La embarcación, de diez metros de largo por tres de ancho, está en Huatajata (La Paz) y permitirá a los visitantes recorrer el Lago Titicaca.

Es una réplica, en menor escala, de las que hacía el célebre constructor aymara, que fue contactado por expertos extranjeros para hacer estructuras que atravesaron océanos. 


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Por Rocío Lloret Céspedes 

Fotos: Doly Leytón Arnez / Rocío Lloret

Paulino Esteban murió el 12 de abril de 2016 añorando su última travesía. Deseaba construir su última balsa de totora –Wiracocha- para que zarpara desde orillas del Lago Titicaca. Que navegara por mares y océanos, como lo hicieron RA II, Tigris o URU. Que Bolivia tuviera un acceso al mar. Ya en el ocaso de su vida pidió a su nieto, Juan Carlos Arratia Esteban, le ayudase a cumplir la hazaña haciendo los trámites. Porque si bien sus grandes embarcaciones recorrieron el mundo, ninguna partió de la tierra que lo vio nacer 88 años antes. Aún ahora, en la comunidad Chilaya Grande de Huatajata, a 77 kilómetros de La Paz, Juan Carlos espera hacer realidad el sueño de su abuelo.

Son las diez de la mañana de un día de julio y el sol invernal se diluye en las aguas del lago Titicaca, hoy de un azul intenso por el reflejo de un cielo sin nubes. En el puerto de Chilaya Grande, apenas caben dos balsas de totora, cada una con una cabeza de puma en cada extremo. Están amarradas y se mueven al son de pequeñas olas. La brisa es suave, pero el viento altiplánico frío.

Kon Tiki (der.) y otra embarcación más antigua. Al centro, Celso Arratia, el papá de Juan Carlos, también constructor.

Una de las embarcaciones ya tiene tiempo de uso, algunas reparaciones y huellas que deja el agua. La otra, también imponente, es nueva, le faltan detalles, pero está lista para zarpar.

Juan Carlos – delgado, piel cobriza, rostro delineado- es el constructor de esta última. Comenzó a hacerla hace un año y todavía le faltan las velas dice. Se llama Kon-Tiki, igual que la que el explorador noruego Thor Heyerdahl (1914-2002) hizo construir en Perú en 1947, para probar su hipótesis de que el origen de los polinesios estaba en Sudamérica y no así en Asia, como todos creían.

Pero el proyecto de Juan Carlos no busca surcar mares, sino continuar con el legado de su abuelo: construir balsas de totora para revalorizar la cultura aymara.


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La estirpe de los Esteban

Juan Carlos aprendió de su padre y su abuelo a darle forma a la totora. Su primera pieza, como sucede con todos los niños de su familia, fue una diminuta llama, que hoy le demanda menos de dos horas en la fabricación. Después hizo barquitos y, mucho después, balsas de hasta seis metros de largo; aquellas que sus antepasados usaban para salir de la isla de Paco (hoy Suriqui) cuando necesitaban transportarse hacia comunidades terrestres.

Paulino, en cambio, solo tuvo a su abuelo. Su papá murió en la Guerra del Chaco, cuando él tenía un año y tuvo que obviar la escuela para ayudar a su mamá. Sin saber matemática ni física, este hombre de baja estatura, regordete y ojos pequeños, pensó y pensó hasta idear la manera que una embarcación de más de 12 metros de largo pudiera cruzar el Atlántico, desde Marruecos hasta la isla Barbados, con seis personas a bordo. La hazaña se concretó en 1970, tras 57 días de navegación.

“Fue un desafío para él”, dice Juan Carlos, porque tras una primera expedición frustrada, el insistente Thor Heyerdahl buscó a los mejores constructores del lago Titicaca y así dio con Paulino y los hermanos Limachi: José, Juan y Demetrio. Juntos hicieron RA II, en alusión al dios sol egipcio, pero no con totora sino con papiro, un material similar.

