Foto: Suzanne Vargas.

Humamarka es una comunidad marcada por el agua. Cuentan que allá por 1985 una inundación obligó a salir a más de la mitad de sus habitantes, porque no hubo lugar que no fuera inundado por la crecida del Lago Titicaca. Pero la gente volvió. Volvió de a poco, desde distintos puntos de Bolivia y también desde otras latitudes. Volvió porque quería seguir cultivando su papa, sus habas, su quinua. Quería volver a ese rincón que está a 20 kilómetros del sitio arqueológico de Tiwanaku y a 60 kilómetros de La Paz. Allá donde el frío altiplánico contrasta con el sol que brilla en medio de un cielo azul intenso. Quería volver a pescar para alimentarse y transmitir a sus hijos aquellos saberes ancestrales, danzas y comidas. Quería volver, para no irse más.

Hoy, a 36 años de aquel suceso, en el lugar se preparan para recibir a turistas ansiosos por avistar aves, “algo que nosotros no habíamos visto como potencial”, dice Miguel Alacona, jaliri o máxima autoridad originaria.

Guías locales utilizan botes a remo para llevar a los turistas hasta el mirador y dar un paseo por el llamado lago sagrado. Foto: Doly Leytón Arnez

Los humamarqueños no solo no se dieron cuenta que tenían una riqueza ecológica a su alrededor, sino que no sabían que ello podía representar una alternativa de progreso para la comunidad, sin tener que destruir su entorno.

Fue así que hace tres años arrancó un proyecto denominado “Apoyo al desarrollo del turismo comunitario en Tiahuanacu”, impulsado por el Fondo Extremeño Local de Cooperación al Desarrollo (Felcode) y el Gobierno Municipal de Tiahuanacu. El mismo que logró la financiación de la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional al Desarrollo (Aexcid).

Entre otras cosas, se construyó un mirador de aves que está en medio del lago Titicaca y desde el cual no solo se puede observar una variedad ornitológica nativa muy grande, sino también otra migrante, que llega en ciertas épocas. Todo ello, acompañado de la posibilidad de conocer y convivir un poco con la gente del lugar hacen de este sitio un lugar ideal para visitar ya no solo los monumentos de piedra de Tiwanaku, sino una ruta para pasar entre dos o tres días realizando diversas actividades.

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Guardianes del lago

La comisión de turismo está conformada por estos jóvenes, quienes además se encargan de difundir el emprendimiento. Foto: Rocío Lloret Céspedes

La organización social de las comunidades aymaras se conserva intacta. Por ello cada decisión que se toma debe ser avalada por los habitantes. Así se conforman las directivas y, en este caso, la comisión de Turismo.

Para la presente gestión la preside Rolando Alanoca Quispe, quien tiene como vicepresidente a Rubén Alanoca Quispe; secretario de actas, Ronald Mairana Mendoza; hacienda, Almer Alanoca Quispe, y prensa, Juan Américo Alanoca Nina.

Ellos, además de encargarse de la promoción del emprendimiento, serán los guardianes del sitio turístico, para que los foráneos no espanten a las aves, por ejemplo, o no boten basura donde no corresponden.

Conscientes del importante rol que les tocará cumplir, actualmente reciben capacitación para brindar información, pero sobre todo para estar atentos ante cualquier contingencia.

“Somos todos jóvenes. La comunidad nos ha confiado este rol para que podamos expicar a la gente qué se puede y qué no hacer”, dice Rolando.

Sus compañeros también hacen promoción en redes sociales, por lo que si quiere seguir las actividades, puede darle “like” a https://www.facebook.com/Turismomiradordeavessilvestreshumamamrca

Desde los aires

Los flamencos australes pueden ser avistados a orillas del lago, algunos incluso con sus crías. Foto: Suzanne Vargas

Desde el mirador de aves, al que se llega en botes impulsados a remo, los flamencos australes (Phoenicopterus chilensis) se ven en bandadas alzando vuelo con sus alas rosadas. Además, tres especies de patos zambullidores –Podiceps occipitalis juninensis y Rollandia rooland y Rollandia microptera– aparecen de pronto del fondo del lago para volver a desaparecer entre las plantas de totora. Pero también hay chokas (Fullca ardesiaca), cuya carne es consumida por los lugareños como parte de su alimentación, en especial cuando alguna enfermedad deja el cuerpo humano diezmado.

En un tríptico de la Asociación Civil Armonía, se contabiliza 69 especies registradas en todo el municipio. Algunas llegan por épocas, procedentes de otros países. Bastan unos vinoculares para darse cuenta la cantidad de individuos regados en el extenso lago navegable más alto del mundo.

Los jóvenes de la comunidad están entusiasmados con la llegada de turistas para mostrar la riqueza en avifauna de Humamarka. Foto: Rocío LLoret Céspedes.

“Ellas (las aves) nos guían para la siembra, cosecha, helada, granizo. El kere kere, por ejemplo, hace su nido en el agua y de acuerdo a la altura en la que lo construye, nosotros sabemos si ese año subirá o no el lago”, dice Rolando.

Los aficionados al aviturismo suelen quedarse varias horas en silencio tan solo para avistar y fotografiar a estos individuos. En este lugar de brisa fría aquello no solo es posible, sino necesario para reconectar y cargar energías.

Turismo vivencial

El wallake es uno de los platos típicos que las mujeres de esta comunidad preparan para los visitantes. Foto: Doly Leytón Arnez

Tras esa experiencia, de recorrer además una parte del lago que no tiene los niveles de contaminación de otros, porque en esta parte no desembocan muchos ríos grandes, el visitante podrá conocer un poco de la cultura de Humamarca, una comunidad de 80 habitantes.

Aquí la dieta principal está compuesta por pescados como el k’arachi o el pejerrey (aunque cada vez quedan menos), así como la papa, el chuño, tunta (dos variedades de papa deshidratada y congelada), así como las ocas (otro tubérculo típico de la zona) y las habas. A esta alimentación que muchas veces se suma la de la carne de choka, los lugareños atribuyen no haber tenido casos ni muertos por coronavirus.

Para cuando les toque recibir visitantes, el jaliri Miguel Alanoca asegura que se tomarán las medidas de bioseguridad necesaria. De hecho ellos mismos utilizan barbijo cuando tienen reuniones comunales.

Por el momento en la zona de llegada de los vehículos se está construyendo sombrillas, para que los turistas puedan cubrirse del intenso sol invernal que azota la zona y puedan descansar.

El tour incluye una muestra de bailes autóctonos como «Mimula», con la participación de hombres y mujeres de la comunidad. Foto: Doly Leytón Arnez

Tras una coordinación, también tendrán la oportunidad de probar el wallak’e, una sopa de pescado, elaborada con una hierba especial llamada k’oa. También conocer la danza Mimula, ritual de tiempos inmemoriales en la que se hace alusión a los zorros que solían llevarse ovejas. Entre los personajes que participan está el kusillo (según algunos historiadores, una parodia del arlequín español), el achachi y las abuelas. Todos ellos se mueven al ritmo de quenas, que interpretan melodías alegres. “Dicen que cuando el zorro quiere llevarse gente, el achachi lo defiente, eso es parte del baile”, describe Pablo Quispe Huayta, vecino del lugar.

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