropecuaria, mientras que Villa Montes conserva el 94,8 % de sus bosques, lo que fortalece su resiliencia climática y permite un desarrollo apícola sostenible.
No obstante, en Villa Montes también surgen tensiones. En la zona de La Costa —considerada ideal para la crianza de abejas—, apicultores de otras regiones han comenzado a instalar grandes apiarios que compiten por los recursos y podrían afectar negativamente a las colmenas locales en el futuro.
En medio de este monte resiliente, las mujeres guaraníes de Villa Montes han tejido una red de emprendimientos que demuestra que, cuando se protege la naturaleza y las mujeres lideran, la apicultura puede convertirse en una herramienta de transformación y resistencia.
Escucha sus voces:
*Esta investigación fue realizada en el marco del VI Fondo de apoyo periodístico “Crisis Climática 2025”, que impulsan la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático (PBFCC) y Fundación Para el Periodismo (FPP).










