Por las calles de arena de Santo Corazón el tiempo parece detenido. Chozas oscuras con techos de palma soportan incólumes el calor intenso en medio de patios amplios. Hornos de barro con brasas ardientes cocinan panecillos redondos con harina encima. Ollas tiznadas en fogones a leña emanan olores intensos a ceniza y cebolla. Patios amplios, perros casi en huesos y gatos demacrados. Aquí todos se conocen. Aquí no cambia mucho la vida.

Santo Corazón es una comunidad del Área Natural de Manejo Integrado (ANMI) San Matías, un área protegida de 2,9 millones de hectáreas, la segunda más grande de interés nacional; transición entre Pantanal boliviano y Bosque Seco Chiquitano. Se trata de una de las últimas misiones jesuíticas, fundada en 1760, siete años antes de la expulsión de la Compañía de Jesús de América.

En la reciente fiesta se buscó recuperar las tradiciones y danzas típicas.

Formada por indígenas chiquitanos, esta comarca inicialmente estaba a orillas del río Tucabaca, pero fue trasladada 68 kilómetros por inundaciones y ataques de otras etnias. Así quedó en el lugar donde se encuentra ahora, aislada de los centros urbanos más cercanos: 390 kilómetros desde la capital de San Matías, y 107 kilómetros desde Roboré. De ahí que, aunque pertenece al municipio matieño, la vía de acceso más factible es atravesando el Valle de Tucabaca por Santiago de Chiquitos.

“Santo Corazón nació con 1.500 habitantes”, dice Francisco Paticú, maestro de escuela quien trabaja en un libro sobre la historia de esta comunidad recopilando datos desde el año 2000. Hoy se estima que allí viven 186 familias, pero en 1992 no había más de 700 personas. La gente se iba por la falta de oportunidades, entre ellas, derechos básicos como educación y salud.

Hasta antes de 1940 -recuerda Paticú- solo los hijos de los ganaderos (la zona siempre fue dedicada a esa actividad) podían pasar clases. Sus padres contrataban maestras brasileras por la cercanía con la frontera y les pagaban clases particulares. “Los hijos de los indígenas originarios no tenían derecho”, recuerda.

Gran parte de la población de Santo Corazón se dedica a la ganadería y trabaja en haciendas que están en los alrededores.

Recién cuando una de estas profesoras extranjeras decidió incluir a todos los niños y se construyó la primera escuelita pese a la oposición de quienes le pagaban, se logró una educación inclusiva. Pero tuvieron que pasar 57 años (1942-1999) para que se empezara a impartir clases de secundaria. En 1999 se comenzó con primero medio, como se decía por entonces; al año siguiente, segundo, y así hasta llegar a cuarto, y tener la primera promoción.

Este factor fue determinante para frenar la migración extrema. “La intención era evitar que el pueblo se vacíe, porque yo veía que (los jóvenes) mucho se venían (a la ciudad). Había harta gente, no en el pueblo mismo, sino en los alrededores (las haciendas), pero se iban”, afirma Paticú.

En este proceso tuvo mucho que ver la iglesia Católica. En 1979 llegaron dos religiosas de la congregación Sagrada Familia, quienes sacaron a Roboré a los primeros 14 jóvenes y señoritas para formarlos hasta el bachillerato. Uno de ellos precisamente fue Paticú, quien años más tarde volvería a su pueblo convertido en maestro de escuela y luego impulsaría la formación secundaria.

Poca luz en el camino

Para llegar a Santo Corazón se atraviesa el valle de Tucabaca por un camino antiguo que está en muy mal estado y que en temporadas de lluvia es intransitable. Foto: Doly Leytón

Si bien las cosas mejoraron de a poco, lo que no ha cambiado mucho es la vinculación caminera. En época de lluvias se puede tardar hasta seis horas en ingresar a Santo Corazón (antes se demoraba hasta dos días) por un camino estrecho de tierra roja rodeado de un monte espeso que se convierte en una pista de patinaje incluso para los vehículos de doble tracción.

Este año, luego de hacer presión al municipio matieño, se logró que la maquinaria de la Alcaldía amplíe algunos tramos y arregle otros para la fiesta del pueblo que se conmemora cada 14 de junio, por el Sagrado Corazón de Jesús. “Quisimos celebrar luego de dos años (por la pandemia), porque vimos la necesidad de rescatar tradiciones que se estaban perdiendo”, asegura el subalcalde Rudecindo Pachurí.

Este factor hace que los productos que llegan al pueblo cuesten el doble y hasta el triple de su precio en el mercado. Si a ello se le suma que la sequía, entre otras causas, han provocado que ya no se cultive plátano, yuca, arroz, frejol e incluso caña para el azúcar, como en su momento lo hacían los antepasados, tenemos que la gente requeriría Bs 8000 al mes para una familia de seis miembros, que es el promedio en este lugar.

