Son piedras resbalosas y senderos estrechos. Los incas los recorrían con destreza, conocedores ellos de caminos que les permitían comunicarse entre lo que hoy es el sur de Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, Argentina y Chile. El paso de los años no pudo borrar aquellos vestigios, conocidos como el Qhapaq Ñan o camino del inca; una red de aproximadamente 5.200 kilómetros de extensión. Ahora, una comunidad de La Paz -Ispaya Grande- busca mostrar parte de ese atractivo, además de su milenaria cultura y gastronomía, basada en alimentos nutritivos y saludables.

Ubicada en la provincia Omasuyos, a 135 kilómetros de la sede de Gobierno, esta pequeña comarca es parte del municipio de Ancoraimes. Está a orillas del Lago Titicaca, por lo que también permite disfrutar de un agua que refleja el azul intenso del cielo y respirar un aire puro, lejos de la contaminación de la ciudad.

Cuenta la gente del lugar, que por este territorio corrían los chasquis, mensajeros personales del inca. Estos jóvenes llevaban mensajes por el sistema de correos del Tahuantinsuyo, que consistía en entregar el recado por postas.

El «Sendero del ratón» lleva ese nombre por lo estrecho que es. Para acceder a él, es recomendable ir con un guía del lugar.

Con la agilidad de un guanaco, estos muchachos atravesaban el “Sendero del ratón” sin problema. El nombre se lo pusieron porque es una senda tan delgada, que solo pasaría un roedor. Conocían cada una de las piedras lisas que encontraban a su paso; algo que para los turistas de hoy en día es un desafío, que deben enfrentar acompañados de un guía del lugar.

Esta ruta también es conocida como el camino de la Vizcacha o Cerro Escalera, parte de la red caminera mencionada.

Daniel Cutipa Mamani, General (autoridad) de la comunidad, dice que estos lugares son milenarios. Para él y los nacidos en esta tierra, subir y bajar por estos parajes es tan sencillo como respirar. Para quienes llegamos de la ciudad, es una aventura que requiere equilibrarse y tener sumo cuidado. No apto para niños ni personas de tercera edad o con movilidad reducida. “Es como caminar sobre piedritas en medio del lago”, define una turista.

“En esta loma también hay vizcachas que no se dejan ver, pero que cuando aparecen, son inofensivas”, dice Daniel.

Los ispayeños decidieron apostar por el turismo vivencial, con medidas de bioseguridad estricta y brindando a sus visitantes la seguridad necesaria para un descanso reparador de un día.

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Paisaje del Lago milenario

El paisaje altiplánico, un contraste de colores, que alegra la vista y le da un respiro a la cotidianidad.

La comunidad está frente a la Isla del Sol, por lo que permite una vista única del Lago Titicaca, el navegable más alto del mundo, con 3.800 metros sobre el nivel del mar. También es vecina de la población Quillima, mejor conocida como el Dragón Dormido (por su forma rocosa), que es una de las místicas poblaciones, plagada de leyendas y tradiciones de sus apus (abuelos).

Desde el ingreso a Ispaya Grande, se abre una ventana natural donde se observa las aguas azules, como si uno fuera parte de un cuadro o un espejo entre el cielo y el agua salada.

En la población viven 150 personas que gozan de las bondades de la pesca y la agricultura, quienes recurren a plantas medicinales para tratar sus males.

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Alimentación de los dioses

Doña Antonia es la experta en la elaboración del wallake o sopa de pescado.

La gastronomía es una de las riquezas mejor conservadas de estas personas. No usan químicos en su producción y cosechan desde papa hasta haba, arveja, maíz y tarwi, entre otros. En el caso del tubérculo, luego lo convierten en chuño y tunta, tipos de papas deshidratadas y congeladas. Respecto a carnes, su base es el pescado del lago.

Como muchas poblaciones rurales, no cuentan con gas domiciliario ni acceso a botellones de gas licuado, por lo que cocinan en fogón a leña y ollas de barro, lo que le da un sabor especial a la comida.

