Pocubé con el fusil de madera que le regalaron. Esperaba uno de verdad, bromeó.

Va a cumplir 103 años y recuerda con lucidez cómo fueron los años de la Guerra del Chaco, que disputaron Bolivia y Paraguay. Vive en San José de Chiquitos, aunque nació en Roboré y se enamoró de Portón, una comunidad de ese municipio.

Partió al territorio bélico cuando tenía 18 años. Aprendió a empuñar el fusil y vio morir a sus compañeros. Hoy su hija menor se encarga de su cuidado y para su numerosa familia es un privilegio tenerlo con vida.

Texto y fotos Rocío Lloret Céspedes

Desde la esquina donde Pedro Pocubé Muller descansa en su hamaca, se ven pasar motos a gran velocidad. Los niños cruzan la calle sin temor, y una que otra persona que camina por su acera lo saluda con respeto, aunque él ya no escucha si no se le habla fuerte al oído. Sonríe. Su pequeño rostro luce apacible, como si nada le preocupara a los 102 años. Pedro Pocubé Muller es el último combatiente de la Guerra del Chaco que vive en San José de Chiquitos, a 280 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra.

Este viernes de junio en la capital josesana hace un calor intenso. Es hora de la siesta y el hombre que se encargó de dotar de municiones al ejército boliviano ahora recuerda aquellos años (1932 – 1935) como si no hubiera pasado tanto tiempo. “Yo tenía 18 años cuando me presenté, en 1934, en plena guerra”, dice emocionado, con una capacidad asombrosa para recordar fechas, lugares y nombres.

Por entonces, recuerda, su natal Roboré era apenas un campamento en el que los viajeros descansaban a su paso para llegar a Brasil o viceversa. De hecho, él nació el año de la fundación del hoy municipio cruceño: 1916. Al lugar, las noticias sobre cómo se desenvolvía el conflicto entre Bolivia y Paraguay solo llegaban por radio. Enterada de la situación, la gente estaba pendiente a la información, porque cada cierto tiempo los más jóvenes debían partir hacia el campo de batalla.

La lucha por una riqueza inexistente

Municiones y armas que se usaron en la Guerra del Chaco. Foto: Navel Arroyo.

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Cuando el escritor cochabambino Augusto Céspedes tituló su libro ‘Crónicas heroicas de una guerra estúpida’, el compilado de textos que publicó como corresponsal en el periódico Universal de la época; resumió en una frase lo que significó la contienda más importante de Sudamérica durante el Siglo XX.

Entre el 9 de septiembre de 1932 y el 12 de junio de 1935, Bolivia y Paraguay se enfrentaron por el Chaco Boreal (un territorio seco, caluroso por demás e inhóspito), creyendo el país vecino que en esa zona de 500 mil kilómetros cuadrados había reservas de petróleo. “Los pilas –como se les decía a los paraguayos- pensaban que ahí estaba la riqueza, pero estaban equivocados”, dice Pedro y mueve las manos con frenesí para explicar cómo fueron aquellos tiempos.

Partí cuando tenía 18 años, era el año 1934, en plena Guerra. Los paraguayos querían atropellarnos y tenían a varios presos encerrados. Pero ellos no conocían la zona y nosotros, los que partimos de Santa Cruz, sí. Por eso le llamamos la campaña del Chaco, porque se disputaba dentro del monte. Aquello era correr y disparar.

El ejército de Bolivia contaba con 250 mil hombres; el de Paraguay, con 150 mil. Sesenta mil compatriotas y 30 mil paraguayos murieron en combate, pero principalmente por la hostilidad de un clima extremadamente cálido, la falta de agua y la mala alimentación. No fue sino hasta años más tarde que se conoció que allí no había ni una gota del llamado “oro negro”. Lo que sí, el 14 de junio de 1935 se firmó el protocolo de paz y un año más tarde, el país vecino obtuvo el reconocimiento de casi toda la zona a su favor.


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Defender el lugar donde se nace

La libreta de benemérito de Pedro Pocubé. Foto: familia Pocubé.

Este 29 de junio, Pedro cumple 103 años. Con una vasta familia dispersa, fruto de las seis hijas que tuvo con Melchora Yospi (un varón y sus gemelos murieron siendo muy jóvenes), ahora radica en el barrio Villa Fátima de San José de Chiquitos. A este lugar llegó en 1979, cuando la comunidad que adoptó como propia, Portón, se inundó a causa de una incesante lluvia que casi hace desaparecer todo el pueblo.

Cuando en 1934 le tocó partir a la Guerra, supo que tenía que hacerlo por un deber y no así una obligación. “Me presenté, porque yo soy nacido en Roboré. Tenía 18 años y dije: voy a volver muerto, pero voy a defender la tierra donde he nacido. Cuando me dieron el fusil, ya quería verme allá enfrentando a los pilas”, dice.