La iglesia de Santo Corazón mantiene la esencia jesuítica.

“Si hacemos números de consumo de alimentos diarios, una persona no bien comida al día allá necesita 40 bolivianos. Saque la cuenta, en una familia donde hay seis miembros como mínimo, se necesita más de seis mil bolivianos. De ahí viene la ropa, el estudio. Una familia necesita un mínimo de ocho mil bolivianos acá”, calcula Francisco. Frente a ello, las posibilidades que plantea el maestro tienen que ver con proyectos de desarrollo sostenible, por ejemplo, o agrícolas, apelando a formas de trabajo antiguas, cuando se aprovechaba la tierra dejándola descansar el tiempo pertinente hasta que se recupere.

Los servicios básicos tampoco son eficientes. La luz eléctrica, por ejemplo, continúa siendo un lujo. Por Bs 10 mensuales por cada foco que hay en una casa, se puede gozar de dos horas en el día para tenerla. Quienes cuentan con motores a diésel deben pagar entre Bs 6 y 8 por litro del carburante (cuando este cuesta Bs 3.70), para tener luz todo el día, pero son los menos, y solo en ocasiones especiales. La señal de internet es débil.

“En 1985, por ahí, la iglesia (Católica) puso luz. Antes de eso estudiábamos con leña. Y en el 90 o 94 recién tuvimos tendido eléctrico en todas partes, igual que agua”, recuerda el ‘profe’ Paticú.

El empoderamiento femenino

Flor Delicia Ramos en su taller de tejido en Santo Corazón. Foto: Alejandro de Los Ríos

Las mujeres de Santo Corazón son conservadoras por naturaleza. En 2018, cuando el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) decidió financiar proyectos en esta comunidad, la Fundación para la Conservación del Bosque Seco Chiquitano (FCBC) empezó a socializar ideas con ellas, en busca de oportunidades sostenibles. Así, se encontró que se podía aprovechar los conocimientos en medicina natural asociados a la presencia de determinados árboles y plantas del lugar para industrializarlos, y generar ingresos sin causar daño a la naturaleza.

Luego de superar dificultades de organización, alrededor de 15 mujeres conformaron la Asociación de Mujeres de Santa Corazón, quienes ya producen aceites esenciales de plantas como paja cedrón, soimahaca y albahaca de campo, cuyos usos son medicinales. Pero más allá del emprendimiento, la experiencia ha permitido que ellas ejerzan su derecho a tener voz y voto, y se empoderen en la toma de decisiones del sistema comunitario que rige en el pueblo.

Flor Delicia Ramos, la presidenta, es muy respetada en el lugar por el impulso y tenacidad que pone en el trabajo. También porque desde su perspectiva, conservar el lugar donde viven les permite a las nuevas generaciones gozar de los privilegios que tienen hasta ahora de contar con agua, vivir en un lugar seguro y, sobre todo, gozar de las bondades de estar en un área protegida.

Reina Cayú, una de las tejedoras del lugar, también ha sabido ganar un lugar importante, merced a las piezas que entrega al diseñador Luis Daniel Ágreda, quien confecciona ropa de colección en base a las aplicaciones. Actualmente, según cuenta el experto en alta moda a La Región, además de contar con el trabajo de Reina, también cuenta con el de su hija, y el de Flor Delicia.

“Hace tres meses (en abril) nos abastecimos con un pedido y vamos a volver a trabajar con ellas a mediados de agosto para los productos de fin de año”, asegura Ágreda.

Otras madres muy activas, como Dalcy Cabrera, eligieron caminos donde se requiere más esfuerzo físico para servir a su comunidad. En su caso, decidió ser bombera voluntaria porque en los incendios forestales de 2019, Santo Corazón estuvo a punto de ser alcanzado por las llamas. Desde entonces junto a otros comunarios aprendió lo necesario para reaccionar frente a tal fenómeno muy frecuente en el ANMI San Matías.

Aunque son importantes, estos avances no han sido suficientes para retener a los jóvenes corazoneños en su tierra. La mayoría debe emigrar al terminar el colegio para estudiar ya sea en Roboré o en Santa Cruz de la Sierra. Quizá lo que ha cambiado es que muchos deciden volver para trabajar por su tierra, o se convierten en trabajadores de las estancias de sus padres.

Sin embargo, el cambio climático ha hecho mella en esta área protegida, donde la sequía es uno de los principales problemas y la razón por la que la dieta de los lugareños esté conformada por carbohidratos (arroz, fideo, frituras y carne), y muy pocas hortalizas como el tomate. Esto dio pie a que en otro proyecto del PNUD ejecutado por FCBC se piense en mejorar la alimentación, ya que este es un elemento determinante a la hora de enfrentar la Covid-19.