Antonia Mamani se encarga de preparar el Wallake de trucha y mauri, una tradicional sopa andina elaborada con una hierba de la zona llamada k’oa. Esta última y el ají amarillo molido en batan (piedra) le dan el toque y sabor especial a este caldo.

“El secreto del sabor está en hacer cocer todo en fogón y en ollita de barro, la sopa se sirve hirviendo, humeando. Es buena para la gripe y para que las wawas (niños) tengan más inteligencia”, explica Antonia.

En la población, todas las familias se conocen y se ayudan, no hay restaurantes o negocios de venta de comida, lo que significa que si desea pasar un fin de semana en Ispaya debe coordinar el tema de la alimentación.

Al tratarse de un programa de turismo comunitario, cada habitante tiene responsabilidades para atender a la gente.

Antonia Mamani, por ejemplo, se encarga del menú, que incluye alimentos del lugar, como la papalisa, un tipo de tubérculo.

Dado este componente, este proyecto está apoyado por el Movimiento de Integración Gastronómico Alimentario (MIGA). “Nos vamos con el compromiso de volver con equipos técnicos para promocionar su cultura gastronómica y turística cuando el turismo se reactive. Pero cuando esto suceda, las comunidades tienen que estar preparadas”, afirma Leslie Salazar, directora ejecutiva de MIGA.

Cuidados contra el coronavirus

Hierbas como la ruda son muy utilizadas en medicina natural en esta comunidad.

Daniel Cutipa, primera autoridad, cuenta que en su comunidad no hubo casos de Covid-19. Bajo su perspectiva, esto se debió a la buena alimentación que tienen, pero principalmente gracias a la abundancia de plantas medicinales que hay en la zona.

De hecho, al ingresar al pueblito, se siente el olor a eucalipto, aunque también usan la ruda, manzanilla y otras plantas que ellos ya conocen.

“En ese tiempo que moría tanta gente y no había hospitales para las personas del campo, se protegían con mates de eucalipto y todo tipo de hierbas, que además las utilizaban como carbón para sahumar las casas”, cuenta doña Rosario otra lugareña.

Las mujeres que daban a luz, tampoco contaban con atención médica, “lo único que les dábamos es una planta que se llama Chijchipa”, recuerda Antonia.

El aymara como idioma primario

Ispaya Grande tiene una escuela, que acoge a 18 estudiantes de primaria. Aquí los niños crecen como hermanos y mantienen su lengua primaria, el aymara. Por ello entonan el Himno Nacional, declaman y cantan canciones en ese idioma.

El establecimiento acaba de cumplir 76 años al servicio de la educación. “En tiempos coloniales la educación solo era para los hijos de los hacendados. Nuestros abuelos contaban que un campesino que quería aprender a leer o escribir, era azotado. Ahora las cosas han cambiado y queremos que nuestros niños aprovechen en superarse para que años más adelante coadyuven con el desarrollo del país y de su comunidad”, exhorta Víctor Quispe, director del establecimiento.

Un viaje de dos horas

Para llegar a esta localidad se debe partir de la Terminal de Transporte Interprovincial de El Alto, ubicada en Villa Esperanza. Se debe tomar un vehículo que vaya a Ancoraimes (caseta 7), el costo del pasaje es de Bs 12 (casi dos dólares).

El viaje dura aproximadamente dos horas y se disfruta de un paisaje gris y marrón, que dan los cerros, además de majestuosos nevados que pueden verse en algunas partes. 

Una vez en Ancoraimes, se debe tomar un taxi que vaya hasta Ispaya Grande, que está a unos 20 minutos. El costo del pasaje es de Bs 15 (poco más de dos dólares). Para grupos más grandes, Norberto Cutipa Castillo, comunario del lugar, ofrece su servicio de transporte y coordina la estancia y alimentación. Se lo puede contactar al (591) 71170325.