Ronny Zambrana Pocubé, uno de sus 40 nietos, cuenta que su abuelo se casó en 1937, dos años después del cese de hostilidades. La huella que dejó la contienda bélica en su vida marcó también la de su familia. Estricto como el soldado raso que fue, muchas veces solía ser muy tajante con quienes le rodeaban. “Vio morir a sus compañeros y eso seguro marca a cualquiera”.

Este hombre, encargado de distribuir municiones, educó a tres generaciones. Aún hoy cuando alguno de sus nietos necesita algo, está ahí para darle consejos y brindarle el apoyo que necesite.

Por eso para sus descendientes es muy importante tenerlo vivo, aunque hasta ahora los Pocubé nunca han podido reunirse en su totalidad, porque al ser tantos (hay más o menos 40 bisnietos), ni siquiera en Navidad pueden hacer coincidir sus tiempos.

Vivir para contarla

El excombatiente muestra uno de los reconocimientos que le entregó Roboré.

Le pregunto a don Pedro cómo se llega a sobrepasar el siglo de vida. Ahora, sentado en su hamaca, ríe casi a carcajadas. Suspira y responde que prefiere tomar una sopa antes que comer alimentos sólidos. Ronny cree que es porque las generaciones de antes no consumían conservas y todos los alimentos que llegaban a su mesa eran producidos por ellos, sin aditivos ni conservantes. “Se pelaba el arroz en tacú y mi abuelita sembraba y cosechaba el café que íbamos a tomar. El azúcar venía de la caña de azúcar; en la mesa nunca había nada envasado, todo era natural”.

El hombre que aprendió a empuñar el fusil siendo muy joven ahora necesita a dos personas para pararse. Su hija menor, Eleonora, se encarga de su cuidado y es quien, para él, merece un reconocimiento.

Pedro durante la conmemoración del cese de hostilidades de este año. Foto: familia Pocubé.

No hace mucho murió el último benemérito que quedaba en Roboré y ahora solo está Pedro, a quien ese municipio y el de San José disputan como hijo célebre, por la historia que encierra su vida. Por eso los militares le rinden homenajes y hace poco le regalaron una escopeta de madera. En tono de broma, el hombre les dijo que pensaba o esperaba una de verdad.

Este año, aprovechando la llegada del presidente de Paraguay, Mario Abdo, la conmemoración del aniversario 83 del cese de hostilidades de la Guerra del Chaco se realizó el 12 junio, cuando en realidad el 14 es fecha oficial. Hubo homenajes en todo el país y San José no fue la excepción.

Pedro, como invitado de honor, estuvo en primera fila, en la plaza principal; enfundado en un saco azul, pantalón de vestir gris y la medalla de honor en la solapa izquierda. Luego de escuchar los saludos y presenciar el acto, resaltó la defensa férrea de los soldados por su patria y les habló a las nuevas generaciones. “Como hoy, un 14 de junio nos llegó la noticia que la guerra tenía que terminar. En una hora comenzamos a recoger la artillería. Hoy, 84 años después, los felicito por servir a su patria”, les dijo.

Según el diario paceño La Razón, hasta septiembre de 2017 quedaban 33 sobrevivientes. Para junio del año pasado, de ese total: 10 estaban en Cochabamba, nueve en La Paz, nueve en Santa Cruz, tres en Sucre, uno en Tarija y uno en Estados Unidos. Empero, este año falleció Eusebio Muñoz Aparicio, en el departamento sureño, y la prensa de su región aseguró que era el penúltimo tarijeño.

Epílogo

Aquí pasa Pedro buena parte del día, especialmente en días de intenso calor.

Pedro vuelve a recostarse en la hamaca, desde donde ve pasar la vida que transcurre en la hoy avenida a la que da su casa. Hace unos minutos habló de orgullo, de cómo él estuvo en primera línea porque conocía la zona de conflicto. Recordó con precisión los fortines: Chacaltaya, Ravelo, Arana, y el apellido de su comandante: Alcoreza, así como las fechas clave del conflicto.

Recordó también al célebre piloto paceño Rafael Pabón, a quien conoció personalmente y describió como “un tiluchi en el aire”, en alusión a su destreza para dirigir la nave. Es más, dio el nombre de su avión, Piraicito, que tiene su propia historia.

En su mente, se nota, tiene las imágenes de la guerra intactas, quizá por eso –cuenta Ronny- cuando escucha ‘Boquerón abandonado’, aquella canción cuya letra habla del fortín paraguayo que Bolivia tomó y habla del soldado boliviano, no puede evitar el llanto. “Ahora sí que no me rindo, ante el cobarde pata-pila. Voy a derramar la última gota de mi sangre…”.


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