“Nuestros antepasados consumían verduras de la naturaleza. Motacú, cogían la fruta, la rebababan. El palmito, para ensaladas. Había harina de totaí. Después tenían calabaza, pavi, que es una fruta dulce. En cuanto al monte, la melea de abeja, no le fallaba la miel. La jevora, el polen de la flor que lleva la abejita. Se aprovechaba todo, por eso vivían más”, evoca Paticú. Quizá por eso, la gente vivía más de 90 años y ahora la esperanza de vida no supera los 80 años.

Frente a esta situación y con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los habitantes, actualmente se construye un huerto comunitario en el que en agosto próximo se prevé cultivar lechuga, tomate, vainilla, pepino, berenjena, remolacha, cebolla y zanahoria. Marcelo Cardozo, responsable del proyecto y dependiente de la FCBC, asegura que solo falta poner el soporte de un tanque de agua que extraerá agua del río que pasa cerca, para iniciar la siembra. ¿Quiénes estarán a cargo del trabajo, el cuidado y todo el resto? Sí, las mujeres.

Bosque amenazado

La paraba azul, en peligro crítico de extinción, tiene su hábitat en esta área protegida. Foto: Alejandro de Los Ríos.

La fiesta de Santo Corazón -cuentan los vecinos- siempre fue un momento para reunirse. Quienes se marcharon vuelven a sus raíces, bailan, comen, beben y lloran al recordar su niñez o juventud en esta tierra colorada.

Este 2022 fue especial, porque autoridades de los municipios vecinos -Roboré, El Carmen Rivero Tórrez- se sumaron a las de San Matías para llegar hasta este lejano lugar y celebrar con la gente.

En las calles la música brasilera era el sonido ambiente casi sin descanso. Durante una semana, se carneó reses, se habilitó parlantes, se contó con la presencia de orquestas musicales de otros municipios. De forma insólita, llegaron posokas (invitados en bésiro) desde todas las zonas aledañas. Allí se pudo ver, entonces, que las tradiciones religiosas estaban intactas, aunque muchas otras se hubieran perdido.

En ese ambiente, era difícil de hablar lo que sucedía internamente: posiciones encontradas respecto al ingreso de la minera Mincruz para explotar manganeso. Semanas antes, en el cabildo (centro de reuniones y de toma de decisiones de la comunidad, las autoridades comunales habían decidido dar paso a la explotación. Aquello además venía respaldado por las autorizaciones de desmonte de la ABT (Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra) como del Sernap (Servicio Nacional de Áreas Protegidas); algo inusual porque se trata de un área protegida. Aunque finalmente, a principios de julio, se dejó sin efecto tales permisos, porque la empresa “no cuenta con licencia ambiental para el proyecto minero Sagitario en el ANMI San Matías”, ya en otras ocasiones la misma firma buscó maneras para llevar adelante sus proyectos. Entretanto, entre los corazoneños queda latente la postura entre quienes piensan que la minería “es una oportunidad”, y quienes ven que perderán mucho si permiten su ingreso.

“Como pueblo indígena, tenemos derecho, no queremos seguir estancados. Nací, crecí y sigo en mi pueblo. Tengo 50 años y no veo progreso”, reclama el subalcalde Pachurí. Como él hay vecinos que piensan que la iglesia Católica contribuyó al pueblo más que el Estado. De hecho, cuando salieron las religiosas de la Sagrada Familia, muchas cosas quedaron a medias y todavía hoy el colegio de convenio que funciona en la comunidad depende de Roboré, como ellas lo dejaron.

Esta realidad de desatención de las autoridades nacionales y subnacionales profundiza la presión al área protegida. Los tejidos que envía Reina Cayú a Santa Cruz, los aceites de la Asociación de Mujeres, la harina de yuca que se produce, y todo aquello que puede ser comercializado, depende de un camino por el que muy pocos se animan a ingresar, por el alto costo, las dificultades y el tiempo de viaje.

Los lugareños suelen transportarse hasta las haciendas donde trabajan en caballo, otros lo hacen en vehículo cuando tienen la suerte de que alguno pase.

Tal vez por eso cuando se plantea la alternativa del turismo como actividad sostenible, la primera respuesta es que el acceso no hace fáciles las visitas. Porque de haber atractivos, hay muchos. No solo la iglesia misional que queda en pie y un reloj de piedra que volvió a funcionar este año, sino experiencias inigualables de compartir con familias chiquitanas e incluso ver en su hábitat a la famosa Paraba azul o Jacinta (Anodorhynchus hyacinthinus), un ave que está en peligro crítico de extinción.

“Estas llegaron aquí a refugiarse después de los incendios de 2019 y se quedaron”, cuenta el dueño de una hacienda, quien ahora las protege y se regocija al verlas volar en determinados horarios que él ya conoce. Quizá en eso -en el turismo comunitario- esté la respuesta a no tener que recurrir a la explotación minera para mejorar los días de los corazoneños.

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