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Después vinieron Tigris (1978), que cruzó el Mar Rojo hasta Djibouti en el Mar Índico, en un recorrido de 6.800 kilómetros; Uru (1988), que zarpó del puerto del Callao, Perú, e hizo una travesía de cinco meses por el océano Pacífico hasta la Polinesia. Finalmente, Mata Rangi I (1997), de 30 metros de largo, seis de ancho y cuatro de altura, que lamentablemente se hundió a mitad de trayecto.

En cada expedición el experimentado Paulino, ya junto a su familia, ensayaba nuevas técnicas para mejorar la navegación: cómo cortar la totora para que no se dañe, cómo amontonar los chorizos (fajos de totoras) para moldearlos en piezas enteras, cómo lograr que la paja brava que se usa para amarrar las piezas sea más resistente. El hombre quizá sabía más que quienes lo contrataban, pero entendía también que “donde manda capitán, no gobierna marinero”.

Hoy en día, los Esteban continúan con el legado. Hijos, yernos y nietos se dedican a este oficio que les ha permitido tener dos centros artesanales, donde las mujeres muestran tejidos de alpaca, oveja y vicuña, hechos con hueso de llama, y los varones las piezas de totora, así como la historia de sus hazañas.

Esa también es una manera de recordar al patriarca, quien antes de morir les pidió que se mantengan unidos. “Van a andar bien, eso nos ha encargado. Por eso estamos así todos, caminando juntos”, dice Fermín Esteban, uno de los cinco hijos vivos de Paulino y Juana Bautista. En realidad fueron 11, pero los otros seis, como solía suceder en estas regiones, murieron muy jóvenes.

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Los “chorizos” que se apilan para la construcción. Esta técnica es propia de Paulino Esteban, para hacer las barcazas de piezas enteras de totora.

La nueva generación

El nieto lideró esta construcción, que demandó más de un año de trabajo.

Juan Carlos acaba de inaugurar Kon-Tiki Bolivia, una embarcación de diez metros de largo, por tres de ancho. Acorde a la época, además de los remos para zarpar, esta tiene piezas de madera y un motor para impulsarla una vez que está fuera de la orilla. Su capacidad es para 20 personas, que pueden disfrutar del paisaje desde la planta baja, un poco más abrigada, o arriba, donde el viento golpea a la par de las olas. Como sucede con muchas de las estructuras de los Esteban, lleva una cabeza de puma hábilmente tejida: Titi, el dios guardián de la tripulación a bordo.

El heredero de los Esteban, más allá de invitar a los turistas a recorrer el lago navegable más alto del mundo, busca llamar a la solidaridad, al respeto y cuidado del medio ambiente.

Su abuelo se alimentaba de pescados y choka, una especie de pato acuático que todavía se oye y se ve por estos lares; pero hoy en día la sobrepesca y la trucha acabaron con el carachi, la boga y el mauri, especies nativas que hasta hace algunos años se disfrutaban a buen precio. “Ahora es más barato comprar un pollo que cinco pescados”, dice.

Quizá por eso mucha gente emigró a la ciudad, en busca de días de mejores. El propio Juan Carlos lo hizo para estudiar Turismo en la universidad, pero al cabo de un tiempo se dio cuenta que nada podía ser mejor que su lago, aquel que ahora luce con plásticos en las orillas y que ya no es tan cristalino como antes. Pese a ello, estar aquí siempre será mejor que estar en medio del caos de las ciudades, el ruido de los motores, los gritos de vendedores y gente que camina casi sin mirar a nadie.

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Este domingo de invierno, el sol brilla y a su alrededor graznan las aves, en medio de imponentes cerros y pequeñas islas que se ven en el horizonte. Sí, Paulino Esteban no se equivocó cuando decidió quedarse aquí y no cambiar ni su vestimenta ni sus costumbres. Fue famoso, pero ante todo un gran hombre. “Por eso yo voy a seguir tocando puertas para que nos apoyen, para poder navegar hacia el mar desde aquí”, dice el nieto, con la ilusión de –algún día- construir Wiracocha, ya no con su abuelo, sino con su padre, sus tíos y sus primos. Para que la embarcación que soñó Paulino zarpe de aguas bolivianas y encuentre una salida al mar, aunque sea solo gracias a un trámite burocrático.

En el cartel, Paulino Esteban, con una explicación en inglés sobre sus hazañas.

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